Fenaco 2006: Crónica de un cortometrajista

Gracias a Alberto Matsuura, director de El Chalán, cortometraje ganador del premio del público en el Fenaco 2006, nos pudimos contactar con otro joven director limeño, Pablo Ruiz. Ellos dos viajaron a Cusco para presentar sus trabajos en el festival. Pablo ha tenido la gentileza de escribir una crónica de su periplo por la Ciudad Imperial. Pueden leerla luego de la foto, donde podemos ver a un nutrido grupo de realizadores (cortesía de Matsuura).

Fenaco 2006

Soy una de esas personas que, para ir de Lima a Cusco, tiene que someterse a 20 horas de viajes en bus, invadido por la envidia a aquellos que solo se demoraron una hora y media en avión. Durante ese infernal viaje, mientras mi estómago se revolvía, me refugiaba en dos cosas, la primera fue la belleza del paisaje que podía ver a través de la ventana. La otra era la oportunidad de ver mi cortometraje en el Teatro Municipal de Cusco. Al llegar a la Plaza de Armas me presentaron a cortometrajistas ecuatorianos que habían soportado 6 días de viaje para llegar al festival, y algunos mexicanos que había hecho 23 días de viaje en bus para poder ver sus trabajos proyectados. Esto me hacía pensar en la importancia del festival y en el honor que tenia de participar en él.

Llegué a la inauguración y todos los organizadores demostraron su entusiasmo y su amor al festival y al cine. Sentía que todo estaba en buenas manos, aunque hubo ciertos problemas de audio durante la exhibición de algunos cortometrajes.

Este festival es importante por varias razones, por un lado sirve de estímulo a los cineastas para seguir realizando sus obras, también para que conozcan el trabajo de otros colegas contemporáneos, sus formas expresivas, planteamientos, aciertos y fallas. Llegó la exhibición de mi documental El encantamiento de Lima, el cual nunca se había exhibido ante un público tan masivo. Es una sensación satisfactoria saber que 300 personas desconocidas aplauden espontáneamente el trabajo realizado.


Entre los cortometrajes que ví destacan El Chalán, The Light Bulb y 303, trabajos que conectan al público con una sensibilidad muy particular. Los cortometrajistas de ahora se esfuerzan más por insertarse en el mercado internacional, preocupándose por cuestiones estéticas y narrativas. Algunos con la audacia suficiente para impresionar y otros con la maestría para contar una historia simple y a la vez hermosa.

Entre los documentales destacaron Sawasiray–Pitusiray, la sorpréndete Escuela militar, Ashaninkas; el desafío de la escuela nueva, Zorros de arriba, Tarata, Sheyla y La búsqueda. Los documentalistas demostraron tener un fuerte compromiso con su país, con su problemática, con su pasado y su idiosincrasia. El documental más que nunca sirve como medio para hablar de la realidad, de denunciar, de provocar. Nos invita a la reflexión sobre algo que pareciese de otro mundo y que esta tan cerca a nosotros.

Cabe sobresaltar otro tipo de trabajo (entre documentales y ficciones) cuyo presupuesto limita su factor expresivo, pero cuyos realizadores han encontrado la forma de decir lo que tenían dentro. Una urgencia que sobrepasa los obstáculos financieros. Entre ellos destaco La segunda llamada y La primera visita, entre muchos otros.

También podemos hablar de la importancia de este festival para los espectadores, quienes salen de la sala sabiendo más sobre su propio país, sobre sí mismos, sacudiéndose de los patrones del cine norteamericano, que aunque entretenido, nos alejan de nuestra identidad. Estos trabajos nos acercan a un Perú que no se ve en los noticieros ni en los periódicos, nos muestra una visión más humana, nos involucra de una forma más intima, como si nos estuvieran contando un secreto, algo que se ha escondido en el corazón desde hace mucho tiempo y que se moría por salir a flote, decir “estoy aquí, también soy parte del Perú, parte de ti”. El cine, más que nunca, es una necesidad para que los peruanos se reconozcan, en sus fallas, aciertos, sensibilidades y en la esperanza de que la realidad puede mejorar.

La premiación se realizó con alegría y espíritu de camarería, pues todos compartíamos una misma pasión, el cine. Así termina la experiencia del Fenaco 2006, con el entusiasmo suficiente para soportar las 20 horas de viaje de regreso, pues valió la pena.

Pablo J. Ruiz

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1 comentario

  1. Diego Colan
    16 de Noviembre de 2006 at 10:22 — Responder

    Muy interesantes los cortos de los que hablas; creo que The Light Bulb de Marianela Vega y 303 de Eduardo Mendoza son por mucho de los mejores cortometrajes peruanos de los ultimos anos; con una mirada muy personal y arriesgada; Felicitaciones a ambos y a Pablo Ruiz por la interesante nota^

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