Gabo cuenta cómo se hizo crítico de cine

De izquierda a derecha: Gabriel García Márquez al lado de Álvaro Cepeda y otros periodistas. La foto fue tomada en Barranquilla, al parecer en el periódico El Heraldo.
La vida y trayectoria de Gabriel García Márquez se encuentran vinculadas al cine, con el que comparte su pasión por las letras. El escritor colombiano fue guionista, crítico, y varios de sus cuentos y novelas han sido adaptados a la pantalla. Este 2007 cumple 80 años, se celebran 40 años de la publicación de su obra cumbre “Cien años de soledad”, y se conmemora el 25 aniversario de su distinción con el premio Nobel de Literatura. Razones más que suficientes para que sea objeto de diversos homenajes (el reciente Festival de Cartagena estuvo dedicado en su honor) y concentre la atención de los medios por estas fechas.
Cuando era un joven periodista, Gabo dio muestras de su cinefilia en artículos que escribió para el diario El Espectador -donde mantuvo una columna de crítica entre 1954 y 1955- y se convirtió en uno de los pioneros en su país en ejercerla con rigor y profundidad interpretativa. En su autobiografía “Vivir para contarla”, rememora cómo incursionó en este oficio por aquellos años, mucho antes de convertirse en una celebridad universal:
Otra realidad bien distinta me forzó a ser crítico de cine. Nunca se me había ocurrido que pudiera serlo, pero en el teatro Olympia de don Antonio Daconte en Aracataca y luego en la escuela ambulante de Álvaro Cepeda había vislumbrado los elementos de base para escribir notas de orientación cinematográfica con un criterio más útil que el usual hasta entonces en Colombia (…)Había en el país un público inmenso para las grandes películas de acción y los dramas de lágrimas, pero el cine de calidad estaba circunscrito a los aficionados cultos y los exhibidores se arriesgaban cada vez menos con películas que duraban tres días en cartel. Rescatar un público nuevo de esa muchedumbre sin rostro requería una pedagogía difícil pero posible para promover una clientela accesible a las películas de calidad y ayudar a los exhibidores que querían pero no lograban financiarlas. El inconveniente mayor era que éstos mantenían sobre la prensa la amenaza de suspender los anuncios de cine -que eran un ingreso sustancial para los periódicos- como represalia por la crítica adversa. El Espectador fue el primero que asumió el riesgo, y me encomendó la tarea de comentar los estrenos de la semana más como una cartilla elemental para aficionados que como un alarde pontifical. Una precaución tomada por acuerdo común fue que llevara siempre mi pase de favor intacto, como prueba de que entraba con el boleto comprado en la taquilla.
Las primeras notas tranquilizaron a los exhibidores porque comentaban películas de una buena muestra de cine francés. Entre ellas, Puccini, una extensa recapitulación de la vida del gran músico; Cumbres doradas, que era la historia bien contada de la cantante Grace Moore, y La fiesta de Enriqueta, una comedia pacífica de Jean Dellanoi. Los empresarios que encontrábamos a la salida del teatro nos manifestaban su complacencia por nuestras notas críticas. Álvaro Cepeda, en cambio, me despertó a las seis de la mañana desde Barranquilla cuando se enteró de mi audacia.
-¡Cómo se le ocurre criticar películas sin permiso mío, carajo! -me gritó muerto de risa en el teléfono-. ¡Con lo bruto que es usted para el cine!
Se convirtió en mi asistente constante, por supuesto aunque nunca estuvo de acuerdo con la idea de que no se trataba de hacer escuela sino de orientar a un público elemental sin formación académica. La luna de miel con los empresarios tampoco fue tan dulce como pensamos al principio. Cuando nos enfrentamos al cine comercial puro y simple, hasta los más comprensivos se quejaron de la dureza de nuestros comentarios.
Eduardo Zalamea y Guillermo Cano tuvieron la suficiente habilidad para distraerlos por teléfono, hasta fines de abril, cuando un exhibidor con ínfulas de líder nos acusó en una carta abierta de estar amedrentando al público para perjudicar sus intereses. Me pareció que el nudo del problema era que el autor de la carta no conocía el significado de la palabra amedrentar, pero me sentí al borde de la derrota, porque no creí posible que en la crisis de crecimiento en que estaba el periódico, don Gabriel Cano renunciara a los anuncios de cine por el puro placer estético. El mismo día en que se recibió la carta convocó a sus hijos y a Ulises para una reunión urgente, y di por hecho que la sección quedaría muerta y sepultada. Sin embargo, al pasar frente a mi escritorio después de la reunión, don Gabriel me dijo sin precisar el tema y con una malicia de abuelo:
- Esté tranquilo, tocayito.
Al día siguiente apareció en “Día a día” la respuesta al productor, escrita por Guillermo Cano en un deliberado estilo doctoral, y cuyo final lo decía todo: “No se amedrenta al público ni mucho menos se perjudican los intereses de nadie al publicar en la prensa una crítica cinematográfica seria y responsable, que se asemeje un poco a la de otros países y rompa las viejas y perjudiciales pautas del elogio desmedido a lo bueno, igual que a lo malo”. No fue la única carta ni nuestra única respuesta. Funcionarios de los cines nos abordaban con reclamos agrios y recibíamos cartas contradictorias de lectores despistados. Pero todo fue inútil: la columna sobrevivió hasta que la crítica de cine dejó de ser ocasional en el país, y se convirtió en una rutina de la prensa y la radio.
A partir de entonces, en poco menos de dos años, publiqué setenta y cinco notas críticas, a las cuales habría que cargarles las horas empleadas en ver las películas. Además de unas seiscientas notas editoriales, una noticia firmada o sin firmar cada tres días, y por lo menos ochenta reportajes entre firmados y anónimos.

Las primeras notas tranquilizaron a los exhibidores porque comentaban películas de una buena muestra de cine francés. Entre ellas, Puccini, una extensa recapitulación de la vida del gran músico; Cumbres doradas, que era la historia bien contada de la cantante Grace Moore, y La fiesta de Enriqueta, una comedia pacífica de Jean Dellanoi. Los empresarios que encontrábamos a la salida del teatro nos manifestaban su complacencia por nuestras notas críticas. Álvaro Cepeda, en cambio, me despertó a las seis de la mañana desde Barranquilla cuando se enteró de mi audacia.
Sábado, 24 Marzo 2007, 4:40 pm 


















[...] En su juventud, Gabriel García Márquez se mudó a Bogotá con la intención de estudiar derecho y ciencias políticas, carrera de la que desertó, para dedicarse al periodismo. Su pasión por el periodismo, lo llevó a desempeñarse como reportero de El Universal, El Espectador, y columnista de El Heraldo en su país. Paralelamente, su creciente interés por el cine lo llevó a escribir no sólo críticas -como él mismo nos lo cuenta aquí- sino además sabrosas notas y crónicas sobre directores y actrices de aquellos años, cuando las películas neorrealistas y las divas italianas como Sofia Loren y Gina Lollobrigida encandilaban las pantallas. En 1964 se animó a aparecer como un boletero de cine en la cinta En este pueblo no hay ladrones de Alberto Isaac, al lado de luminarias como Juan Rulfo, Carlos Monsiváis y Luis Buñuel. Incluso en los momentos difíciles, el cine ha estado presente en la vida del premio Nobel colombiano. Cuando terminó de escribir “Cien años de soledad”, tras soportar él y su familia un tiempo de penurias económicas, calculó que tenían que venderse 12 ejemplares de su novela para que sus dos hijos pudieran ir al cine. [...]