1985. Éramos cuatro: Arturo (alias “Gordo”), trejo, mofletudo y cobarde para las peleas cuerpo a cuerpo; Papo, pelotero, conversador, buena onda; Christian, tranquilo, reservado, estudioso; Yo, el freak del grupo. Andábamos por los siete años y en nuestra radio a pilas Phillips escuchábamos los últimos estertores de “Thriller”.
“Ese pata iba a ser el rey de rock, te ibas a acordar de mí”, decía siempre Papo, mientras se terminaba un delicioso Muss Cremino dos sabores. El Gordo había llegado de Mayami, extraviando sus pasos en los Yunaites, y lo mejor que se había conseguido era la casaca oficial de la gira de Michael Jackson, con nombrecitos de las ciudades donde iban a sonar sus conciertos. Lo odiábamos en público, porque decíamos que era un big fat liar, pero en secreto lo envidiábamos. Aunque eso del odio y la indiferencia era puro cuento. El Gordo era uno más de la pandilla y a los amigos se los respetaba, se los quería y se les aceptaba incluso cualquier actitud posera (la ley de la vida ¿verdad?).
Iquitos era pequeña y aburrida, pero en ese entonces nos parecía inmensa. Creíamos que no pasaba de veinte o treinta cuadras a la redonda, pero traspasar ocasionalmente sus extramuros era una aventura que no podíamos perdernos. En casa habíamos recibido el más grande regalo que un niño podría esperar: una consola de videojuegos. Un Atari. Regalo impresionante, incluidos dos juegos que nadie podía nunca en su vida olvidar: el desconcertante Combat (batallas infinitas entre dos cuadrados con una línea sobresaliente que la imaginación le asignaba el nombrecito de “tanques”) y, cómo no, el Pac-Man, el más jugado, el más querido, el antecedente perfecto de posteriores layas de dudoso calibre como Mario Bros o Donkey Kong. El Pac-Man era una actitud de vida, como de una vez convertirte en Rambo, en Comando, en el Terminator, en personajes de películas que nos habíamos soplado, sea en el cine o por el cable TVS, del polaco Stan Timinski.
Mientras a nosotros nos contaban historias de tunchis, chullachaquis, mientras mi abuela María me recordaba sus viejas anécdotas del Yarapa, en el canal 10 el cable nos mostraban las nuevas aventuras de Freddy Krugger y mister Jason. El Gordo siempre repetía al ver los destripamientos, la sangre, el festival gore, una frase muy de su alienación: “So scared”. Todos sabíamos que era un miedoso total, pero que lo reconociese en inglés ya era como que demasiado.
La ciudad tenía cinco complejos definidos: el “Iquitos”, puntero absoluto con estrenos de categoría; el “Bolognesi”, competencia directa del anterior y nunca quería quedarse a la saga; el “Excelsior”, más céntrico, más oscuro y con butacas crujientes; el “Belén”, experto en películas hindú y, con el paso del tiempo, en funciones porno continuadas; y el “Atlántida”, de ventilación deplorable y en el que sólo se proyectaban películas ya estrenadas en los otros cines. Era la etapa más gloriosa de la industria cinematográfica local.
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