La maldición de la flor dorada (2006)

Man cheng jin dai huang jin jia
Dir. Zhang Yimou | 114 min. | Hong Kong – China

Intérpretes:
Yun-Fat Chow (Emperador Ping)
Li Gong (Emperatriz Fenix)
Jay Chou (Príncipe Jai)
Ye Liu (Principe heredero Wan)
Dahong Ni (Médico Imperial Jiang)
Junjie Qin (Principe Yu)
Man Li (Jiang Chan)
Jin Chen (Señora Jiang)

Estreno en Perú: 31 de mayo de 2007

Hay muchísimo que decir sobre el panorama actual del cine asiático, en especial de su tratamiento a los estilos o géneros cinematográficos más al uso. Zhang Yimou practica como pocos desde los inicios de su carrera dentro en el melodrama de época. Nos encontramos nuevamente en una era de leyenda, indefinible a pesar del tiempo, y transformada en una fantasía absoluta donde se puede jugar con cualquier elemento como para no romper una sino muchas de las verosimilitudes que muchos quisieran encontrarle a la historia y la puesta en escena. Yimou se rinde ante ese cine exquisito y apasionante e intenta reconstruirlo en su propio contexto. Las referencias de ese plot de organización minada por dentro vuelve a tomar a los más rotundos y bárbaros ejemplos Edipo, Macbeth, Hamlet.

Hay muchísimo que decir sobre el panorama actual del cine asiático, en especial de su tratamiento a los estilos o géneros cinematográficos más al uso. Zhang Yimou se inscribe como pocos, desde los inicios de su carrera, en el melodrama de época. Justamente es uno de los encargados de darle forma al cine chino contemporáneo como parte de la llamada ‘quinta generación’. Yimou debe ser el que mejor se ha adaptado a los requerimientos y tendencias del gran público. Tal vez para muchos su cine pierde ahora el nivel de exigencia alcanzado en títulos como Sorgo rojo, Linternas rojas o Vivir. Pero aun en su ingreso al terreno del cine de gran espectáculo puede apreciarse un cuidado que se deja extrañar mucho en la épica actual. Películas como Hero, House of the flyings daggers y ahora La maldición de la flor dorada son exposiciones entretenidas y a la vez autoconcientes de la tradición del género, de su opulencia y hasta sus pretensiones históricas. Resulta especialmente mejor lograda esta última cinta en la que las claves del cine preciosista del director encuentran consonancia con el despliegue monumental propio del mainstream, en este caso, asiático.

Nos encontramos nuevamente en una era de leyenda, indefinible a pesar del tiempo, y transformada en una fantasía absoluta donde se puede jugar con cualquier elemento como para no romper una sino muchas de las verosimilitudes que muchos quisieran encontrarle a la historia y la puesta en escena. Yimou se interna en un plano distinto, donde se siente más cómodo para proceder a trabajar con libertad. Una China medieval y casi al borde de una nueva crisis política es nuevamente el escenario en cuestión y el pretexto para un despliegue opulento en el que la pasión desmedida del cineasta por el detalle y armonía visual se luce. Tendencia que resulta atractiva pero que fácilmente puede bordear también la mera aparatosidad visual. Afortunadamente la correcta dramaturgia de sus épicas previas está mucho más concentrada y articulada alrededor de este film donde antes que nada somos testigos de una intriga negrísima y trágica más envilecida que cualquier otra: es la desintegración de la familia imperial (apenas asida a la historia de la última dinastía Tang), la desintegración de los lazos con la nación y la sangre a la vez.

Las conspiraciones mutuas dentro de los amplios y coloridos muros del palacio toman preponderancia en esta ocasión. Yimou concibe, dentro del espacio en que se mueve ahora, su film más ambicioso. La vocación por el escenario y la teatralidad que Yimou exhibiera desde sus inicios reaparece en este film que evoca la tragedia clásica con toda su exaltación y carga negativa. La flor dorada que representa ese alcance solar y prodigioso de la mano imperial también representa el ocaso de esa luz enmarcada en los claroscuros de la ambición y la venganza, del destino al que se dirigen todos y cada uno de los miembros ocultando sus motivaciones oscuras, aliándose o traicionándose. Yimou no se limita a preparar solo la antesala al gran despliegue de acción como ens otros afanes similares, por ejemplo en el cine norteamericano. Hace de este drama el verdadero y consistente motor de su película. A pesar de ello, todo el detallismo visual se deja apreciar de manera imponente en cada plano (casi siempre en interiores). Casi hasta podríamos decir que a su modo sigue de manera interesante las lecciones dejadas por el emperador Kurosawa y toda su florida presentación de las tragedias más rotundas que aún con toda la influencia de occidente sabían hacer muy propias y creativas.

Yimou se rinde ante ese cine exquisito y apasionante e intenta reconstruirlo en su propio contexto. Las referencias de ese plot de organización minada por dentro vuelve a tomar a los más rotundos y bárbaros ejemplos Edipo, Macbeth, Hamlet. Como ellos, los príncipes y monarcas que vemos en el film se empujan mutuamente a ese barranco sin fondo en el que se desatará la muerte a gran escala como corolario de esa crisis en pos del mando nacional (tan subversiva como veneno suministrado de a pocos). Ninguno queda libre de esta serie de conspiraciones desatadas, cada una como producto de la otra en círculo vicioso. Ni la sufrida emperatriz (Gong Li de vuelta con el director que la llevó a la fama ) o el imponente gobernante (Chow Yun Fat en digno papel) ni su trío de descendientes (especialmente el revejido y vacilante príncipe heredero), nadie deja de ser víctima o propiciador de estas circunstancias que envilecen los espacios relucientes del palacio. Basta contemplar la presencia silenciosa del príncipe menor, testigo olvidado y poco a poco contaminado por esa atmósfera enrarecida en las alturas. Ese aire de infelicidad se deja sentir a lo largo del film (la adolorida partitura, obra de Shigeru Umebayashi) y marca la pauta para que el realizador se deleite nuevamente con recrear su gusto por lo operático. Todo esto por supuesto encuentra su corolario en el rotundo combate en medio del festival del crisantemo. Maldición que se desata en el despliegue de recursos más imponente que hayamos visto desde los mismos afanes de Peter Jackson en The lord of the rings.

Como en sus fuentes, en esta nueva tragedia el caos es sucedido por un sereno, pero también triste orden donde se asume ese destino estéril en el cual tan solo queda contemplar como todo aquello que florece se tiene que marchitar inevitablemente aunque se le maquille con los artilugios y fuegos artificiales que también sirven como gestos de despedida. Las pretensiones de Yimou llegan a conciliar ese mundo de contradicciones en medio de la gran industria y los resquicios donde se parapetan las buenas intenciones. No sabemos si después de esta colosal realización el director seguirá asumiendo el género de las espadas. En términos de despliegue y producción, ha colocado la valla muy alto con este film. Tanto que cualquier otra cosa podría caer en repeticiones. Pero mejor es no preguntarse esto tan temprano y disfrutar de esta epopeya que como pocas recupera para el cine su capacidad de espectáculo dramático lejos de las vacías perfecciones técnicas de tantos otros. El cine asiático actual puede darse el lujo de hacerlo y proclamarlo.

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1 comentario

  1. Lourdes Vásquez
    11 de Febrero de 2008 at 2:28 — Responder

    No sé, tanto despliegue para tan poco. No engancha y aburre! Visualmente cumple, pero no lo hace la historia. Definitivamente me quedo con el Zhang Yimou de No One Less.

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