El amor en los tiempos del cine

El día que se celebra hoy es un buen pretexto para recordar (y como reza el dicho, volver a vivir) algunos de los amores que nos han impactado en la gran pantalla. A partir de la memoria y sin afán exhaustivo, rescatamos pasajes, sensaciones, instantes de fuerte carga sentimental. No es una lista de “mejores amores”, son las historias que se nos vinieron a la mente como ráfagas de viento. Aún así, hay diversidad, incluso incorporando un par de cintas poco conocidas.

Más allá del tiempo, por Gabriel Quispe

El beso (The Kiss, 1896)
En primer lugar, es simpático ver un filme pionero en el registro del amor y la carnalidad, producido por el inventor y empresario múltiple Thomas Alva Edison, dirigido por el ignoto William Heise, y actuado por May Irwin y John C. Rice, conspicuos provocadores de un escándalo social en los albores de un arte que entonces nadie vislumbraba como tal. Primero una serie de tanteos, y luego el ósculo frontal.

Vértigo (Vertigo, 1958)
La filmografía de Alfred Hitchcock destila, por debajo de la intriga y la perversión, un romanticismo barroco y retorcido. Quizá la cumbre de ese elemento se aprecia en Vértigo, parábola de tan poderosas sugestiones que el relato alcanza un estado de hechizo y alucinación, atravesado por la culpa, la acrofobia, la viudez adquirida en soltería y la necrofilia. Scottie, el personaje que palpita James Stewart, acumula pérdidas y la última lo deja como un zombie, por lo que la reaparición del perfil y la figura que lo terminó de enajenar le insufla energías de operario restaurador y cirujano de la memoria, a expensas de Kim Novak, quien quiera que sea. El término de la reconstrucción depara probablemente uno de los instantes más emotivos de la historia del cine, una oda al artificio. Cuando el umbral se cruza del otro lado.

El nido (1980)
Jaime De Armiñán, un cineasta español próximo a cumplir 81 años y todavía en actividad, plasmó en un espacio bucólico, campestre, una historia bizarra y sadomasoquista de roles aviesos, de madurez subordinada y lábil, e infancia transgresora y cruel. Un veterano misógino y una adolescente precoz en todo, especialmente para dominar y manipular, componen la pareja imposible que desafía y escandaliza a la aldea que los asedia. Ana Torrent, en su época de chica prodigio (mucho antes de Tesis, aunque luego de ser dirigida ya por Víctor Erice y Carlos Saura) y el hispano-argentino Héctor Alterio ofrecen un duelo actoral intenso y sorprendente que, junto al manejo de Jaime De Armiñán, logra a pulso la credibilidad del espectador.

Amores contrariados, por Jorge Esponda

Esplendor en la hierba (Splendor in the Grass, 1961)
En esta película, el amor se manifiesta con el arrebato de la juventud. Es un amor teñido por la imposibilidad de perdurar, como fuego abrasador que paraliza en éxtasis pero se consume rápidamente. Ese fracaso que tiene como corolario la Gran Depresión, se transmite en cada estallido, cada convulsión en el febril cuerpo y expresión de una Natalie Wood formidable, o en los paseos sin rumbo de su galán Warren Beatty (en su debut fílmico), tratando de escapar a la extraña circunstancia de la madurez. Tal vez pasado el calor, el asunto pueda ser guardado como una entrañable pero no definitiva experiencia vital. Es el filme más nervioso y romántico de Elia Kazan.

El juego de las lágrimas (The Crying Game, 1992)
En esta ocasión el amor convive con el desconcierto. Rastros ambiguos atrajeron el uno al otro y son los mismos que los mantienen en constante conflicto. Ambos ocultan sus identidades y muchos problemas con el pasado. Los ingredientes perfectos para cualquier historia límite que se precie de serlo. Pero el irlandés Neil Jordan no se desvía con esa tentación alterna, ya fue seducido por los encantos indistinguibles de la fascinante Dil.

El amor: ese imposible, por Juan José Beteta
Mis películas de amor favoritas tienen como punto en común la imposibilidad de lograrlo o mantenerlo. El amor es un sentimiento tan inasible y puede ser tan duradero, que resulta imposible aceptar que –como todas las cosas en esta vida– puede acabar. Para ilustrar este concepto vienen a mi memoria tres películas entrañables: Robin y Marian de Richard Lester; Nunca te vi, siempre te amé de David Jones; Tierra de sombras de Richard Attenborough, y Lo que queda del día de James Ivory. En estas películas me identifiqué con los personajes masculinos, representados en el primer caso por Sean Connery y, en el resto, por Anthony Hopkins. De las femeninas, sin desmerecer a Audrey Hepburn y Debra Winger, me quedo con Emma Thompson.

Robin y Marian (Robin and Marian, 1976) es un filme en el que se desmitifica la guerra y, por esa vía, al amor. No es otro su argumento más que el retorno de Robin Hood, ya viejo, al famoso bosque de Nottingham y el reencuentro con el amor de su juventud, ahora convertida en monja. Nunca he podido olvidar el inicio de esta película, que muestra a Ricardo Corazón de León como un soldado brutal al que le están extrayendo una flecha del cuello y que luego condenará a muerte a su fiel servidor Robin Hood, orden que no podrá cumplirse por la muerte del monarca, producto de sus excesos bélicos y posiblemente gastronómicos.

Se ha evitado acá toda el aura romántica y aventurera de esta conocida leyenda y se la ha reemplazado por una visión realista que muestra cómo los largos años de lucha en las Cruzadas habían convertido a este personaje en un soldado tosco y desempleado, que lo único que sabe hacer es… pelear.

Pareciera, inicialmente, que el héroe retornaría cansado de la guerra a un merecido reposo y, quizás, a un reencuentro sentimental con su redescubierta Marian (Audrey Hepburn). Sin embargo, la gloria y tragedia de esta película es que se reinicia el engranaje de la violencia. Presenciamos, entonces, la rebelión de los viejos campesinos contra su señor, conflicto en el cual queda atrapado nuevamente Robin. Es cómico y patético al mismo tiempo ver cómo los simpáticos rebeldes del bosque, ya añosos, se lanzan a un enfrentamiento desigual contra los poderosos señores y que el clímax de la película sea una combate individual, doloroso y sangriento, del héroe contra su enemigo de juventud, en el que triunfa de milagro. En ningún momento se nos ahorra los horrores de la violencia desatada por la guerra y menos en la batalla final.

Marian comprobará, a su vez, cómo el egoísmo masculino –de alguna forma mediatizado por el conflicto social– arranca nuevamente de su vida la esperanza de poder construir un amor duradero en compañía de este hombre que finalmente logró despertar en ella la antigua pasión. Donde hubo fuego, cenizas quedan. Pero lo más sublime, lo más hermoso y original es una de las tomas finales de la película. Un desenlace clásico, del tipo Romeo y Julieta o Tristán e Isolda, en el que el héroe lanza su flecha al cielo infinito sin que podamos ver si caerá o dónde lo hará. Una de las escenas más conmovedoras de toda la cinematografía y que ilustra esta idea de la imposibilidad del amor.

Las siguientes cintas tienen como protagonista a Anthony Hopkins y las tres muestran la evolución –a través de distintos personajes– de una misma personalidad: la del hombre reticente que gradualmente se va encerrado en (o por) convencionalismos sociales impuestos, que acaban, finalmente (en Lo que queda del día), por impedir la posibilidad del amor.

Nunca te vi, siempre te amé (84 Charing Cross Road, 1987) describe esos momentos únicos en los cuales una persona encuentra que puede compartir con otra esa afición o pasión rara, misteriosa y crecientemente minoritaria: los libros. Separados por el Océano Atlántico y luego, por la Segunda Guerra Mundial, la escritora neoyorquina Helene Hanff (interpretada por Anne Bancroft) se cartea con un librero londinense, quien le encuentra y envía con regularidad libros inhallables que saciarán sus más profundas apetencias literarias. A lo largo de esta correspondencia de dos décadas se irán filtrando las noticias y detalles de la vida de ambos, y se irá construyendo una amistad profunda que, gracias a la distancia, germinará en amor. Esta película podría ser considerada como un antecedente de otros filmes contemporáneos y mucho más convencionales, como Sintonía de amor y ¿Tienes un e-mail?.

Pero volviendo a la película de Jones, allí el personaje de Hopkins, Frank P. Doel, está en la edad mediana, casado, tiene hijos y descubre en la cariñosa relación con la escritora una nueva perspectiva para su vida que, como en los casos que comentamos, no llegará a producirse. Lo peor: nunca llegarán a conocerse personalmente.

Tierra de sombras (Shadowlands, 1993) es un paso adelante en la construcción de este presunto personaje que estoy imaginando y viendo desarrollarse a través de las soberbias interpretaciones de Hopkins. Al igual que en el caso anterior, se trata de un personaje real, el escritor C.S. Lewis, autor, entre otras, de Crónicas de Narnia. Entramos en este filme a los arcanos de Oxford, el vetusto mundo académico de esta augusta institución británica, es decir, y por fin, el espacio social en el que la represión y el distanciamiento emocional reinan bajo unos diálogos notables y de una calidad literaria difícil de encontrar. No se trata de textos extensos sino de frases y reflexiones cortas, escritas con mucha sabiduría y que dan un valor agregado decisivo a esta película. Sólo recuerdo unos diálogos de calidad similar en los escritos por Anthony Burgess, el autor de La naranja mecánica, para los exquisitos dichos (no el guión) de La noche de Varennes de Ettore Scola.

Gradual y dolorosamente, Lewis descubrirá su represión y encierro emocional, los cuales irá rompiendo una pujante Debra Winger, hasta lograr finalmente la deseada unión, momento en el que –como muchas veces ocurre– el amor y el dolor se juntan como si fueran puñales en el pecho. Aquí se aprecia cuánta energía emocional se requiere invertir para lograr, finalmente, unas semanas de felicidad. El desenlace consigue un efecto de consuelo difícil de olvidar.

Llegamos a Lo que queda del día (The Remains of the Day, 1993). Aquí se completa el círculo trágico de un Hopkins maduro que encarna a ese perfecto mayordomo británico, James Stevens, que ya no es capaz de exteriorizar sus sentimientos más profundos; sepultados por convenciones sociales y de casta. Brilla la presencia de Emma Thompson (Mary Kenton), que aquí retoma el mismo papel trágico de Audrey Hepburn en Robin y Marian, aunque mediatizado por un desenlace más bien sobrio, pero profundamente frustrante. Thompson, como Winger, es un rostro que revela una personalidad fuerte y consciente de sus deseos y objetivos, pero incluso ella no logra romper esa elegante coraza de la que se rodea su contraparte. Nuevamente y por siempre, la imposibilidad del amor.

Finalmente, esta película también tiene, como en el primer caso, el contexto de la guerra, aunque más remoto y lejano, y en el cual el comportamiento británico hacia los nazis es un contrapunto a la propia actitud vital del mayordomo Stevens hacia Kenton y, en definitiva, hacia su propia vida.

Hay todavía muchísimos más amores de película… pero seguimos el próximo año.

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3 comentarios

  1. Lourdes Vásquez
    15 de Febrero de 2008 at 1:26 — Responder

    QUE ALGUIEN NOMBRE A BEFORE SUNRISE-SUNSET PLIS!

  2. 15 de Febrero de 2008 at 14:20 — Responder

    Que casualidad, me quedé con las ganas de mencionar ese par de pelas de Linklater. Veré si comento algo pronto. Mientras tanto puedes escuchar el vals de Celine a Jesse.

  3. […] Extra: La única sobreviviente del grupo principal del clásico es Kim Novak, quien este año ha cumplido 75 años y no actúa desde 1991. Como también es una enfermiza historia de amor, Vértigo se comentó brevemente en el pasado Día de San Valentín. […]

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