BAFICI 2011: Aitá, carta al hijo

Aita

Abril es temporada de caza para los cinéfilos de Latinoamérica. Durante los días del Bafici no hay quien no cace buena presa. Y es que la oferta es tanta que es prácticamente imposible volver con las manos vacías o con decepciones inconsolables. De las notables hay varias y tendrán su espacio, no obstante ahora me ocupa Aitá, del español José María de Orbe, injustamente refundida en la sección Diálogos. Sin embargo, no sería tan placentero el descubrimiento si hubiese sido anunciada con pompa. Las cualidades de esta modesta gran película no permitieron tal parafernalia.

Aitá es un díptico dividido en Padre y Carta al hijo –largo y cortometraje, respectivamente-; la que ahora nos ocupa es la versión corta, la reeditaba bajo otro concepto. Los planos fijos sobre los diferentes espacios de la desolada casa –nada menos que el Palacio de Murguía- no connotan precisamente despojo y soledad porque los pasos del cuidador impenitente de la misma se oyen y dejan sentir desde cada rincón. Así, damos cuenta de una presencia que si bien muchas veces no se ve, ahí está, dejando la sensación de una casa con vida o cuidada por las vidas que otrora la ocuparan.

En diferentes pasajes de la película, el director nos lee (voz en off) las líneas de una carta que recibió junto con la herencia del castillo. Esa carta, de texto reflexivo y cursi, otorga un tono solemne a la propuesta, la hace elegante y nostálgica; no es una gran pluma la que la escribió aunque sí una muy apasionada. Pareciera un recital sobre los tiempos que ya se fueron, los cuales la casa representa perfectamente.

Creemos a Carta al hijo una hermosa película de fantasmas; invisibles y silenciosos no los vemos, pero los sentimos en cada plano. El Palacio de Murguía está desolado para quienes solo miran con los ojos.

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