Cine argentino: la lucha de las mujeres en la obra de Mónica Lairana

Mónica Lairana

Hacer cine para cambiar la vida: homenaje a la lucha de las mujeres en el cine de Mónica Lairana

Este diálogo fue realizado con ocasión de la presentación del cortometraje Rosa de la argentina Mónica Lairana en la Universidad de Bretagne Sud, Lorient, Francia, con ocasión de un coloquio internacional intitulado “Culture populaire et cultura savante. Les représentations des relation amoureuses et des sexualités dans les Amériques” (8-9 de abril 2011). La entrevista fue llevada a cabo por Irma Vélez, profesora en el IUFM de Paris Sorbonne, quien presentó un estudio sobre los nuevos escenarios fílmicos del placer en el cine argentino contemporáneo.

La recepción de tu corto Rosa en el Festival de Biarritz 2010, ha sido una verdadera revelación. Cuéntanos cómo te surgió la idea del corto.
Los primeros esbozos de la historia de Rosa surgieron a partir de la relectura de micropoemas escritos por mí hace mucho tiempo. Poemas–imágenes que hablan de mujeres que se sienten solas aún con un hombre a su lado. Mujeres con sus cuerpos calientes en la soledad más profunda que se pueda sentir, la soledad del cuerpo y del alma. De allí, comencé a cruzar esas imágenes con el malestar que me produce una sociedad que pondera exageradamente la juventud y en su contracara, desprecia la vejez. Más acentuado en el caso de las mujeres dado el machismo que aún perdura.

“Los hombres con los años se ponen más guapos, más sexis”, ¿quién nos hizo creer que las mujeres en cambio pierden todo su atractivo? “Se desea a una mujer joven, no a una mujer adulta”. Entonces decidí intentar calzarme zapatos de mujer de cincuentipico, con sus kilos de más, sus arrugas, su piel que ya no conserva intacta la firmeza, y preguntarme qué sentiría si fuera ella y si cada día tendría que convivir con esto, y al mismo tiempo, el deseo de volver a enamorarme, de llevar una vida plena, de acostarme con un hombre, de sentirme atractiva, de ser feliz.

El último ingrediente fue un poco de culpa íntima, de la relación que uno lleva a veces con su familia, con nuestras madres. Mujeres hoy mayores que han sido además de madres, esposas, tías, hermanas, que han criado hijos, sobrinos, que han compartido años de su vida dedicadas a la familia, y ahora están solas. Olvidadas por sus hijos, por sus nietos. Quizás la escena que más representa esto es la de las fotos. Rosa rodeada de muchos familiares en cuadros con fotos que cuelgan en su dormitorio, portarretratos de la mesa de luz, y sin embargo sola y olvidada por todos.

Sin embargo, queriendo reflexionar sobre todos estos temas, siempre tuve la clara intención de que el personaje no fuera un derrotado, sino un enorme luchador en la búsqueda de su felicidad, física y anímica. Rosa no se compadece de sí misma.

¿Cómo fue recibido en Cannes?
La experiencia fue desde todo punto de vista maravillosa. El corto fue respetado, valorado por el público, los cronistas, apreciado por compañeros de competencia y cineastas amigos. La participación con Rosa fue un honor y una satisfacción que nunca imaginé. El festival es una vidriera además, es como la presentación en sociedad de nuevos directores, es invalorable lo que significa para mí.

¿Cuáles fueron los mayores retos en el tratamiento formal de su temática?
Creo que mi mayor reto desde un comienzo fue la comunicación con mi fotógrafo, Flavio Dragoset, porque de ese diálogo dependía en gran parte el resultado. Mi desafío era claro: contar con crudeza, sin la magia de ese cine que lo embellece todo, sino por el contrario, buscar la rudeza, lo incomodo, rozar el límite de lo feo pero esquivando con destreza lo vulgar y lo desagradable. Y al mismo tiempo, buscar la belleza de lo real, de lo que inevitablemente es como es y por eso es bello, porque es la vida misma frente a nosotros. Edward Hopper fue un gran referente en la búsqueda de ese equilibrio.

Con los encuadres fuimos muy cuidadosos de mostrar y esconder sólo lo que queríamos. Tratando de generar la sensación de estar “espiando” a una persona. Y mirar a Rosa, como si la actriz fuera Rosa. Yo quería que se rozara mi ficción con cierto tono documental. Con Norma Argentina, me junté en casa y ensayamos todas las escenas, le pedí cosas muy puntuales en cada una, grabé algunas cosas. Mi trabajo radicó fundamentalmente en despojarla de cualquier indicio que me hiciera sentir que estaba viendo a una actriz en escena y no a una persona. Y Norma lo logró de maravillas, por cierto.

Si ponemos en paralelo la escena de apertura de tu corto y la final, no podemos dejar de sentir cierto malestar. Malestar por esta mujer que vemos menos relajada al fumar su segundo cigarro que el primero. ¿Cuál fue entonces tu intención? ¿Es válido suponer entonces que el encuentro consigo misma ha sido más gozoso que con ese hombre y que para la mujer la masturbación es una manera saludable para salir de la soledad?
La primera masturbación de Rosa es rutina, es como lavarse los dientes, como comer, como ducharse. Es en cambio en el encuentro amoroso con el hombre donde ella intenta llenar su soledad y al no conseguirlo, lo que es peor: la acentúa. Hay una satisfacción un tanto mecánica en la primera situación a mi entender. La pregunta sería ¿por qué después de la charla en el bar no se va sola a su casa en vez de acostarse con él y se masturba de nuevo si es más satisfactorio? Porque ella busca otra cosa esta vez. A diferencia de la primera escena, Rosa busca satisfacer su alma, más que su cuerpo. Y la frustración y la tristeza que le produce no haberlo conseguido son demoledoras.

El 15 de julio de 2010 se aprobó en Argentina el matrimonio entre personas del mismo sexo, después que el 28 de diciembre del 2009 se oficializó en Argentina el primer matrimonio entre personas del mismo sexo. En materia de prioridades, en tanto que derecho a disponer del cuerpo de uno mismo, ¿te parece justo que esta ley llegue a la Argentina antes de haber legislado sobre el aborto? O sea, ¿crees que en definitiva la libertad de disponer de su cuerpo es algo todavía que no se reconoce para la mujer en Argentina?
El debate sobre el aborto es un tema muy íntimo y delicado. Yo intento no juzgar ninguna opinión al respecto. En Argentina, con otras partes del mundo, la iglesia pisa fuerte, ejerce presiones, y asimismo es acompañada por muchísima gente en buena fe. La ley de matrimonio igualitario no surge primero porque resulte más prioritaria que la ley del aborto. Si no, en mi opinión, porque estratégicamente era más sencilla de aprobar, dado que el aborto requiere un debate más extenso.

En lo personal, lo que más me preocupa en relación a la demora y urgencia de una legislación sobre el aborto, no es el derecho a decidir sobre mi propio cuerpo, si no los días que se van perdiendo de evitar las muertes de adolescentes –en su mayoría de escasos recursos– como resultado de infecciones que ellas mismas se provocan, o de los abortos clandestinos que se realizan, sin las condiciones mínimas sanitarias y profesionales.

Los abortos se hacen igual en la Argentina, con ley o sin ley. No seamos hipócritas, yo o cualquier mujer de medianos recursos, puede conseguir pagando mucho dinero hacerse un aborto por médicos matriculados, en consultorios, en buenas condiciones, sin riesgo de vida. Son esas mujeres excluidas del sistema en tantos otros aspectos, las que están en riesgo. Por ellas urge una ley de aborto legal que las proteja de la muerte. La ley del aborto legal es en gran parte una ley de protección a esas mujeres, además de un derecho reconocido para el resto.

Hoy en día cada vez más actrices logran dar el salto y convertirse en guionistas o directoras y el cine argentino es una profesión altamente feminizada. ¿De qué manera piensas que las temáticas abordadas por las mujeres en el cine, y descartadas por mucho tiempo pueda cambiar el cine?
No lo sé. Tiendo a creer que no es tan fácil suponer que el hecho de ser mujer implique hacer un cine diferente. Pero puedo hablar por mí y en mi caso afirmar una necesidad personal de reflexionar sobre diferentes problemáticas de las mujeres. Problemáticas que me agobian, me duelen, me irritan, me llenan de impotencia y se convierten en motor de mi energía creativa. Pero no sé el resto. También hay hombres que son sensibles a los mismos temas.

De lo que estoy segura es que no intento cambiar el cine, sino la vida. La realidad de esos hechos que detesto. Es el deseo más profundo e incrédulo quizás que tengo, pero es lo que siento. Yo me formé como actriz en una vieja escuela de actuación donde no se concebía el teatro desprendido de su función social. Ese teatro se diversificó y está buenísimo. Pero a mí me gusta conservar ese espíritu con mis proyectos de cine.

Tu próximo proyecto es un largometraje con un tema difícil. ¿Qué te propones hacer y por qué motivo?
Mi proyecto de largo es en torno a la violencia. Violencia de género, intrafamiliar, violencia social, laboral, sexual, psicológica. Todavía no tengo claro como lo voy a hacer, pero sé que intentaré abordar todos los tipos de violencia y sus aristas. ¿Por qué la violencia engendra más violencia?, y ¿por qué es tan difícil desarticular ese mecanismo? ¿Cuánto hay de machismo, de sexismo, de pobreza, de ignorancia, de necesidad, de humanidad, de miseria, de enfermedad, de locura? Por ahora solo tengo más preguntas que respuestas.

Estoy trabajando sobre la idea de una mujer que escapa con su bebé después de matar a su pareja, para defenderlo. Y a partir de ahí, acompañarla en su intento de rearmar su vida, intentando olvidar lo inolvidable, sumergida en un mundo externo que también se presenta violento para ella. Mi reto en este caso será no tomar partido por nadie, no juzgar, no condenar.

Si de directora pasaras ahora a productora, ¿qué tipo de cine fomentarías hoy en día y por qué motivo?
En verdad ya he atravesado sin querer la experiencia de producción en proyectos de gente amiga. Pero no hubo decisión sobre los temas, o por qué elegir o no un proyecto. Sólo hubo ganas de colaborar, surgió desde el afecto. Por supuesto que no colaboraría en proyectos con los que no estuviera de acuerdo con su ideología.

Cuando trabajabas como actriz, en tu destacado papel en El cielito de María Victoria Menis, ya interpretabas la capacidad de aguante de la mujer. Es un tema que cruza tu obra desde los distintos lugares en los cuales tratas de cine. Es tu obra un homenaje que le rindes a la mujer sin querer?
Amo el hecho de ser mujer. Siento un orgullo inexplicable y hermoso. Admiro a las mujeres. Las mujeres son leonas cuando necesitan serlo. Son fuertes, son resistentes, son inclaudicables. En mi país, las mujeres, “madres y abuelas”, fueron más fuertes que los hombres con sus armas. Ellas son el ejemplo. Como los son las mujeres que luchan en México contra la impunidad de los crímenes de Ciudad Juárez, como lo es la madre de Marita Verón, una chica argentina capturada y aún desaparecida por una red de trata de blancas, quien fue capaz de meterse en cada prostíbulo, enfrentar a la policía, al poder político, y gracias a lo cual ella misma recuperó muchas otras chicas. Y seguramente en cada rincón del mundo habrá más mujeres maravillosas que desconozco; capaces de actos cotidianos amorosos e invalorables. Mujeres leonas que, sin duda, están haciendo mucho más por el mundo de lo que uno puede hacer con sus películas.

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