“Kukuli”: Urpichallay cincuenta años después

Kukuli inicio

Convertida en una especie de mito del cine peruano, Kukuli cumple cincuenta años desde su estreno producto de un esfuerzo colectivo y no poco osado por parte de los cabecillas de la llamada escuela cusqueña: Luis Figueroa, Eulogio Nishiyama y César Villanueva. Tras años de dar vueltas en festivales y de convertirse en ocasional integrante de las programaciones de cine clubes, esta película ha contado con valoraciones diversas: desde las que la consideran una joya escondida del cine mundial a las que en buen o mal grado han resaltado, digerido y analizado su candor, sus reparos o un excesivo entusiasmo por méritos que no necesariamente son tales, ni siquiera para los gustos o tendencias del momento en que vió la luz.

Como puede quedar claro a grosso modo en un texto que escribí hace unos años, mi opinión de Kukuli, como una obra de atributos o logros artísticos en conjunto, es fundamentalmente desfavorable. No obstante, tal vez con hartas contradicciones, no puedo negar su importancia, una que ha crecido con el paso del tiempo, así, subrepticiamente como su fama propagada en los estratos propios del cine arte. Porque si hay algo en lo que encaja con otros de esos capítulos que inciertamente podemos catalogar como bisagras de la cinematografía peruana es su carácter revolucionario, aunque no en un sentido tan directo como el que supondrían sus exaltados contrapuntos entre el paisaje, los hombres y el mito.

Kukuli intenta en primer lugar poner en práctica algunas técnicas casi inéditas dentro del cine hecho en el Perú, incluyendo los intentos de desarrollar una suerte de industria que se dieron varios años antes. Sus tres directores, es historia conocida, concibieron esta historia de una doncella y su amor trágico conjugado con las leyendas de la zona, como una extensión y siguiente escalón a sus labores dentro de la producción documental, que a su vez estuvo paralelamente ligada y desarrollada a su aficiones, al impacto de grandes y pequeños filmes de diversas procedencia como las que se descubrían en las épocas más tradicionales de los cine clubes. En este caso el de la ciudad del Cusco y que sería tomado como el núcleo originario de lo que en un momento se denominaría como “Escuela”.

Kukuli ukuku atardecer

Con tal aprendizaje, empírico si se quiere, es que este grupo concibe en Kukuli un espectáculo que busca traspasar límites, impuestos más que infranqueables, dentro de esa incipiente exploración en la ficción. Los más evidentes los presenciamos a los pocos minutos. Más que una reivindicación del mundo andino, la película luce más como una presentación del mismo, queriendo dejar sentados claramente muchos puntos y aspectos sobre esa mirada etnográfica sometida a los filtros y estereotipos que pueden haberse considerado ajenos sin ser extranjeros, y ello tan solo enclavándose el universo quechua cusqueño. El color, la música del también cusqueño Armando Guevara Ochoa, o el texto introductorio de Efraín Morote Best así lo remarcan.

Pero sin duda lo que la llena de esa apariencia grandiosa es su innovador trabajo de la imagen. De lo poco que aún se ha podido rescatar de ese pasado fílmico casi olvidado del Perú, casi no existen encuadres tan espectaculares como los de esa alta geografía influenciada no solo de la épica nacionalista de algunas cinematografías europeas, sino también de su carácter dramático, de un recuento fugaz del origen de la leyenda y de la identidad de un pueblo, al cual luego se le otorgará un sentido circular en la puesta en escena. Son imágenes bellas pero cuya naturaleza contemplativa no es tratada de forma suficientemente diestra como para rescatarla más allá de un valor aislado, salvo quizá en la parte decididamente épica: ese desenlace que si logra conjugar en instantes algo de la mirada antropológica a su cultura y su mitología, mucho más que todas las escena dedicadas a la observación documental y satisfecha de la festividad de la Mamacha Carmen, habría que decirlo.

Antes de regresar una vez más al principio de las cosas, y la fábula de Kukuli y Alako, los directores intentan completar un retablo sublimado de escenas que concentren la complejidad de historia, mestizaje y tradición. Y el atrevimiento no solo de ser el primer filme de habla quechua, sino también de enfrentarse con un terreno tan complicado como las visiones cosmogónicas en un tono que no teme ni el ridículo casi siempre (los simbolismos con los que se resuelve la escena del encuentro amoroso son su bandera). Bajo esa óptica, casi no existe el desarrollo de un relato, salvo en un nivel esencial, no hay actuaciones sino figuras en un paisaje a los que vemos moverse con tanta personalidad como las de las otras criaturas o tótems que pueden surgir en cada plano, cosa que por cierto se puede delatar como intencional en el romantizado epílogo.

Kukuli y Alako

Haciendo un balance sumario desde mi punto de vista, Kukuli es una película que, como antes, no deja causarme sensaciones encontradas. Es trágica en un sentido casi carnavalesco, puede hacerme caer en el cinismo en sus momentos más infantiles, pero incluso hasta por ello puede ser subyugante en sus escasos aciertos. Por ser técnicamente el ensayo de algún estilo cercano de ese ideal de peruanidad que muchos siguen buscando en el cine por encima de otro logro, aunque también por el valor y esa dosis de locura que en otros casos de similar urgencia y concepción terminaron entregando alguna que otra obra maestra en diversos puntos de la infinitamente variada Latinoamérica de esos años de transformación drástica. Pero todo quedó en eso, en ensayo.

Sin embargo puedo añadir algo de un entusiasmo y simpatía que aún así me puede dejar esta película y su génesis. Es que sobre todo para los aficionados más jóvenes, o más cercanos a este momento en el que la difusión o la diversidad de la oferta se han hecho crecientes, se trata una película producto de un entusiasmo que puede reflejar el suyo mismo. Por sus cuatro costados Kukuli exhibe imperfección aunque junto con intentos por renovar o sentar las bases de algo. Es una película hecha por amigos que discuten del cine que los hermana e intentan perseguir eso que llaman expresarse, decir algo distinto, que se delata por momentos y es más que difícil encontrarle una forma. Con decisión y temor a la vez es como uno se puede imaginar el inicio y el fin de este episodio, al parecer tan lejano.

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3 comentarios

  1. […] no sólo por sus imágenes naturalistas –por momentos ingenuas y acartonadas como bien menciona Jorge Esponda- o por su carácter etnográfico al representar en la pantalla la fiesta de la Virgen del Carmen en […]

  2. 4 de Marzo de 2012 at 6:54 — Responder

    En el Perú, parece que no está permitido surgir, por nuestra propia raza mestiza, si fuéramos puros como los Inkas estuviéramos unidos, en las ideas y el trabajo como “Miska y el ayni” No nos destruiríamos entre nosotros. Nadie quiere líder, ni en el arte del cine como Kukuli, o otros. Mi muero de tristeza y desamparo, al saber todo lo que pasa en nuestro país.

  3. 4 de Marzo de 2012 at 7:11 — Responder

    Perdón, quise decir Minka. Por otra parte las críticas recientes como ejemplo en el aniversario de nuestro Machu Pikchu, un envidioso dijo: Primero descubrió un agricultor para adjudicar a su hacienda, y otro dijo, que el gringo wakero había registrado como suyo en EE.UU. !total en que quedamos!

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