Super 8 y el cine que perdimos/recuperamos

Super 8
Espléndida Elle Fanning, junto al buen Joel Courtney

No es fácil hablar de una película como Super 8. Sobre todo si te la das de cinéfilo serio y muy fan-del-Festival-de-Lima. No es fácil, en rigor, si vas por el mundo queriendo armarte un mundo, volver a un mundo que, repito, en rigor, dejaste atrás. Pero captas también que, al fin y al cabo, uno siempre es lo que ha vivido, su pasado, las memorias que ha recortado y guardado en el disco duro de su memoria.

Super 8, dirigida por J.J Abrams, producida por Steven Spielberg, es un espectáculo difícil de olvidar (en un año con blockbusters fácilmente olvidables y películas “serias” francamente de bochorno). Una historia ambientada en un pueblito típico de los Estados Unidos, unos chicos que arman una pandilla, una intriga que se arma a partir de elementos siniestros y, claro está, la tensión, el drama, el humor, las explosiones, harta moral-catástrofe y un monstruo-feo-muy-feo, da pie para un ejercicio de proporciones épicas y muy minimalistas. En otras palabras, el cine que recordamos en los setenta (o a principios de los ochenta, si se quiere). Todo ello remixado con trozos de vida digital (que se funde en lo análogo) y conduce a un espectáculo de masas que más adelante podrás ver –si te da la gana– en 3D (btw, no hay nada más retro y vintage que querer ver una pela con lentes de tres dimensiones).

Uno llega a Super 8 y se da cuenta que ha crecido y que el tiempo no perdona. Pero que felizmente quedan las películas que te recuerden un poco la inocencia perdida/robada. El filme de Abrams es, ciertamente, uno que intenta perfilar un homenaje al más memorable Spielberg. Este es una historia de chicos que viven en los ochentas y aún siguen inventando cosas, consumiendo mucha cultura pop (cuando aquello significaba, precisamente usar pantalones extraños, escuchar música disco y mirar pelas de Spielberg). Una de chicos que empiezan a crecer y captan que el mundo no es un idilio y en medio del cual se desata el miedo y el terror; pero también la incertidumbre de enfrentarse a cosas muchos más temibles como los problemas familiares, la pérdida, la amistad creativa o el descubrimiento del amor.

La película es formidable cuando capta esa sensibilidad, modela ese aprendizaje espiritual y domina sus pulsiones monstruosas. Abrams filma con solvencia emociones (y se rodea de actores-jóvenes increíbles, entre los que destacan la maravillosa adolescente Elle Fanning y el niño-bonito-pero-nerd Joel Courtney). Los adolescentes quieren filmar una película de zombies, y en el camino todo es homenaje, no solo a los 8 milímetros de cinta, sino también a las películas del género, a los referentes de la época y al cine de nuestra niñez (nací a finales de los setenta ¿qué quieren que les diga?).

Uno mira a trasluz Super 8 y se da cuenta que también va a encontrar trozos de Los Goonies, de Gremlins, de Encuentros Cercanos del Tercer Tipo, de ET y todo el cine-de-desastres de hace 30-40 años. La película funciona de maravillas cuando entra en los personajes y les saca historias de tiempo (y filma al viejo estilo, sin tanto efecto computarizado, sino mostrando gestos, miradas, atmósferas).

El problema empieza cuando Abrams se mete tanto en el alma de Spielberg y capta también lo peor de su cine. Abrams falla, garrafalmente, cuando se deja contaminar por el autor de Jurassic Park y por el huachafo sensiblero que siempre quiere contrabandear fábulas de autoayuda en medio de fascinantes despliegues visuales. Abrams se va de cara cuando, luego de querer captar una época, también se adentra en lo referencial, estereotipado, aburrido y banal de las explosiones y las vueltas de tuercas de guión sin ton ni son.

Super 8

Abrams falla cuando es el peor Abrams, ese de las criaturas horrendas y absurdas, ese de los efectos especiales aparatosos e insostenibles. Cuando Cloverfield se pierde en Nueva York. Cuando Lost se alucina mística. Super 8 se desploma cuando empieza a ser un espectáculo de masas que cree que su público objetivo –chicos de 12 que también tienen 34– no ha crecido. Desgraciadamente, para Abrams (y también para Spielberg) el tiempo es cruel y no perdona a nadie. Y también los chicos de 12 que fuimos nos damos cuenta que ahora los 34 nos hacen ver las cosas de un modo mucho más desencantado y escéptico.

Super 8 apuesta a ser una película grande con espíritu libre. Lo logra cuando es sutil y adolescente (al estilo de hace tres décadas). Cuando asume que el mundo solo quiere un espectáculo al estilo Michael Bay se traiciona y se descarrila (como aquel tren secreto de la Fuerza Armada que lleva el cargamento que da inicio a todo). Pero tiene onda, es cool, es emotiva, es tierna. Huele al mejor espíritu joven. Es como la formidable escena de los créditos finales, cuando se presenta el cortometraje zombie de los adolescentes. Mala, pero tierna. Inspirada, pero fallida. Como cuando alguna vez llevaste a tu chica(o) al cine, cuando todo era en technicolor y divertirte por las puras, pero con la ilusión de que en esa noche, por primera vez, el(ella) te pueda besar. Y en ese beso, inolvidable, te acuerdes que la niñez ha quedado atrás, irremediablemente.

La mejor-peor-película del año, sin duda. Y un espectáculo digno de mirarse todas las veces que se pueda (aunque sea para odiarla un poquito).

Super 8Dir y guion: J.J. Abrams | 112 min. | EE.UU.

Intérpretes: Joel Courtney, Kyle Chandler, Amanda Michalka, Elle Fanning, Ron Eldard, Noah Emmerich, Zach Mills, Ryan Lee.
Producción: J.J. Abrams, Steven Spielberg y Bryan Burk.
Música: Michael Giacchino.

Estreno en Perú: 4 de agosto 2011.
Estreno en España: 19 de agosto 2011.

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2 comentarios

  1. Rodrigo Varela
    16 de Agosto de 2011 at 1:13 — Responder

    Hasta las huevas este análisis. Paff!!!

  2. […] Ver todo el artículo en Cinencuentro […]

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