Desde el sonido (2011)

Rosa María Oliart en un túnel en Sullana, al norte del Perú

La relación del sonido con el objeto que lo emite es fidedigna, verídica, no arbitraria como la que existe entre palabra (significado) e imagen (significante). Esa arbitrariedad deriva al subjetivismo, que provoca interpretaciones divergentes acerca de una pieza artística, así ésta haya sido creada en el contexto de una realidad consensuada. La realidad se vuelve plural cuando se basa en la arbitrariedad. En ese caso, ningún enunciado es mentira sino una verdad diferente. La polémica en el arte y en las Humanidades radica en ese ramillete de verdades (o realidades), que pugnan por legitimarse como la única.

Sin embargo, la objetividad entre el sonido y su emisor no debe denotar una rígida relación entre ambos, una sosa literalidad, como se plasma en Desde el sonido, película abocada a resaltar la sonoridad autóctona del Perú a través de una pretenciosa puesta en escena, que sobreimprime la imagen del sonido.

Según los clichés, la ópera prima de Rosa María Oliart es una película contemplativa porque reposa en sus encuadres, porque invita al embeleso. Mas contemplativa no es cualquier película que prepondera la observación, mucho menos la que privilegia la fascinación al juicio crítico, como agradecerían los estetas dados al artificio. Una película contemplativa interpela al espectador con el contexto que se le presenta, es una película “interactiva”, que demanda vínculo más que aprestamiento. La imagen puede ser majestuosa y el sonido envolvente, sin embargo, la experiencia debe demandar más que una aguda percepción visual-auditiva; si no, estamos ante una obra cosmética, que no aspira más que a la enajenación más corriente.

Tomo como referencia el cine de James Benning para contraponer estilos. El longevo director estadounidense juega con la plasticidad de los espacios que encuadra en planos fijos, los somete a la mirada deformadora de cualquier espectador exigido por la larga duración de las tomas. Cada quien las apropia y asimila según su óptica novel o entrenada. Por su parte, Oliart hace lo contrario, acomete a ataviar los espacios con estética pictórica, los recoge de su contexto y los devuelve solemnizados por la misión: relucir visualmente las fuentes de los sonidos peruanos. Pese a estar fundidos por un montaje oficioso, la disociación entre sonido e imagen está marcada por la autenticidad del primero y la fastuosidad de la segunda.

No obstante, lo más lúcido del filme es el protagonismo de Oliart en algunas escenas que simulan el registro sonoro. Es cuando supera la timidez de protagonizar su propia película y se trasgrede la objetividad que limita la propuesta a un muestrario de lugares comunes acerca de la diversidad geográfica y cultural del Perú. Como ajena a los espacios que visita, no se mimetiza en ellos sino que los invade y les extrae el sonido que conservan. Así, adapta el ambiente a su registro, interpretando su propio papel de cazadora de sonidos, que en algunos pasajes de la película a uno se le olvida.

Dirección y guion: Rosa María Oliart | 50 min. | Perú
Fotografía: Miguel Piedra
Edición: Julio Wissar
Música: Rosa María Oliart

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