Sobre “Coliseo”: el cine peruano visto como un Power Point

La película peruana Coliseo, los campeones, opera prima de Alejandro Rossi, estrenada el jueves 4 de octubre, ha concitado el interés de algunos analistas económicos, cuyos conceptos es interesante revisar.

Coliseo, los campeones - Edyficar
"Coliseo, los campeones", la cultura emprendedora en el cine peruano.

El consultor de márketing Rolando Arellano indica, en un artículo publicado en el diario El Comercio, que “la película enseña que todo se puede lograr si hay esfuerzo, decisión y trabajo grupal, que es la situación que ellos empezaron hace 40 años con una estera y hoy tienen casas de ladrillo, negocios e hijos estudiando en institutos y universidades”, y que “muestra simplemente una realidad donde convive la escasez de recursos con la felicidad de la juventud. Tal como es”.

En otro momento añade frases impertinentes como: “superando el cliché del migrante típicamente andino y amargado con la sociedad (…), Rossi presenta a jóvenes modernos, alegres, sin acento serrano, que visten como cualquier otro joven citadino”.

Queda claro que, para Arellano, las mayores fortalezas de un filme giran en torno de “lo que debe enseñar” –independientemente de éste en particular–, es decir valores edificantes que se expresen didácticamente, sin matices y sin mayor trazo autoral que materializar una visión trillada de la vida, “tal como es”. Esta mirada le hace flaco favor a “Coliseo” como obra artística que, incluso con evidentes limitaciones, trata de construir personajes muy propios y con los que el director se identifica, por más arquetípicos que sean, y un escenario de conflicto que tenga una determinada carga dramática y argumental.

Por su lado, el economista Hans Rothgiesser, que ha publicado varias opiniones sobre la problemática del cine con alguna observación atendible pero a la vez muchos equívocos, dice en un texto de Semana Económica que el filme “alaba al espíritu pujante del sector emergente limeño, lo cual tampoco es usual en nuestro cine nacional, tan acostumbrado a la denuncia social y a la exposición de los que más sufren en nuestra sociedad”, y “se detiene a explicar por qué el empresario exitoso (…) no es malintencionado, sino que tiene una serie de razones detrás de lo que hace. Es más, el personaje principal, Marcel, busca imitarlo y quedar bien con él, y en todo momento explica a los demás que él no es el enemigo.”

Así Rothgiesser expresa su antipatía por la mirada crítica de nuestra sociedad que algunas cintas peruanas han asumido, a veces con notable nivel expresivo, y celebra que, a su criterio, Coliseo ofrezca, a través del anodino personaje de Aristóteles Picho, un retrato que enaltece la labor empresarial en general, lo que no necesariamente tiene ese sesgo tan ideológico en el armado de Rossi (es más simple, un tipo que influye mucho en los demás porque todo el relato se mueve por su amenaza de desalojo). O sea que el articulista quiere encontrar en las películas, como virtudes temáticas, una especie de “lavados de cara” de determinados roles que él considera no son suficientemente valorados en el imaginario nacional, y singularmente en la creación cinematográfica. ¿Tan cuestionado estará el modelo económico imperante, que no resuelve las desigualdades y provoca conflictos sociales por el impacto no compensado en las comunidades y el medio ambiente, que ahora los analistas económicos necesitan encomiar empresarios de ficción?

Sin duda, estamos frente a visiones esquemáticas que empobrecen la evaluación de una propuesta fílmica, al punto de prácticamente ignorar que estamos frente a un objeto artístico, que se construye con acabados formales y matices que no pueden separarse del fondo ni subordinarse a él, sino integrarse armónicamente. Pareciera que la pantalla de cine es vista, entonces, como un gran Power Point o pizarrón electrónico, en los que la pretensión del autor sería “demostrar” una idea rígida preestablecida, como el cumplimiento de un presupuesto. Los personajes de una película, y toda la puesta en escena que el equipo de realización elabora, necesitan ser relativamente libres y abiertos para ser creíbles. Los filtros sobreideologizados, en este caso de derecha y que eventualmente pueden ser también de izquierda, son fatales, tanto en creadores como en espectadores.

Siempre hemos apreciado la diversidad en el cine peruano. Creemos que una cinematografía se enriquece cuanto más diversas propuestas existan, ya que potencia la expresividad de los cineastas y dialoga con un público variopinto. Se necesitan filmes complejos y sencillos, exigentes y fáciles, propuestas personales y géneros, rigor artístico y divertimentos.

Es bueno que surja el tipo de cine que encarna Coliseo, identificado con una dramaturgia accesible y las costumbres populares, y especialmente atento a los migrantes como sujetos protagónicos de la sociedad peruana. Pero es cierto que la obra muestra, asimismo, una historia encorsetada de previsibles situaciones, y una puesta en escena con escasas variables, apoyada recurrentemente en diálogos que, para deleite de Arellano y Rothgiesser, recitan permanentemente motivaciones, pensamientos y planes.

Yapa: Años atrás, recordemos, a Rolando Arellano le asustaba La teta asustada pues presentaba al mundo un Perú como “una nación problemática, de gente muy pobre y extremadamente sufrida, viviendo con el fantasma del terrorismo oficial y extraoficial”. ¡Un horror!

Extra: Coliseo continúa en cartelera, en su segunda semana de estreno, aquí pueden revisar los horarios de proyección.

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