“Pulp Fiction”, crítica de Augusto Cabada de 1995

Escrito por Rodrigo Portales

Pulp Fiction

A propósito del anunciado reestreno en digital de Tiempos violentos (Pulp Fiction) en Lima este 10 de enero, rescatamos la extensa crítica que le dedicó el guionista Augusto Cabada cuando el ahora clásico de Tarantino aterrizó en la cartelera peruana, un 24 de febrero de 1995. El artículo salió publicado en la revista de cine La Gran Ilusión. Lo reproducimos a continuacion:

Trivia: “Perros del depósito” (Reservoir Dogs), la ópera prima de Tarantino, también llegó verse en la capital. Fue en mayo de 1996, en la desaparecida Filmoteca del Museo de Arte en un ciclo dedicado al director y guionista, con proyecciones de True Romance y Asesinos por naturaleza, además de Pulp Fiction.

Síndrome de Orson Welles: Tiempos violentos

Podríamos llamarlo el síndrome de Orson Welles, y sacude cada cierto tiempo el conformista y aletargado cine americano. De la noche a la mañana, un joven autor salido de la nada sorprende a crítica y público con una obra fresca y original, llena de energía e inventiva; su nombre pasa a integrar los palmarés de los festivales internacionales y ocupa páginas enteras en los principales diarios y revistas.

El último wonderkid de Hollywood se llama Quentin Tarantino y ha llegado a ese sitial con solo 32 años y un par de películas bajo el brazo: Reservoir Dogs (1992) –no estrenada en Lima pero conocida ampliamente en el circuito de video pirata– y Tiempos violentos (Pulp Fiction), ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes de 1994. A ello se suman sus casi involuntarias contribuciones como guionista de dos películas ajenas, True Romance de Tony Scott (1993) y Asesinos por naturaleza de Oliver Stone (1994) –proyectos que él mismo deseaba dirigir, pero a los que tuvo que renunciar debido a presiones de la industria–, además de sus prestaciones como productor asociado en Killing Zoe (1994) –debut en la dirección de su amigo y coguionista Roger Avary y otros–, y como actor secundario en Sleep with Me (1994) de Rory Kelly. Este cuerpo de trabajo, impresionante para alguien de su edad, convierte a Tarantino en el último eslabón de esa estirpe de genios precoces a las que pertenecieron en su momento Kubrick, Coppola, Scorsese, y en tiempos más recientes, Lynch, Jarmusch y los hermanos Coen.

Son varios los factores que convierten a Tarantino en un caso espectacular, más allá de sus peculiares atributos como cineasta. El director y guionista es un amante del cine que ha bebido de fuentes muy diversas y antagónicas: las cintas ingenuas y violentistas de Hong Kong (con su ídolo John Woo, el gran coreógrafo de la metralla a la cabeza); el western y el film de aventuras americano (especialmente de Hawks), y el cine de acción serie B, con énfasis en Roger Corman y Monte Hellman; y finalmente, el film noir francés, practicado a la manera rupturista de iconoclastas como Godard y, particularmente, Melville. Este coctel de referencias cinéfilas no es gratuito: Reservoir Dogs y Tiempos violentos están atravesadas de temas y coartadas estéticas que reflejan, de manera inconfundiblemente personal, esta formación ecléctica y fragmentaria. Las mismas películas pueden ser vistas, desde la perspectiva de su concepción y entramado narrativo, como virtuosos rompecabezas gansteriles.

Tres películas por el precio de una

“Tiempos violentos” nace del deseo de su autor de rendir tributo a un género plebeyo y legendario: las historias criminales de los pulp magazines de los años treinta y cuarentas, ficciones banales caracterizadas por sus incidentes muy “emocionantes, dramáticos e inverosímiles”, como bien lo aclara un cartel al inicio del filme; es en ese espíritu lúdico y gratuito el que se respira en las tres historias y el prólogo-epílogo que el guión articula episódicamente; estamos ante un filme de cuentos criminales, del mismo modo en que Creepshow era un compendio de relatos de horror.

En “Vincent Vega y la esposa de Marcellus Wallace” asistimos al temible coqueteo entre Mia (Uma Thurman), mujer de un amo de la mafia, y Vince (John Travolta), el sicario asignado para escoltarla, situación que pasa dramáticamente a segundo plano a raíz de una inesperada sobredosis de heroína.

“El reloj de oro” se concentra en la increíble peripecia de Butch (Bruce Willis), un boxeador de segunda, por rescatar del olvido el reloj de su padre, mientras el mismo jefe mafioso (Ving Rhames) le pisa los talones para cobrarse una traición.

“La situación de Bonnie” nos devuelve a Vince y a su compañero Jules (Samuel L. Jackson) tratando de librarse del horrendo cadáver de una víctima involuntaria, para la cual requieren la ayuda del experto “limpiador” Wolf (Harvey Keitel) y el quisquilloso amigo Jimmy (Mr. Tarantino en persona).

Pulp Fiction

Como se puede advertir, el material dramático de Tiempos violentos es tan liviano como su fuente de inspiración: situaciones que parecen extraídas de un policial barato, personajes vulgares sin el menor halo de grandeza, giros inesperados que solo obedecen a la placentera necesidad de generar buenas dosis de tensión y adrenalina. No es, pues, en la intriga ni en el espesor de sus protagonistas donde radican la fuerza y el brío que hacen de esta película un espectáculo singular. La palabra clave aquí es estilo: ingenio en la manera de imbricar los episodios, brillo en el manejo de los diálogos y situaciones, audacia en la visualización de una violencia tan cruda y brutal como hilarante y, por encima de todo, placer de contar unas historias simples. La actitud de Tarantino pone en claro, una vez más, que el arte no es tanto una cuestión de qué, sino de cómo.

Un mérito que salta a la vista es la estructura del guión, con su inteligentísimo manejo de la temporalidad. Las historias de Tiempos violentos se resisten a un desarrollo lineal, giran sobre sí mismas, saltan de adelante a atrás y vuelven al principio, empiezan y terminan por la mitad. Como lo demuestra la novelística –Vargas Llosa es un buen ejemplo de ello– es muy diferente exponer episodios cerrados que yuxtaponerlos entre sí. La estructura en sketches es acumulativa y dispersa, mientras que la perspectiva “global” hace surgir de cada línea narrativa resonancias que remiten a una totalidad que es bastante más que la suma de sus partes.

Tarantino se revela como un maestro en el difícil arte de la articulación múltiple al moverse con desparpajo y certeza de una línea a la siguiente, desorientando al espectador para aclararle las cosas más adelante, reviviendo personajes que se creían desaparecidos por la magia del racconto, diseñando un rompecabezas barroco con un feliz equilibrio entre el placer del experimentador y el rigor del experimentado. Pero no se crea que se trata de un mero artificio exhibicionista (aunque tenga algo de eso): la temporalidad “circular” afecta nuestra relación con los personajes, los convierte ante nuestros ojos en tristes mortales que ignoran lo que está por ocurrirles, lo que ya les ha ocurrido. Resulta patético escuchar a ese pistolero discutiendo sobre la existencia de la voluntad divina cuando sabemos que, en realidad, ya está muerto. Es que la vida no vale nada, o muy poco, en el universo de “Tiempos violentos”.

Hamburguesas, drogas y estrellas

Se ha dicho mucho sobre la verborrea de los antihéroes tarantinianos. Sus personajes hablan sin respiro, y siempre sobre temas intrascendentes: las drogas en Amsterdam, las hamburguesas europeas, los programas pilotos de las series de televisión o los peligros de masajearle los pies a la mujer del jefe. El diálogo renuncia a su habitual función narrativa, y se convierte en un recurso para insuflar humor y cotidianeidad en un mundo codificado y artificial: los gánsteres de Tiempos violentos son tan parlanchines y chismosos que, como lo señala un personaje, resultan peores que costureras.

Pulp Fiction

Las conversaciones, los objetos y los ambientes exhiben una poderosa carga fetichista ligada tanto a la cultura junk, al detritus, a la basura (drogas, televisión, comida al paso) como a ciertos íconos muy cinéfilos (el cine B, las estrellas de los cincuentas homenajeados en la escena del restaurante retro Jack Rabbit Slim’s). Ello revela a Tarantino como un artista eminentemente pop, si bien en un sentido muy distinto a, por ejemplo, Almodóvar. Sus referencias al entorno cultural y a sus mitos consumistas no buscan la reflexión ni el guiño chic, sino que expresan el ánimo y la sensibilidad de un exégeta de los noventas, de un acólito del video y la televisión.

No hay aquí concesiones a la estética del videoclip, apropiación de lo más superficial y digerible de la moda (caso “Asesinos por naturaleza”); la concepción del realizador, por el contrario, expresa fielmente la naturaleza de su cine y sus personajes, a los que celebra sin el menor asomo crítico o moral en momentos tan gozosos como ese inolvidable baile de Travolta y Thurman en una competencia de twist. Aun la elección del reparto parece obedecer las reglas de ese complaciente fetichismo: Travolta, héroe olvidado de “Fiebre de sábado por la noche”, regresa a la pista de baile, en el mismo antro donde una falsa Marilyn Monroe repite su acto exhibicionista de “La comezón del séptimo año”. Igualmente, el valiente pero estúpido boxeador que encarna Bruce Willis parece ser un remedo de los héroes de acción que lo han tipificado como estrella. El irónico uso de nostálgicas canciones pop de segunda completa el efecto de banalidad y humor juguetón que define esa peculiar sensibilidad. Tarantino no reflexiona sobre la cultura-basura, se asume como parte de ella, y de ahí la honestidad de su planteamiento.

La violencia

Pero tal vez el ingrediente más discutido de Tiempos violentos sea su explícita y descarnada violencia, ese festín donde tienen cabida ráfagas y tiroteos absurdos, cabezas que estallan, rituales sadomasoquistas e hipodérmicas que atraviesan el corazón. El filme no nos ahorra estos y otros detalles guiñolescos, pero también es cierto que sus arrestos de crueldad están filmados con notable estilo visual, y que se disuelven casi siempre en certeras pinceladas de humor sardónico. No hay alegría compartida con los vencedores, ni piedad con las víctimas: ninguno de los personajes nos resulta verdaderamente entrañable. Ello posibilita un original juego de tonos que el narrador sabe alternar con gran acierto: como resultado, el público ríe ante situaciones tan dramáticas como el coma de una adicta con sobredosis o la penosa persecución de dos maleantes que acaban de sufrir un choque automovilístico. Si la violencia es un ritual operático para Coppola o un sensibilizador moral para Stone, para Tarantino es solo un hecho absurdo, cruel y sin sentido, al que es posible mirar con la impasibilidad de un espectador sediento de impactos y hasta con un toque de sarcasmo. ¿Lucidez o mero cinismo? Algo de ambas cosas puede reconocerse en la actitud del realizador, pero no cabe duda que esta expresa a cabalidad el sentimiento nihilista y desapegado de su generación.

Pulp Fiction

Las limitaciones

A pesar de su innegable brillantez conceptual, de su pirotecnia narrativa y su destreza cinematográfica, Tiempos violentos deja entrever –al igual que Reservoir Dogs– ciertas creencias que podrían disecar prematuramente el estilo Tarantino, convirtiéndolo en corriente de moda. Su veneración por la cultura pop, por ejemplo, no deja de ser ambigua: no siempre queda claro si el autor tiene algo que decir al respecto, o si se limita a explotarla como una técnica “vulcanizadora” que amenaza con volverse mecánica y repetitiva.

Del mismo modo, puede objetarse que sus caracteres rehúyen la complejidad de lo humano –aquí más que en su primera película–, y que en buena cuenta son poco más que marionetas al servicio de un creador experto en divertirnos, pero incapaz de conmovernos o emocionarnos verdaderamente. Se ha señalado también que el brillo de sus diálogos es epidérmico, fruto del ingenio más que del genio, y que todos sus personajes tienen la misma voz y las mismas obsesiones intrascendentes (Jules, el pistolero místico, sería una excepción). Se acusa a Tarantino, en definitiva, de ser un cineasta irreflexivo, superficial y alambicado, un descendiente bastardo de la sequedad del policial americano y el énfasis estilístico de sus maestros franceses, de los que tomaría solo marcas exteriores como los trajes oscuros de sus matones o los fundidos en negro que abren y cierran sus secuencias.

Si estas objeciones son justas o no, el tiempo lo dirá. Depende del propio Tarantino el evitar que sus celebrados hallazgos se conviertan en fórmulas, al centrar su atención más en el personaje que en el efecto, el abrir sus ojos y oídos a otros aspectos de la realidad. Pero no olvidemos que estamos ante un realizador muy joven, que apenas ha dirigido su segunda obra, y que ha logrado con ella lo que muchos cineastas americanos más recorridos y experimentados apenas pueden soñar: un filme sorprendente, inspirado, original y muy atrevido. Ello nos basta para desear fervientemente que buen Quentin siga adelante con su asombrosa trayectoria.

–Extraído de La Gran Ilusión N° 4, primer semestre de 1995, Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Lima, págs. 114- 117.


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