“Sigo siendo”: La música del otro es la música de todos

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Algunos apuntes sobre “Sigo siendo (Kachkaniraqmi)” de Javier Corcuera.

Este texto es una variación de un post en Facebook, que retomo a pedido de los amigos de Cinencuentro. El post empezaba así: “Qué emocionado me sentía yo hace unas horas. Acababa de ver Sigo siendo –el documental de Corcuera al que, no sé por qué, le tenía prejuicio– y me sentía con ganas de escribir seis carillas sobre la película. Afortunadamente para todos, las ganas se fueron. Pero sí quiero anotar algunas cosas, básicamente para leerlas yo mismo después, y esto más allá de mi deseo de que algún canal de TV compre la película para que pueda pasarla todos los 28 de julio y de que haya muchos profesores de secundaria enrumbando a sus alumnos hacia el filme… Tengo la impresión de que la película es necesaria”.

Sigo siendo - violin en El Carmen

Un día después, sigo pensando igual. El filme de Corcuera entrelaza escenarios dispares –la jungla que aparece entre la niebla, la montaña en las alturas, una ciudad polvorienta cerca del mar– y resulta que todos estos escenarios pertenecen a un mismo país. He aquí una primera constatación: Sigo siendo (Kachkaniraqmi) ejemplifica el poder del cine para convertir en aquí y ahora todo aquello que ha sido registrado en tiempo pasado y en lugares diversos.

Efectivamente, en dos horas hemos estado en el Perú. No todo él, obviamente… Pero sucede que el documental de Corcuera no pretende ser exhaustivo o, siquiera, riguroso: más sobre ello luego. Personas con mayor conocimiento del cine peruano podrán corregirme, pero es la primera vez que veo en una película nacional un tejido de manifestaciones culturales tan diversas: lo amazónico, lo negro, lo andino, lo criollo. Una mirada, diríase, abarcadora.

Habrá quien diga que la visión que se presenta de la selva o de la sierra en este documental es una visión idealizada –especialmente en el primer caso, con la shipiba Roni Wano como una suerte de voz ancestral que abre el filme en la lluvia y lo cierra en la neblina– pero eso sería perder de vista las intenciones de la cinta.

No importa que la selva no sea completamente así o que la sierra misma no sea completamente así (una discusión sobre ello podría, además, desencadenar otra discusión acerca de qué es la realidad que, adecuadamente sazonada, llevaría a un estado de contemplación neurótica de las mayólicas del baño… estado del cual, sospecho, resulta complicado salir). Lo importante es que estos escenarios también son así.

Como digo, el documentalista se ha desligado de esa “mirada objetiva” o de la pretendida “fidelidad periodística” que aún se asocian con el género documental, y ha creado una composición cuyos objetivos son, sobre todo, emocionales. Corcuera presenta una visión de la realidad peruana que obedece a motivos, adivino, muy personales –probablemente la extraordinaria Sara Van aparece en la cinta, además de su incuestionable talento, por su amistad con él– y ha optado por decir algo que está más allá de la narrativa. Y yo creo que lo que él está diciendo es todos somos iguales, porque todos recurrimos a la música. De hecho, la película salta de un escenario a otro y regresa libremente –a través de la figura del viaje, especialmente en la primera mitad– y es así como vemos, por ejemplo, un ómnibus viajando por la sierra mientras escuchamos el canto amazónico de Roni Wano, cosa en apariencia incongruente. Pero es así porque todo es lo mismo.

(Mi memoria es extraña, y fui a ver esta película sin intenciones de escribir sobre ella. Por tanto, no tomé apuntes. Si esta descripción del ómnibus viajando por una carretera de la sierra mientras se escucha música amazónica no es exacta, estoy seguro de haberme sorprendido con una escena muy similar. Corcuera hace también un paralelo, quizás forzado, entre los movimientos de los “mortaleros” de las esquinas de Lima y los pasos de los danzantes de tijeras.)

Continúo con mi post en Facebook. “Leí hace unos días a alguien –no recuerdo a quién, lo siento– afirmando que Sigo siendo es una suerte de poema: yo diría más bien que es un pequeño poemario, con algunos textos tremendamente logrados y otros de estupendo nivel… Pero coincido en que la búsqueda de la película es sobre todo emocional, y que su ilación lo es también. Por eso la película no es rigurosa –no pretende ser ‘un documental sobre la música peruana’– y por eso, se me ocurre, omite detalles tales como colocar títulos con los nombres de los intérpretes que van apareciendo, muchos de ellos desconocidos para el ‘gran público’. Porque el ánimo no es periodístico… Por eso, también, no creo que se apliquen críticas del tipo ‘la historia se le va de las manos al director hacia la segunda mitad’: leí eso hace poco también, y tampoco recuerdo quién lo ha escrito. Preguntaría yo: ¿cuál historia?”.

A tono con el paréntesis anterior, sigo sin recordar quiénes escribieron esas dos cosas que menciono. Solo añadiría que el espectador que busca que le cuenten una historia, o informarse detalladamente sobre la diversidad musical del Perú, debería reacomodar sus expectativas para disfrutar del filme. Y sus gozos son muchos.

Presenciar al violinista ayacuchano Máximo Damián, que escucha un CD donde José María Arguedas está cantando en quechua, y luego viaja a Chincha para rendir homenaje a Amador Ballumbrosio… y en el cementerio, frente al nicho, toca su violín para que la familia zapatee. Y se zapatea mirando hacia el nicho. Se celebra, pues. ¿Qué se celebra? Estar vivos, supongo.

La música es el arte más alto de todos y da sentido a las cosas (“¿No trata de eso la música?”, apunta alguien en la película… Uno de los hijos de Amador le dice al invisible entrevistador que, si su papá viviera aún, le pediría bailar juntos un momento: “Un par de pasadas” dice que le diría, y yo creo que ese es uno de los momentos más bellos del filme… La señora ayacuchana Cristina Pusac le canta al agua que ha llegado a su pueblo, “hay que cuidar bonito el agua” dice, y tal momento habla con elocuencia sobre las distancias que hay entre la realidad de un campesino y la realidad de una persona de ciudad que abre el caño o jala la cadena del wáter sin cuestionarse nada… Me parece especialmente importante en un contexto como el actual, donde los conflictos sociales peruanos tienen que ver con el medio ambiente).

La música, obviamente, es el centro de Sigo siendo, y el único reparo formal que haría yo es cierta redundancia en los planos escogidos para hacer los cortes durante las canciones. Lo típico: planos abiertos que llevan a planos más cerrados de manos tocando un instrumento, y luego regresan a planos abiertos. Tampoco es que se me ocurra otra cosa. Corcuera prefiere claramente los encuadres fijos, y yo no lo imagino haciendo un dolly acá, quizás porque tal opción está muy asociada a lo publicitario o al videoclip. Pero mi reparo es minúsculo, y lo dejo anotado por un deseo de equilibrio.

Hay escenas donde se extraña una mayor profundidad de color, pero eso tiene que ver con el equipo de video digital utilizado. Regreso a mi post. “Uno de mis pensamientos durante la primera mitad de la película: ¿tan huevón soy, o tan poco curioso como para estar enterándome a estas alturas de mi vida de qué van estos huaynos en quechua que, encima, tienen belleza? ¿Soy el único que sintió estar ‘enterándose’ de algo? De repente. Pero soy honesto, o trato de serlo, al decir que tuve esta sensación de extrañamiento al ver la película: acá hay gente del mismo país que yo, cantando en un idioma que desconozco… Un idioma que tengo que leer en subtítulos. Es obvio, también, que la película resonará mucho más en un peruano: hay imágenes, decires, cosas en esta película que se relacionan con conceptos gaseosos y palabras manoseadas como ‘patria’. La gente, al final de la película que debió durar seis horas, aplaude, y eso puede entenderse. Porque la música te ha emocionado: para eso la escuchas, para experimentar emociones. Y puedes sentirte muy orgulloso de tu música peruana sin haber visto nunca los ojos de Máximo Damián, o cómo es por dentro la casita en la sierra donde pasó su infancia Chimango Lares, gran violinista que en Lima es heladero de D’Onofrio, y hay algo un tanto incorrecto en ello”.

Apuntaría, únicamente, el pavor que he sentido en algunos periodistas y en algunos representantes de eso que llamamos “gente”, ante la posibilidad de hacer obligatorio el aprendizaje del quechua o el aymara entre los universitarios. ¿No tiene esa reacción mucho que ver con el desconocimiento de la realidad ajena, y el deseo de mantener ese desconocimiento? Una de las cosas con las que me quedo de este documental es que, de varias maneras, está diciendo todas estas realidades peruanas existen. Siguen siendo. Y también son tu país. Y aprender un idioma, como lo sabe cualquier persona que efectivamente haya aprendido otro idioma, es una manera de adentrarse en otra realidad y de pensarla. Somos un país donde no solo se habla castellano –y ciertamente, no solo quechua y aymara– y a mí me descoloca el escaso valor que, desde la costa, se le asigna a todo aquello que tiene que ver con el campo. Se aprecia lo andino desde lo decorativo, pero a los indios de lejos nomás. Esta película los acerca.

Estas observaciones mías escapan al propósito principal del texto, pero no dudo que muchos espectadores salgan de las salas de cine haciéndose preguntas similares. Como lo apuntaba ayer, “también es obvio que nos encontramos ante un documental marketeado adecuadamente para un país racista como el nuestro: a pesar de recoger expresiones musicales de la costa, sierra y selva, se decidió –y es una decisión entendible– centrar la publicidad en la cantautora Sara Van, casi un ‘descubrimiento’ del filme, y cuya versión de ‘Cardo o ceniza’ me erizó… Quizás sean ideas mías, pero creo que si la publicidad de la película se hubiera inclinado hacia lo andino o lo amazónico, apenas habría generado interés”.

Solo añadiría que esta impresión mía fue expuesta un tanto apresuradamente, basándome en los paneles publicitarios que he visto. Y creo que Sara Van debería hacer carrera en Perú. Es una poseída. Como lo son también Victoria Villalobos, Magaly Solier, Rosa Guzmán –como lo fue Carlos Hayre– y como lo son, en distintas aunque similares medidas, todos los que aparecen este extraordinario filme.

“Esta idea de que la música es universal, de que cambias un poco el ritmo y los instrumentos y es lo mismo. En el fondo todos están cantándole a las mismas cosas, expresando las mismas emociones humanas: eso es bello. Y la música florece en este país donde tratamos de vivir juntos sin conocernos. Qué película tan emocionante se ha mandado Corcuera, cuántos Perús diferentes hay dentro de nuestro Perú. Vayan a verla”. Eso escribí ayer y eso mismo pienso hoy: ojalá la película sea vista por la mayor cantidad posible de peruanos. Compatriotas, como la señora que se lamenta porque solo crecen tunas en su pueblo. O como la chica que danza una danza para hombres, y viaja hasta el pie de una cascada para que el agua bendiga sus tijeras.

Sigo siendo - Kachkaniraqmi, de Javier Corcuera

*César Bedón es escritor y cineasta. Ha sido conductor en radio Capital y editor de cultura en la revista Velaverde.



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3 comentarios

  1. Luciano dice:

    A toda horas los buses inter provinciales difunden vídeos para sus pasajeros, muchas de ellas películas piratas de mal gusto, si tuviésemos un Ministerio de Cultura con personas imaginativas, podrían cada uno ser un Video Club, tan solamente dotándoles de buenos vídeos, y prohibiendo los que difunden por ser piratas

  2. Adalberto dice:

    El documental no habla de algun tema en particular. Tal vez hay una búsqueda de la identidad peruana, de lo andino, lo costeño. Corcuera nos deja escuchar las distintas músicas, los géneros y en algunos casos junta a músicos como Máximo Damián y los “zapateadores”. Una forma de evitar el racismo, el desconocimiento y el mal gusto. Muchos ya no seran tan poco “conocidos” ahora…

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