La resaca de todo lo vivido: sobre “El futuro” de Luis López Carrasco

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“Si una noche no salgo de casa, comienzo a propagar rumores entre mis perros”
-Warhol

Es como si encontráramos una caja sellada desde el año 1982, la abriéramos y dentro hubiera una cinta de audio y varios rollos viejos de películas en 16mm. Primero, damos play a la cinta: se oye el discurso de Felipe González tras ganar las primeras elecciones generales en España luego de cuarenta años de dictadura. En ese discurso se siente un país desahogado y jovial por su nuevo destino. Con esas elecciones se estaba escribiendo la nueva historia ibérica. Los gritos y aplausos que se oyen de fondo dan cuenta de ello.

Pasamos luego a proyectar los rollos en 16mm: jóvenes con look ochentero van llegando a una fiesta. La cámara los registra, pero casi sin entrometerse; elige permanecer en los rincones y, desde allí, empezará a cazar gestos naturales y vibraciones cada vez más jubilosas. El hechizo surge rápidamente con esos peinados, esos vestuarios, esos maquillajes. El grano de la película hace el resto. Estamos inmersos en un mundo pasado. Las conversaciones apenas se entienden, ocultas bajo la música alta y las cualidades propias de un footage casero, pero no hace falta escuchar mucho: la euforia de los jóvenes está latente, como si ellos mismos vinieran de escuchar el discurso de González, como si hubieran decidido rematar esa noche histórica con una juerga brutal.

El futuro, de Luis Lopez Carrasco

La fiesta ya lleva horas. O días. De cierto modo, años. Aún así, nadie parece esperar que en algún momento tendrá que acabar. No estamos ante el desenfreno de quienes saben que quedan pocas horas de goce, no. Estamos ante la celebración de los que disfrutan absortos ahora que los problemas han quedado atrás. La democracia ha vencido y ya no estamos para malas caras. Son los efectos que produce el triunfo: un embelesamiento perenne. Un soundtrack maravilloso e infinito. Y ahí, en medio, los rostros, rastros de miradas y de piel registrados de manera tan etérea e íntima como los screen test de Warhol. Es aquí cuando la película nos arroja su derroche sensorial y nosotros, como si fuéramos uno de sus personajes, terminamos embriagados y seducidos por él.

Warhol y El futuro, de Luis Lopez

Izq. Nico en un screen test de Warhol. Der: actriz de "El futuro".

La fiesta ya lleva horas, pero empieza a decaer. No se notará al inicio. Esto ocurrirá de manera subterránea e inexplicable: las primeras charlas parecen seguir ahí, pero ya estamos en otro estado, en una etapa de hipnosis donde cada canción es un trance, donde una mujer da de mamar a otros invitados en la cocina, donde solo nos queda contemplar, ensimismados, el rumbo final que toma la fiesta. Porque se acerca el fin. Sea por los desencuentros, sea por el licor y las drogas, las miradas se desdibujan. Los rostros se van desencajando. El celuloide de la película empieza a deteriorarse cada vez más. Silencios y rumores anuncian ese amargo desencanto que algunas veces se activa al final de una noche de juerga, desencanto autodestructivo que solo tiene un final conocido: la amarga resaca, el apagón emocional. Resaca corporal y social, en este caso. El vacío no es solamente metafórico, es también condición de la existencia. No es casualidad que esta película empiece con una pantalla en negro y al final de la fiesta un explícito agujero negro termine por cubrir los rostros de los asistentes.

El futuro, de Luis Lopez Carrasco

Porque no hay que olvidar un antecedente fundamental de Luis López Carrasco: él es miembro del colectivo Los Hijos, grupo creador de esa gran película llamada Los materiales construida a base de las sobras técnicas de una grabación. De manera similar, y ahora en solitario, López Carrasco examina el material rodado tras la fiesta y rebusca en los fotogramas velados o agujereados, en los toscos golpes de sonido de la banda de audio, en el azar que pueda surgir del procesado de la película. El disfrute sensorial no distingue materiales. La vitalidad de la fiesta ha dado paso a la minuciosidad del director para completar esta máquina del tiempo que es “El futuro” y que al final del viaje nos trae al presente, a la España fría y frustrante de hoy, a la España impersonal y bulliciosa que sigue viviendo de fiestas pasadas, de megaproyectos y de edificios vacíos, a la España que -tres décadas después del discurso de Felipe González- parece no querer despertarse del todo, como el joven que amanece ebrio en un sofá extraño pero que igual no tiene prisa en abrir los ojos porque no quiere enfrentarse a la resaca de todo lo vivido.



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