“El lobo de Wall Street”, el monarca enloquecido

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The Wolf of Wall Street tiene de sobra lo que no tuvo Jobs (por citar un biopic reciente sobre un personaje contemporáneo, real, desmedido y extraordinario): locura, pasión, nervio. Es lo que diferencia a uno de los autores fundamentales de los últimos 50 años del cine mundial, Martin Scorsese, de un artesano que juega simplemente a la corrección, Joshua Michael Stern.

Leonardo DiCaprio y Jonah Hill en The Wolf of Wall Street.

Como dice nuestra amiga Blanca Vásquez, se trata “del Scorsese más Scorsese que imaginarse pueda”. Para empezar, el auténtico Jordan Belfort es el típico inspirador de épicas scorsesianas, que pleno de ambición y falto de equilibrio –cuando no de escrúpulos– irrumpe en un territorio escabroso, como Jake LaMotta (Raging Bull), Henry Hill (Goodfellas), Sam Rothstein (Casino), Howard Hughes (The Aviator), James “Whitey” Bulger (The Departed) y hasta el mismísimo Jesús (The Last Temptation of Christ), se apodera de él, abraza la cumbre e implosiona luego hasta llegar a la autodestrucción y la penitencia. En la ilegalidad, el crimen organizado, o el simple desenfreno alrededor de su talento artístico, empresarial o deportivo, los protagonistas de Marty no conocen límites y van más allá de sus fuerzas, en búsqueda incesante de adictivas experiencias extremas.

En el guión de Terence Winter, Belfort funciona como un vector que, mientras se abre camino, va trazando desde avanzados los años 80 la línea histórica de la especulación y el bluff en el mundo de los negocios que provocó el desplome del sistema en la década pasada, con mucho robo de las altas esferas, miseria a raudales e inexistentes penas de cárcel. Lo hace a través de una narración de DiCaprio que no escatima guiños cómplices con el público y en la que desde el comienzo se percibe un aliento a sobreviviente, principalmente de sí mismo.

Wall Street ya es icónica en el cine norteamericano hace mucho tiempo y genera una serie de espejismos que van y vienen de la pantalla: no son pocas las películas ambientadas ahí y algunos títulos, como el de Oliver Stone de 1987 y esta entrega de Scorsese, tienen antecedentes homónimos justamente el año del crack, 1929, en el paso del cine mudo al sonoro, uno protagonizado por Ralph Ince (hermano del gran Thomas Harper Ince) y el otro por George Bancroft. Y Belfort ha confesado que sus delirios de opulencia se inspiraban en dos modelos cinematográficos: uno de ellos era Gordon Gekko, el rol de Michael Douglas en la cinta de Stone (el otro fue el de Richard Gere en Pretty Woman). Esa ligazón se siente en la parte inicial del relato, que ocurre precisamente a fines de los años 80, cuando el joven Belfort recibe enseñanzas y pautas del maduro Mark Hanna (Matthew McConaughey) y hace recordar la relación de malicia y lucha entre Douglas y Charlie Sheen.

Pero Scorsese, que debió hacer varios cortes para dejar el metraje en 3 horas, pasa velozmente a la plataforma que catapultó a Belfort, la firma Stratton Oakmont, y define el perfil de la relación grupal en adelante. La estructura comercial es, en términos sencillos, piramidal, así como la organización jerárquica que lo erige en objeto de culto por sus empleados y el mundo de las finanzas, en una especie de monarca enloquecido que factura cada vez más millones y desata derrochadoras orgías, atrayendo también la mirada de un tenaz oficial del FBI y otras instancias investigadoras del Estado norteamericano.

La trama va consolidando a su lado a un partner que está delineado casi como un buddy movie, Donnie (Jonah Hill), hábil para los negocios a la sombra de Belfort pero bastante más desorbitado –alborota una concurrida fiesta por masturbarse ante la presencia de Naomi (Margot Robbie), la exuberante rubia que llegará para quedarse–, torpe y sumamente peligroso para los intereses del grupo. Scorsese registra minuciosamente, con gran placer cinematográfico, el deterioro de los lazos personales y las capacidades mentales, con escenas electrizantes que dibujan coreográficamente actitudes simiescas y en las que los objetos –autos, teléfonos, comidas, pastillas– cobran vida propia como amenazas directas contra sí mismos.

La fiesta interminable en The Wolf of Wall Street.

Totalmente poseídos, Scorsese y Leonardo DiCaprio –asimismo, productor y artífice del proyecto desde la compra de los derechos del libro de Belfort–, son conscientes de que realizan la historia más desmesurada de su fructífera sociedad y no temen repetirse inevitablemente. Hay momentos en que la magnitud del festín, aún en la diferencia natural de lo que cada época tolera mostrar, remite a Citizen Kane, tal como lo hacía El aviador, en esas explosiones internas, con hombres lanzados por los aires y presentaciones carnales de coristas, que transgreden los rituales de oficina para ejecutar otros más apasionados.

Aunque la cinta no abarca explícitamente hasta los años más recientes, el autor evidentemente comenta nuestros días, exhibiendo –y destruyendo– la antesala del contraste de la incertidumbre económica y el inmenso desarrollo mercantil en el mundo, caracterizado por la codicia y la depredación del ser humano y el resto de la naturaleza.



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