“La vida de Adèle”, ¿una notoria película floja o una película deshonesta?

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'La vida de Adèle', de Abdellatif Kechiche.

Ya fuera de la sala aún no me cerraban las nociones de tiempo en la diégesis. Adèle canta I folow rivers en su fiesta de cumpleaños 18. Por la fecha del hit eso debería ser al menos el verano del 2011. Entonces probablemente Adèle arranca a los 15 con sus cuestionamientos sexuales, digamos como mínimo en el 2008. Después de esa larga elipsis donde estudia una carrera, se muda con Emma y ésta se cambia el color del pelo, deben haber pasado unos tres años. Si La vida de Adèle se estrenó en mayo del 2013, estaba haciendo futurología Abdellatif Kechiche para los próximos 5, 7, 10 años mientras la montaba, una sensible diferencia al comic del que se basa la película, publicado en el 2010, que textualiza que la historia de Clémentine, su protagonista, comienza en 1995 para acabar en el 2008. Aún la Sudamérica en la que vivo asumo que en 1995 la aceptación del amor homosexual era bastante diferente que la del 2011, sea en Paramaribo, sea en Lille, por ello no me terminaba de caer la ficha de cómo las chicas de la escuela de Adèle podían reaccionar como lo hacen frente a las interrogantes sobre la sexualidad de su no tan amiga. Pero puede ser capricho mío ver esto, es, digamos, parte del trabajo de la adaptación, el director ha pensado pertinente mantener esta secuencia para su historia. Claro, esto no es una burda transcripción. El comic por ejemplo se hace de la intertextualidad de la subjetiva y sus licencias en su formato editorial, que se suma a las acotaciones del diario, y la narración de la propia historia, frente a ello la película de Kechiche no cae en el uso de una voz over, tiene muy pocas subjetivas abordables como tal y parece filmar en un tono realista–clásico. Ocurre también que en el fondo se preguntan por cosas distintas: el relato de Julie Maroh lo hace por la represión sexual, el de Kechiche sobre cómo construir axiomas poco hilvanables que se regodeen en su exploración sobre la sexualidad femenina.

La vida de Adèle en realidad se llama La Vie de Adèle – Chapitres 1 & 2, como no sé francés según el traductor eso significa “La vida de Adèle – capítulos 1 y 2”, adivino que la separación de estos capítulos se da cuando pasan los años en la relación de Adèle y Emma, esto dado que no vi anuncio alguno. Así el primer capítulo se puede llamar La vida de los labios de Adèle. Si Adèle tiene que dormir, Kechiche filma un plano de su boca mientras lo hace, si tiene que leer, más labios, si ve televisión, otros tantos, ni qué decir si tiene que comer o hablar. Estos repetidos encuadres que menciono los compone con primeros planos –quizá en realidad sean planos detalle un poco abiertos– que serán lo suficientemente cerrados para cortar casi toda la frente, los contrapica para hacerlos más grandes, y hace maquillar los labios con brillo para resaltarlos más. Es una fórmula, y es tan abundante y obvia que en casi todas las secuencias de diálogo los contraplanos de sus interlocutores estarán hechos, con o sin referencia, haciendo que el valor del rostro, o hasta el rostro y los hombros, correspondan a la mitad del cuadro frente a los de Adèle que serán mucho más del 70% dejando casi sin aire al plano, ejercicio no tan sencillo a sabiendas de que filma en panorámico. Sostendrá su propuesta hasta que inicia la relación con Emma, ergo por casi 90 minutos. Queda demostrada la capacidad de los técnicos franceses para resolver, cámara en mano, el mantener en foco a 10 centímetros de la carne el objetivo adicto a la preciosa boca de Adèle Exarchopoulos, la actriz que representa al personaje del mismo nombre. Esto ha atentado contra la diégesis. Si a los 15 primeros minutos se conoce cada rincón de un rostro entonces habría que saber conducirlo para mostrarlo avejentarse por los aproximadamente 10 años que transcurren en este universo. Mientras pasa el largo tiempo de la historia se ha tratado de resolver cambiando el vestuario y su paleta de colores, poniéndole lentes, haciendo más neutro el maquillaje, cambiándole el peinado, y finalmente, huyendo del primer plano salvo en una secuencia. Nada. La sensación es que es la misma chica. Chica, no profesora de primer grado cerca de los treinta.

Si esto no es un descuido es porque el director lo ha visto suficiente: unos lentes, un vestido opaco y ha envejecido. There, I fixed it. Esta inocencia para construir se repite y es hasta despectivo en otros rincones. Adèle va con un amigo a un bar frecuentado por homosexuales. Ya en el primer cuadro de la secuencia hay una pareja de hombres jóvenes besándose para dejar de hacerlo cuando la cámara los cruce, dándole espacio a un personaje, marcando así la conciencia de cámara y el planeamiento de la secuencia. Puedo ver cómo ha armado las coreografías animando a que se vea lo que bien podría “esperarse ver” según un pacato. Luego si un personaje está en plano medio, en el fondo de éste habrá otra pareja de hombres besándose, si alguien del bar habla, este estará vestido con ropa apretada, y hasta esto mismo que pronuncia lo dirá con una voz afeminada. Listo, así son los bares gays y los gays.

Luego Adèle conoce a la comunidad de “artistas” de su novia…

– ¿Fiesta de artistas? Proyectemos una en blanco y negro… ¿por qué no Lulú, la caja de Pandora? También tiremos una conversación sobre algún pintor…
– ¿Sobre cuál, Don Abdellatif?
– ¿Qué se yo?… Klimt. Y luego no olvidemos un grupete de prepotentes y/o bocazas. Listo, así es la gente del mundo de la pintura. ¿Qué sigue?

Parece que Kechiche no leyó un comic sino una caricatura. O que hace cabalgar su ligereza al punto de vista de una niña, que luego deja de serlo, o a la suerte de una global–subjetiva de la misma, que como dije, dado la forma de filmar, no se puede leer así, salvo en muy pocos segmentos. Cuando estas subjetivas parecen ocurrir, sería porque no puede verse justificada de otra forma el rompimiento de su forma realista al hacer la construcción de la mezcla de sonido en varias secuencias de la película, dónde coincidentemente aparece música diegitizada que no acaba de serlo. Para botón, nótese la falta de continuidad entre plano y plano que ocurre en las secuencias en las que la gente baila, continuidad de la que sí está dotada la música; al pasar en estas secuencias de música diegética a de foso rompe su propuesta inicial. El por qué lo hace podría estar en alguna representación del goce, pero es insuficiente y abrupta, como lo es aún más en la secuencia que hace uso de música clásica mientras las amantes recorren un museo de arte fijándose en figuras de desnudo femenino: es incluso deficiente porque disfraza la intención para luego entregarla por un lapso demasiado corto y finalmente prolongarlo hasta el inicio de la siguiente secuencia. Ten una novia, si no, no las saques a pasear a todas juntas la misma noche. Podrían superarte.

No son solo en ese bar o esa reunión de pintores donde el guión se hace débil de tan predecible o mezquino, también ocurre donde se presentan a “padres progre”, “padres que no lo son”, un “bar de lesbianas”, pero como para compensarlo, cayendo en la misma predictibilidad de paso, ocurre en algunas secuencias una particular licencia: la verborragia. Cuando Kechiche suelta la focalización en el personaje principal es para que otro ponga en texto y perspectiva ciertos temas que no consigue resolver de otro modo que de forma oral. En las clases del colegio se habla del destino citando a Marivaux, o del conflicto de la vejez y madurez leyendo a Antígona, o se analiza un poema de Francis Ponge para hablar de la moral y la naturaleza, o se hace que los “artistas” comenten lo incomprensible del placer femenino por el varón, en un diálogo que bien puede ser el porqué de su película, citando al mito Tiresias que por castigo de Hera transita por ambos sexos, así como se proyecta Lulú para apuntar al recuerdo de la represión de su época, igual que se menciona a Gustav Klimt para que volvamos la memoria a su connotación de sensualidad en sus más famosos cuadros. Como es insustancial el acartonamiento de los primeros temas mal resueltos, lo es del mismo modo el deslice textual de materias sumadas tan de soslayo. Parece como cuando alguien, en medio de una conversación, desvía intencionadamente el tema para exponer algo que ha aprendido y el resto lo pasa por encima para seguir con la conversación. Es pasar del rumiar de las vacas a la alimentación regurgitada de los pichones.

Léa Seydoux y Adèle Exarchopoulos en 'La vida de Adèle'.

Dado que no destaca en la escritura ni en la dirección de cámara, ni en el montaje o el tratamiento del sonido, tal vez el mayor mérito de Kechiche esté en la dirección de actores. Y esto por los aciertos en el casting y por las notables secuencias de la pelea, la primera conversación, el primer beso o el primer reencuentro de las amantes. Una película puede hacerse notable, o como es el caso, simplemente notoria, por sus actores, y efectivamente hay dos papeles protagónicos potentes. Y no adhiero a esto las pesadas secuencias de los encuentros sexuales de Adèle. Abundan en la humanidad suficiente material de todo tipo de variables de placeres sexuales, luego que hable de pornografía quien no tuvo internet. Saló no podría escandalizar a la generación que creció con las galerías de rotten.com a la mano, ni qué decir a los que vendrán luego. Nada de lo que haga Kechiche puede considerarse “demasiado” a esta altura, ni erótico, ni sexual, ni pornográfico, ni ningún termino reaccionario. Simplemente carece de valor dado que vuelve a hacer lo que más hace: caer en lo visto y dejar a medio hacer. Ha construido estas secuencias, alguna de 12 minutos, intercalando planos abiertos y extremadamente cerrados, con cámara en mano, una luz plana por donde se le vea, montándolo lleno de planos de corta duración y haciendo la mezcla tan pegada a los jadeos que la reverb puede sonar a la de un baño pequeño: todos mecanismos archiconocidos que enuncian coito mas no la impronta del porqué de su constructo. Si buscaba literalidad, la del placer dirán algunos, la repetición insidiosa de los mismos elementos sobrepasa el estandarte del maniqueo. Tanto en estas secuencias, como en toda la película, si trataba de potenciar la pasión –o de llevarla a la asunción– a la que se entregan sus protagonistas se fue siempre por lo fácil y no innovó, despreciando ciega y toscamente lo demás. Y el cine es oficio de todos sus elementos en el total de la duración de la obra. Queda el mérito de haber hecho una película, desabrida, efectista, floja y con flojera. Pero si ha sido el caso que fue tras una reflexión sobre algo que nadie terminará de abarcar, el hacer una película, esta película, sin rigor, se vuelve algo banal. Y deshonesto.



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5 comentarios

  1. Mariano Carranza dice:

    Que artículo tan mediocre.

  2. jimenez dice:

    En lo personal respeto la respectiva tuya,pero realmente no considero que sea deshonesta,es una película si bien carece de algunos aspectos,aborda el sentimiento del amor en si,las etapas que en ocasiones se suelen pasar para la aceptación de una persona en si ,en lo personal se me hizo buena la película,omitiendo o no las partes explicitas de sexo,pero caemos en contradicciones pues cuantas películas no lo muestran de una manera muy natural ,simplemente el hecho de que sean dos mujeres lo hace ¿diferente o pornográfico?en fin respetable tu comentario y critica.

    • Carlos dice:

      Gracias por leerlo y por tomarse el tiempo de comentar.
      No tengo problemas con el tema o el contexto sino con las formas. Me parece que si una materia no es tratada sin suficiente rectitud ocurre que el tema se volatiliza y puede llegar a ser hasta irrespetuoso como señalo que ocurre cuando se acerca a los varios clichés en que me detengo..
      Saludos.

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  1. […] Hill”), y que la película era protagonizada por Léa Seydoux (El Gran Hotel Budapest, La Vida de Adéle) y Vincent Cassel, pero de ahí nada más. Y quizás fue por eso que la película me sorprendió […]



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