La humanidad en el arte de escuchar y conversar: El Cine Documental de Eduardo Coutinho

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Abandoné la ficción por el documental
para librarme de mí mismo,
era la única posibilidad de olvidar mi
propia historia: hablar de la de los otros.

El documental fue, es y será siempre cine marginal.
Y además no tengo ni la esperanza ni el convencimiento
de que algún día deje esos márgenes.
Pero diré más, para mí el documental tiene un atractivo
que jamás tendrá la ficción: no vive de ilusiones
.

Eduardo Coutinho
(1933–2014)

Eduardo Coutinho

Según los medios noticiosos y la información obtenida, su hijo que padecía de trastornos mentales había matado al cineasta y herido gravemente a su madre en un acto que no es mi objetivo escribir sobre esta desgracia que trastoca nuestros órdenes simbólicos.

Más bien me interesa rescatar y colocar la importancia de este gran ser humano y documentalista. Existe un sinnúmero de críticas, ensayos, análisis, exposiciones sobre su trayectoria, los productos y paradigmas encontrados sobre Eduardo Coutinho. Su método filosófico, profundo y humano de encarar el acto de la conversación, de la entrevista humana que fluye en varios niveles de profundidad y sencillez, pero a la misma vez con una economía de recursos formales y técnicos, son paradigmas importantes dentro de la historia y el quehacer documental. Coutinho presentaba una forma personal de humanizar y contextualizar la entrevista. Los testimonios y conversaciones en sus obras, tienen una base sociológica, pero desde la sociología de las propias descripciones, de los propios personajes y de las memorias compartidas, algo que va más allá de un simple acto de preguntar y responder. Coutinho jugaba con ese límite existente entre realidad puesta en escena, y la ficcionalización del acto documental. Distancias y fronteras diluidas entre ficción y realidad, entre lo figurativo y lo abstracto.

Podemos distinguir no sólo el acto humano del momento de la entrevista y del acto de la conversación, sino además los recursos formales, de producción, mínimos, simples y austeros. En su cine y propuesta de intervención y contemplación de la realidad, no podemos desviarnos en artificios narrativos ni estéticos. El valor del testimonio, de la memoria abierta y compartida es tan grande que el foco debe ser frontal, sin distracciones. Desdoblar al sujeto y sus memorias frente a la cámara, en el simple acto de hacerse verbo. Pero esto no descarta y menos aún conlleva pugna, con la puesta en escena pensada, creativa, lúdica, clara y firma de un director que abre espacios para que entre y se active el maravilloso momento de hablar y de recordar. Como decía Coutinho, “me interesa la palabra porque, como decía Walter Benjamin, el pasado narrado es más fuerte que el pasado vivido. Además, hablamos con la cara y con el cuerpo. Y nuestra manera de hablar ante la cámara es única e irrepetible”.

Sólo necesitaba una cámara en la mano y un equipo básico de producción, y este trabajador eterno del acto de registrar los testimonios de gran parte de los sectores menos privilegiados del Brasil, se daba a la gran tarea de escuchar y plasmar una verdadera democracia mediática, una utopía basada en el acto de activar y compartir las memorias. Toda persona es única, es irrepetible, como bien decía, y la forma de interactuar con ellas demostraba las posibles y variadas historias y humanidades que habitan en la sociedad. Hablamos, nos movemos, lloramos, reímos, expresamos, amamos, odiamos, y todo es parte de la condición humana, llevadas al acto de conjugar estados anímicos a través de la imagen y del sonido. El acto de confrontar y aprender de forma humilde, de la propia vida y de las historias que están a nuestro lado y no podemos o no queremos escuchar, ni ver.

Eduardo Coutinho en rodaje

En un tiempo donde el flujo de información, la cantidad y profundidad de las relaciones sociales y humanas están en continuo cambio. Donde la rapidez y muchas veces pertinencia de la información nos llevan cada día más y más a una sociedad infoxicada mediáticamente hablando, y a construir relaciones deshumanas a paso veloz, el arte de escuchar, de mirar, de observar, de conversar se presenta como un acto revolucionario, contestatario y hasta cierto punto subversivo al orden establecido.

Detenerse a escuchar a ese otro, que al mismo tiempo me remite a mí mismo, a ese espejo donde nos vemos reflejados en colores, voces, rostros, perfiles, pero sobre todo, nos vemos reflejados en almas, anhelos, decepciones, frustraciones, pasiones y otros tantos estados anímicos que nos unen como seres humanos. Ir más allá de geografías, divisiones por raza, sexo y otras tantas categorías que nos separan y distancian de las relaciones humanas. Sociedad mediática que cosifica el cuerpo, que anquilosa y banaliza el testimonio, que criminaliza la cotidianidad y la memoria popular, colectiva.

El arte de escuchar, de conversar, de entender y desdoblar al sujeto/acto/alma que está frente a una cámara, frente a un sujeto que desea a través de su testimonio, a través de la relación honesta de escuchar y conversar, plasmar la existencia simple y complicada al mismo tiempo, de la propia vida. El acto de comenzar a grabar, a negociar entre el sujeto grabable/documentable y, por otro lado, el realizador/transmisor/activador.

Relaciones necesarias y transformadoras en una sociedad vertiginosa, virtual e interconectada. Ver cara a cara, enfrentarse directamente mirando los ojos, ver cómo se desdobla y mueve el cuerpo, las posturas, las risas, llantos, suspiros, y todo frente a cámara. Redescubriendo el acto más sencillo y arquetípico que es el acto de hablar, de conversar. Y a todo esto, además del acto de grabar de registrar la realidad del testimonio/memoria, se suma que es ejercido por los sectores que históricamente han sido relegados en la memoria oficial, en esa macrohistoria que omite y castra la verdadera democracia mediática y representativa. Coutinho buscaba el anónimo, esos sujetos hacedores de historias populares, de barrio, de callejón, de esquina, de personajes outsiders y malandros, de amas de casa, trabajadores y una variopinta de personajes y tejidos que forman la gran población excluida de las modernidades y de los procesos globalizantes que nos venden en los medios tradicionales. Darle voz, imagen, nombre, espacio a toda una gama de colores y opciones. Una forma de encarar el proceso audiovisual, documental que exige posicionamiento, que demanda colocar el acto documental más allá de mercado y producto. Es un proceso que desencadena imaginarios, conexiones y gana por su libertad y humanidad.

Poder ejercer el acto de hablar, de testimoniar, de inscribirse en el archivo arquetípico mundial. Mi vida, mi memoria, mi historia es parte de un todo y se conecta con el otro precisamente en sus subjetividades. Ejercer el derecho de que toda historia puede ser escuchada y compartida. Continuamos con un legado de documentales increíbles, pero lo más importante son las vidas y memorias reivindicadas y rectificadas en cada fotograma en cada conversación. El legado dejado por Coutinho es amplio y todavía estamos por descubrir y por aprender mucho más de la vida, a través de las vidas y de los compartir en el acto de documentar y ser documentado.

“Lo que me diferencia de muchos directores, es que no hago películas sobre los otros, sino con los otros”, solía decir el gran maestro Coutinho. Dentro de este espíritu recomendamos y rendimos un humilde homenaje en estas cuatro obras que hablan y comparten humanidad y oficio. Un forte abraço para o Mestre, com açucar e con afeto.

Documentales recomendados (textos del crítico argentino Roger Koza)

Edificio Master (2002): Durante una semana, Coutinho y su equipo se adentran en un edificio de casi 300 departamentos en pleno corazón del barrio de Copacabana en Río de Janeiro, ubicado a una cuadra de la playa, para entrevistar a sus moradores y componer así un relato colectivo y multigeneracional en el que se pueden vislumbrar tanto algunas características del psiquismo de una clase social determinada como el misterio irrepetible de cada ser humano. El método de Coutinho es sencillo: a partir del discurso del entrevistado, el realizador casi nunca deja de preguntar sobre lo que encierra y no expresa del todo una afirmación al paso.

Fin y principio (2005): El realizador visita un pequeño poblado del norte de Brasil, el territorio simbólico y político del genial Glauber Rocha, y a través de su peculiar metodología socrática de indagación consigue que un grupo familiar muy numeroso revele las estructuras sociales y culturales que lo constituyen; sus cuerpos develan una historia; sus palabras, un sistema de creencias. En efecto, la paradójica intimidad distante que establece Coutinho con sus entrevistados extrae de estos discursos teológicos, históricos y existenciales, una radiografía social, a veces de una riqueza conceptual inimaginable en un contexto en el que la sequedad es mucho más que una condición climática.

Juego de escena (2006): Es un ejemplo de cómo concebir el cine desde recursos mínimos pero guiado por un relevante proyecto cinematográfico en el que la conversación es el método de indagación del funcionamiento estructural de diversos agentes sociales. A través de un aviso publicitario, Coutinho recluta a más de ochenta mujeres. Ellas hablarán sobre distintas temáticas de su vida; el espectro es muy amplio pero revela un patrón discursivo, síntoma de un orden simbólico determinado. Algunas de las historias son retomadas por actrices conocidas y desconocidas, que rehacen y versionan las historias originales. El dilema es que, si uno no conoce a las actrices, la distinción entre ficción y no ficción, entre quien interpreta y quien “confiesa”, entre quien recuerda y quien memoriza, permanece eclipsada por el procedimiento estético elegido, pero no por esto se diluye la veracidad y autenticidad de quienes hablan.

Las canciones (2011): El último filme del gran cineasta consiste simplemente en un conjunto de entrevistas donde los entrevistados deben cantar una canción significativa para sus vidas y explicar el porqué de esa elección, lo que lleva a una suerte de relato ligeramente terapéutico para los involucrados. Como en las películas del inglés Terence Davies, la música tiene una función simbólica: un sujeto puede inferir de las letras un sentido para su experiencia y sus recuerdos; es el sonido de la intimidad en un contexto universal, o como lo sugiere uno de los “sujetos” de Coutinho: “todos tenemos una canción que identifica algo esencial de nuestras vidas”.

Poster de 'Juego de escena', documental de Eduardo Coutinho.



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