Francisco Bardales presenta su nuevo libro “POP”

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Este jueves 7 de agosto, a las 7.30 pm, el narrador Francisco ‘Paco’ Bardales, periodista, literato, cineasta y amigo de la casa, estrena POP, libro de historias urbanas de no ficción editado por Tierra Nueva, una continuación de su conocida publicación IQT (Remixes).

Pop, de Paco Bardales

Como telón de fondo, Iquitos es siempre la fuente de inspiración, desde un trayecto por la Amazonía encaramado en un viejo barco, la violencia política y el encendido patriotismo; la época del caucho y sus atrocidades; la creación pictórica como forma de vida; la comida amazónica como el súmmum de la exquisitez, la noche bullanguera, la sensualidad del cine, la ilusión del fútbol, el eterno ir y venir a través del aeropuerto internacional. Todo filtrado por la propia biografía de Bardales.

La presentación estará acompañada de diverso material audiovisual y utilizará el hashtag #POP en redes sociales. Además, exhibirá su cortometraje Downtown Iquitos, un proyecto especial que fusiona dos videoclips, con la banda sonora de talentosos artistas musicales amazónicos, cuyo tráiler ya se conoce.

La cita es en Espacio Fundación Telefónica (Av. Arequipa 1155). Lo presentarán el periodista Marco Sifuentes y el poeta Juan Carlos De La Fuente. El ingreso es libre.

Como adelanto, les presentamos en exclusiva un extracto de POP, acerca del origen de la cinefilia del autor.

El cine es la vida

El primer cine de Iquitos se instaló a principios del siglo XX, en pleno furor cauchero. Se llamaba Alhambra y estaba ubicado en la Plaza de Armas. Era un lugar de exquisita arquitectura, donde se reunían los personajes más encumbrados de la ciudad para ver películas que llegaban en rollos de diversos metrajes desde Europa.

El Alhambra tuvo diversas etapas. La última se remonta a mediados de los años cincuenta, cuando un voraz incendio lo destruyó por completo. Los testigos de aquella generación, mi padre entre ellos, recuerdan aquel día con mucha euforia. El más grande símbolo del entretenimiento caía abrumado por el fuego.

Siempre me he puesto a imaginar qué hubiese pasado si el Alhambra no se incendiaba y todavía estuviera entero, proyectando en la oscuridad.

Asocio la vida con el cine porque en el cine (y con el cine) he aprendido mucho. Mi educación sentimental está compuesta, más que por librerías y bailódromos, por aquellos espacios donde, a oscuras, podía soñar un poquito.

Mi recuerdo más antiguo de una película en una sala cine es ET, el alienígena amistoso. Emocionado, recuerdo haber llorado cuando la bicicleta surca los aires con la mancha y su nuevo amigo (tenía cinco años, no me juzguen).

Vi por primera vez La guerra de las galaxias en el cine Bolognesi. Mi vida cambió para siempre. Allí también vi Chucky (desde aquel entonces he tratado de buscar como poseso los overoles del famoso muñeco diabólico).

En el cine Iquitos vi Rambo y Comando, todo lo memorable y descartable de Stallone y Schwarzenegger. Allí también vi Karate Kid, cuando tenía 8 años y terminé mal. Daniel San/Ralph Macchio debía quedarse con Elisabeth Shue y pegarles a todos los Kobra Kai, de la mano del señor Miyagui. La patada de la grulla es uno de mis movimientos reflejo favoritos cuando estoy nervioso.

Allí, en el cine Iquitos, también vi Los Goonies, una de las-películas-de-mi-vida, y quedé prendado para siempre de la música de Cindy Lauper (nunca digas nunca y nunca te ibas a morir).

En el tropical cine Excelsior me encontré con las películas de Harry El Sucio que le gustaban tanto a mi padre. En el cine Atlántida habré visto alguna de las interminables Retroceder nunca, rendirse jamás. Desde entonces, lo confieso, no me cae mucho Van Damme.

Nunca fui al cine Belén porque solo daban películas hindúes y con el paso del tiempo también funciones dobles continuadas de porno (debo confesar que nunca he visto una porno… en un cine).

Habré visto muchas películas, por cierto, de todos los tipos y géneros, algunas de las cuales tengo un vaguísimo recuerdo. Sí tengo memoria, en cambio, de las últimas que vi antes de terminar el colegio, en el Bolognesi: Un día de furia, con Michael Douglas, y En la línea de fuego con Clint Eastwood y John Malkovich.

Aquellas imágenes son, adicionalmente, el decorado visual de una etapa de mi vida, la primera quebrazón, parafraseando a Francis Scott Fitzgerald.

He visto películas gracias a TVS, el servicio de cable más antiguo del Perú y uno de los más antiguos de Sudamérica, creado por Stan Tyminski, empresario canadiense de origen polaco que después le disputó la presidencia de su país al famoso Lech Walesa. Nunca me he perdido las maratones de Función Estelar, en el Canal 2. He sido consumidor adicto de comedias picarescas como Porky’s o La Venganza de los Nerds en Betamax y, luego, a través del VHS, toda la saga de Volver al futuro. Procuro ver siempre una película diaria en la tele. Me encargo de buscar un soundtrack por Internet, legales y piratas.

A veces, a pesar de estar en lugares de difícil acceso cinematográfico, trato de conseguirme algunas películas que después las reproduzco en mi DVD Player. A veces las veo online, sin descargarlas.

Pero la experiencia misma de estar dentro de una sala de cine es incomparable.

Asisto por lo menos dos o tres veces por semana al cine, en cualquier lugar de este planeta. Prefiero perderme las maravillas del urbanismo o grandiosos monumentos, pero no me pierdo jamás un estreno. A veces, luego de soplarme una película inolvidable, en última función, cuando pasan los créditos, quedo con un nudo en la garganta, del cual no puedo recuperarme sino largo tiempo después. Camino solo, a través de frías y oscuras, muy cansado, pero al mismo tiempo melancólico, alucinado, vigilante. Llego a mi habitación y resulta difícil dormirme. Mi cabeza es un incendio de ideas y lucidez.

El cine ha sido mi vehículo de escape de la soledad, del miedo o de la gente. Me ha salvado de la rutina, me ha permitido vivir aventuras que no he podido o no me han dejado realizar.

A pesar de cafés, discotecas, pubs, librerías, fast food, besos furtivos, amores eternos que duraron solo semanas, estadios, conciertos, países ajenos y ciudades extrañas, inundado de etiquetas con nombres dispersos, solo en el cine, en la oscuridad del recinto, las butacas crujientes, el olor del pop corn, con mi viejo, con mis hermanos, con mi madre, con amigos, más de las veces solo, he estado más cerca de aquello que puede considerarse un verdadero hogar.

Paco Bardales - POP



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