El cine peruano y las coproducciones

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El estreno de dos cintas apoyadas por Ibermedia, que son peruanas en distinta proporción, El elefante desaparecido de Javier Fuentes–León, en circuito comercial, y Pelo malo de Mariana Rondón (Concha de Oro de San Sebastián 2013), en el CCPUCP, brinda la ocasión de tratar el tema de la coproducción.

Micaela Cajahuaringa (de blusa rosada) en el rodaje en Caracas de la película venezolano-peruana 'Pelo malo'.

Alrededor de un niño protagonista y su accidentado entorno familiar, Rondón narra una fábula barrial de lucha contra la discriminación y el atraso, muy representativa de Venezuela y toda América Latina, filmada en populares zonas de Caracas. Básicamente una película de nacionalidad venezolana, dotada de ayudas de Argentina, Alemania y Estados Unidos, tiene un 20% de participación peruana, incluyendo profesionales como Marité Ugás y Micaela Cajahuaringa, entre otros, y sin obtener recursos directos del Estado peruano.

La obra de Fuentes–León, de mayor despliegue y complejidad, es un thriller psicológico de extrañas identidades alrededor del sismo de agosto de 2007 que sufrió el Perú. Además de un socio español, el armazón con Colombia, cuyo fomento al cine es enorme, es más parejo, conteniendo productoras grandes (Dynamo, Tondero), premios de los Ministerios de Cultura y estrellas de ambos países reconocidas en el vecino, como Salvador Del Solar –que incluso vive allá y actúa en la TV colombiana–, Angie Cepeda y Andrés Parra, el actor de la serie televisiva Escobar, el patrón del mal.

La coproducción vincula y fortalece cinematografías, afrontando el poder de Hollywood y carencias regionales. Nuestro cine, que ha pasado por etapas muy difíciles de escasez de financiamiento y taquilla, no habría sobrevivido sin este mecanismo de larga data, que se usa en las cinematografías de todo el mundo, grandes y chicas, desde hace muchas décadas, y que por ley aún no es del todo recíproco por parte del Perú: por un lado los concursos de la DAFO no admiten proyectos mayoritariamente extranjeros, como Pelo malo, pero los de bandera principalmente peruana sí pueden competir en otras latitudes por fondos de los organismos homólogos y los ganan a menudo, como Dioses, Viaje a Tombuctú y la de Fuentes–León, para citar sólo tres ejemplos.

Si cambiara esa situación, las obras peruanas, práctica y formalmente, serían muchas más, incrementando significativamente la expansión del cine peruano, a través de su aporte a producciones afincadas en otros países. Y creando algún mecanismo, podrían incluir también proyectos que autores peruanos emprenden en el extranjero, como son los casos de la productora Quechua Films con sede en España, o realizadores como Martin Hawie en Alemania, Carlos Flores y Alex Rivera en Estados Unidos, entre otros.

(Nota: Este texto es una versión aumentada del publicado originalmente en la edición del 12 de octubre del Diario El Peruano.)



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