“Aloft”, de Claudia Llosa: Un lago de emociones congeladas

Después de conquistar terrenos hasta entonces desconocidos para el cine peruano, al obtener el Oso de Oro en Berlín y una nominación al Oscar a mejor película extranjera, Claudia Llosa asumió el reto de dirigir y escribir su primera producción en inglés: Aloft: No llores, vuela. Los resultados no son completamente satisfactorios, pero no dejan de generar entusiasmo e interés.

Aloft Jennifer Connelly

Aunque cambia de idioma y de locaciones, Llosa mantiene algunos de los temas desarrollados en sus películas previas, como el misticismo, la superación de un trauma y la necesidad de encontrar una catarsis. También se mantiene la representación del dolor físico y emocional, como motores de una búsqueda personal muy profunda que emprenden los personajes desde la oscuridad hacia la luz.

La película comienza narrando el misterioso ritual de peregrinaje que emprende un grupo de personas buscando a un curandero. Nana Kunning (Jennifer Connelly) lleva allí a sus dos pequeños hijos, el menor de los cuales tiene un tumor supuestamente inoperable. Ivan, su hijo mayor, tiene una relación tensa con ella y es un apasionado de los halcones. Una serie de hechos trágicos, que se van revelando paulatinamente, separan a Ivan y Nana durante 20 años, hasta que la periodista Jannia Ressmore (Mélanie Laurent) se cruza en el camino de ambos.

La narración no lineal maneja dos niveles temporales: hace 20 años y hoy en día. Mientras la edición salta de un nivel al otro, se va armando el rompecabezas que da forma al contexto en el que se produce la ruptura de la relación entre madre e hijo y delinea las circunstancias en las que se presenta una oportunidad de reencuentro entre ellos.

Los dos primeros tercios son los más acertados, pues nos presentan no solo los conflictos emocionales de los personajes, sus frustraciones y motivaciones, sino que nos introducen en el apasionante mundo de la crianza de halcones y también en el ritual de la curación a través de la imposición de manos.

En este último aspecto, la película alterna una mirada escéptica con una visión mística que resulta ambigua y abierta a la interpretación del espectador. ¿Nana y el curandero conocido como “El Arquitecto” realmente pueden curar las enfermedades o son charlatanes que lucran con el sufrimiento de la gente? ¿Eso puede considerarse un arte o no es más que una estafa?

Lamentablemente, en el desenlace llegan los problemas, cuando una incómoda serie de gritos destemplados dan paso a una resolución que se siente apresurada, fácil, poco trabajada. Esto no deja de ser una lástima, porque se nota un gran cuidado en todo lo que viene antes de esa conclusión.

Jennifer Connelly carga con el mayor peso dramático de la película y logra hacer creíble el sufrimiento de Nana, tanto como el vínculo quebrado con su hijo mayor. Como Ivan en su etapa adulta, Cillian Murphy es más eficiente cuando contiene sus emociones que cuando las deja estallar. Y Mélanie Laurent compone un personaje que oculta su propia historia de dolor, pero realmente no tiene muchas oportunidades de lucimiento.

Aloft Cillian Murphy

Entre los grandes colaboradores que ha tenido Claudia Llosa para esta aventura, destaca nítidamente el trabajo del canadiense Nicolas Bolduc, director de fotografía de Rebelle de Kim Nguyen (filme canadiense nominado al Oscar a mejor película extranjera) y “El hombre duplicado” de Denis Villeneuve. Bolduc nos regala encuadres impresionantes en los que se luce el majestuoso vuelo de los halcones, así como la densidad de los bosques y la inmensidad de los paisajes de nieve que aíslan a los personajes.

Al igual que en sus películas previas, en Aloft: No corres, vuela, Claudia Llosa se vale de distintas metáforas para contextualizar su relato. Los halcones de Ivan son una manera de huir de las frustraciones y aterrizar luego serenamente en tierra firme. Por otro lado, los frágiles lagos congelados sobre los que caminan Jannia e Ivan son una representación de las emociones que esconden en su interior, que amenazan con salir a la superficie y dejarlos sin piso. Es entonces, cuando Llosa confía en el poder evocativo de sus imágenes, que su cine vuela más alto.

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