Crítica: “La dama de oro”, la gracia salvadora de Helen Mirren

Helen Mirren es una intérprete que tiene la peculiar habilidad de elevar el nivel de ciertas películas creando personajes más complejos de lo que estaban escritos en el papel y dotándolos de un brillo que opaca todo a su alrededor. Lo hizo en la comedia de acción Red, en el inofensivo biopic Hitchcock, en la comedia empalagosa Un viaje de diez metros y ahora lo hace de nuevo en el drama La dama de oro, que tenemos actualmente en cartelera.

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En esta ocasión, Mirren interpreta a Maria Altmann, una judía austriaca que vive en California y que desea recuperar la pintura Retrato de Adele Bloch-Bauer I de Gustav Klimt, que fue robada a su familia por los nazis durante la guerra y que está en posesión de una galería en Viena. El principal obstáculo es que el gobierno austriaco no quiere cederle esta obra de arte, por lo que Maria los lleva a juicio.

A través de distintos flashbacks, conocemos la niñez y juventud de Maria en Austria. Estas escenas tienen como propósito poner en contexto la lucha de Maria en el presente y sugieren el valor emocional que tiene la obra en disputa, un retrato de su tía Adele, un objeto que es el único rastro de un pasado glorioso que le fue arrebatado.

El director inglés Simon Curtis (Mi semana con Marilyn) se propone intercalar distintos géneros: está el drama bélico que mira desde la ventana algunas atrocidades del Holocausto, el suspenso que se manifiesta cuando la joven Maria y su esposo se proponen huir de Austria, el cine jurídico en el que las disputas se resuelven en los tribunales y hasta ofrece algunas pinceladas de comedia, en las mordaces observaciones que hace Maria en el presente.

El guion de Alexi Kaye Campbell toma como base las memorias de la propia Maria Altmann y su abogado E. Randol Schoenberg. Su principal acierto está en el descubrimiento progresivo del pasado de la protagonista y las heridas que ella en un inicio se resiste a encarar, pero que luego termina enfrentando, para recuperar los lazos afectivos con su país, su familia y su patrimonio, es decir, todo aquello que configura su identidad.

No obstante, se sienten algunos lugares comunes en el relato. Por ejemplo, el abogado de Maria, interpretado por Ryan Reynolds, es el típico joven inexperto y dubitativo que se convierte repentinamente en un gran erudito cuando está frente al juez y suelta frases aleccionadoras que hacen fruncir el ceño a la parte demandada.

Los mejores momentos de Ryan Reynolds ocurren cuando su personaje intenta convencer a Maria de seguir en la lucha hasta el final. Sin embargo, aquellas escenas que demandan una mayor intensidad dramática (por ejemplo, cuando se quiebra tras visitar un monumento en memoria de las víctimas del Holocausto), dejan al descubierto sus limitaciones.

En roles secundarios, Tatiana Maslany le inyecta la suficiente fragilidad a la joven Maria, Daniel Brühl interpreta a un periodista austriaco que ayuda a los protagonistas a encontrar información valiosa para su defensa y Katie Holmes tiene el papel cliché de la esposa sonriente y comprensiva que siempre asiente con la cabeza y elige la mejor combinación de camisa y corbata que su esposo debe usar en el juicio.

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La dama de oro es una película correcta y bien intencionada, pero tampoco ofrece mayores riesgos ni sorpresas. Su gracia salvadora es la sobresaliente actuación de Helen Mirren, quien modula de manera correcta la emoción, el coraje y la búsqueda de la justicia. Su trabajo es como una obra de arte que se convierte en el principal atributo de una galería, sin el cual todo el conjunto pierde su valor.

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