[Crítica] “NN”: Un dolor que pervive, un recuerdo que puede recuperarse

“NN” es una película sencilla, sobria y serena sobre el trabajo de médicos y antropólogos forenses que buscan restituir su identidad a los restos hallados en las cientos de tumbas clandestinas que ha dejado como herencia el conflicto armado interno en Perú. Un asunto complejo que es tratado con logradas sutileza y contención emocionales.

NN - Sin identidad
Antropólogos forenses reconstruyen la memoria de un pasado terrible.

Todos aquellos que fueron deslumbrados con No llores, vuela, de Claudia Llosa, se conmoverán también con esta hermosa cinta de Héctor Gálvez; la cual, pese a sus grandes diferencias con “Aloft”, comparte una característica central: la vivencia el dolor a lo largo del tiempo. No el dolor causado por tal o cual circunstancia en un momento específico, sino el dolor empozado en el alma (ese del que hablan los poemas de Vallejo), un dolor de larga duración. Su gran diferencia es que “NN” carece de la intensidad controlada de “Aloft”; estamos ante una puesta en escena desnuda, que muestra el alma y el sufrimiento de los personajes con una pureza aún mayor que la cinta de Llosa, gracias –entre otros factores– a su mayor simplicidad formal.

Asimismo, comparte con el filme guatemalteco Ixcanul una puesta en escena donde todos sus componentes están dosificados con una exactitud milagrosa, guardando un balance casi perfecto, donde no falta ni sobra nada, y con un tempo lo suficientemente reposado como para que vaya emergiendo del presente cotidiano la memoria de un pasado vivo, representado por unos huesos y ropas impregnados de polvo y tiempo.

La razón de ser de los antropólogos forenses es traer al presente, no testimonios del pasado, sino a las propias víctimas para identificarlas y entregarlas a sus familiares. No son únicamente los simples restos, sino lo que ellos nos revelan a través del análisis técnico forense, con sus breves anotaciones sobre huesos quebrados y cráneos perforados. Una labor diaria realizada por décadas, que por su propia naturaleza termina por extenderse fuera del horario de oficina, hasta permanecer en las mentes y hasta en los sueños de los personajes. Todo esto insinuado en frases o detalles durante un trabajo difícilmente rutinario y sicológicamente estresante.

La película se centra en el caso de una mujer –Graciela (Antonieta Pari)– que reconoce la ropa de su esposo, que acompañaba unos restos sobrantes de una exhumación realizada por el equipo forense liderado por Fidel (Paul Vega), el protagonista principal. El filme narra las vicisitudes de la indagación forense, narrada en paralelo –de un lado– con la mostración de la actividad cotidiana del equipo médico (en Lima y en el campo) y –de otro– con los trámites judiciales sobre este y otros casos; lo que concluye con un desenlace inesperado.

La historia es clara, lineal –no circular, como en “Ixcanul”–, tiene su inicio, desarrollo y final. Pero esto no es lo más importante. Lo extraordinario en esta película es el tratamiento que el director le da a este guion. Para empezar, una de sus grandes virtudes es cómo hace avanzar la narración con diálogos mínimos y básicos; y la enriquece con gestos y pequeños episodios íntimos que delatan la soledad de Fidel, sus frustraciones personales y profesionales, y las de sus compañeros; acentuados por los efectos de su trasiego constante con la muerte simbolizada inequívocamente por los huesos que limpian y pulen a diario.

NN - Sin identidad
“NN” pertenece a ese tipo de cine donde lo no dicho es más significativo que lo afirmado en los diálogos.

Esto descoloca al espectador habituado a que le den todo “masticado”, es decir, explícitamente enunciado y desarrollado. En este filme, los diálogos escuetos introducen, explican o complementan los (subsiguientes) gestos, las rutinas, los silencios, la música, las pequeñas situaciones que dejan (y en las que vemos) a los personajes pensando, cabizbajos, a menudo turbados. Y todos estos detalles puramente audiovisuales dan un nuevo sentido a las palabras, las profundizan o constituyen un contrapunto a lo enunciado. Esta interacción apunta directamente a nuestro corazón, a reflexionar sobre nuestros sentimientos, a aprender nuevas (o recuperar pasadas) sensibilidades en torno al duelo. “NN” pertenece a ese tipo de cine donde lo no dicho es más significativo que lo afirmado en los diálogos o incuso –a veces– lo mostrado explícitamente.

En el caso de Graciela, que ya va por el segundo o tercer fallido reconocimiento de huesos, el dolor es exhibido con una sobriedad difícil de definir. Luego de décadas de vivir la ausencia del esposo y la correspondiente carencia emocional, intuimos que las lágrimas ya se han secado, que no hay espacio para la sensiblería, apenas para algo de ansiedad y la esperada resignación. Su expresión oscila muy sutilmente entre la muerte en vida y una resiliencia casi inercial. Debajo de ello, la expresión de sus labios, las marcadas arrugas de su cara, aluden a un dolor antiguo. En ese sentido, la actuación de Antonieta Pari es notable, su rostro expresa décadas de duelo irresuelto, de una buena parte de su vida irremisiblemente perdida.

En el caso de Fidel, su mejor esfuerzo, su mayor logro, el éxito profesional, consiste en cerrar ese duelo, en reconocer y reconfirmar el derecho a un nombre e identidad, a devolver la certeza a unos familiares que la han buscado por décadas. Todo lo cual –pese al consuelo que supone– es doloroso. El triunfo sobre una muerte anónima es actualizar todo nuevamente –con el sufrimiento que ello implica– para que el cierre de la narrativa de una vida sea completa y tenga un sentido, así sea solo para los deudos. Para estos profesionales, se trata de una labor poco reconfortante, con escaso apoyo del Estado, ignorada e invisibilizada, al igual que las víctimas y sus familiares. Paul Vega lo interpreta mediante un talante sombrío.

Ahora bien, la mayor parte de esto nunca es enunciado ni dicho explícitamente en la película. Los protagonistas se contienen casi permanentemente, especialmente Fidel y Graciela, y se limitan a decir lo mínimo, porque la procesión va por dentro. En la superficie –lo explícito–, el director reproduce la cotidianeidad, los momentos duros pero también las pequeñas celebraciones, las bromas a costa del esqueleto que a modo de maniquí utilizan los médicos para su trabajo, los momentos de relax, para compensar este dolor en el que la película está inmersa.

NN - Sin identidad
La música compuesta por Pauchi Sasaki reproduce en el plano sonoro la forma que asume el nexo entre los hechos
y su repercusión en el guion.

Apenas hay un momento en el que el equipo discute con cierta exaltación sobre lo que supone para los deudos el encontrar o no el cadáver del desaparecido, pero los argumentos llegan solo a su enunciación, no a un debate propiamente dicho, quizás porque no hay una respuesta o porque la respuesta no es grata (esta escena anticiparía en cierta forma el desenlace). En esta línea, el director no menciona los hechos externos, anteriores o posteriores a lo ocurrido. Más aun, se evita cualquier imagen cruda sobre el pasado o el presente. Ni siquiera se muestra el desentierro de los restos, salvo en unas pocas tomas muy abiertas, lejanas.

Lo único que se ve son los huesos y las ropas, todos perfectamente ordenados, en ambientes modestos aunque pulcros. Y ya que mencionamos la ambientación, esta también se caracteriza por la sobriedad de los interiores –generalmente compuestos por locaciones cerradas, con tendencia a una iluminación en penumbra, con cierto predominio de escenas nocturnas–, mientras que las locaciones en exteriores favorecen ocasionalmente los paisajes abiertos, andinos, como contrapeso a las locaciones (y planos) cerrados.

Todos estos elementos buscan trasladarnos de los hechos externos (no mencionados o apenas sugeridos) hacia los efectos internos de los personajes –sus emociones, su alma– y siempre de esa manera puntual (gestos, detalles, etc.). Para ello Gálvez recurre al silencio y, entre ambos niveles (lo explícito y lo implícito) a la música; una música –compuesta por Pauchi Sasaki– que reproduce en el plano sonoro la forma que asume el nexo entre los hechos y su repercusión emocional.

Hacía tiempo que no escuchaba una partitura musical tan buena y, sobre todo, tan bien usada como en esta película. Por momentos casi minimalista, puntea (comenta, especula, sugiere…) lo que ocurre en esos momentos de silencio; y también llega a desarrollarse plenamente, ilustrando cómo el dolor subyacente emerge de manera lógica, con apropiada suavidad. Pero, en ambos casos, sabe cuándo detenerse; exactamente como ocurre en el desarrollo de la acción, entre lo hablado y el silencio, conectando ambos niveles de sentido en un solo continuum cinematográfico. Magistral.

Como hemos dicho, estamos ante una puesta en escena desnuda, sencilla, sin mayor aparato formal ni despliegue de efectos o alardes técnicos. No obstante, hay momentos memorables, como por ejemplo, cuando en una locación andina juegan fulbito en el patio de una escuela los antropólogos forenses y alumnos de la zona. La cámara los enfoca desde dentro del local, donde están los huesos ordenados en mesas, y nos acercamos a ellos por un zoom in hacia una ventana con el vidrio sucio, y la escena, algo borrosa, queda finalmente en foco. Aquí advertimos que los que juegan no son los únicos personajes, hay otros, los que habitan simbólicamente el osario temporal adjunto, y que se asoman –con nosotros– hacia esa escena aparentemente lúdica. Comprendemos, entonces, que esta es una película de fantasmas, pero de fantasmas bien vivos, que están en la mente y el recuerdo de sus parientes y su comunidad, y que son traídos de vuelta desde la tierra hacia el encuentro con la memoria viva de sus familiares.

NN - Antonieta Pari
Notable actuación de Antonieta Pari.

Otra escena tremenda ocurre hacia el final de la cinta, cuando Fidel –luego de anteriores trámites en la fiscalía– sube a la azotea del edificio de juzgados donde han ido a parar las cajas con los restos de las víctimas, arrumadas y a la intemperie, junto con computadoras y otros objetos desechados. La cámara se pasea junto con Fidel y sentimos con toda su fuerza el peso de la invisibilización y de la discriminación social de las víctimas. Así, la búsqueda del esposo de Graciela –sus lentos avances e incertidumbre– termina de contextualizarse dentro de un marco general de abandono y soledad impuestos por la desidia de la autoridad. Este es otro ejemplo de cómo lo no dicho, lo implícito, aflora por medios puramente visuales. Y así entendemos también las causas que justifican el desenlace.

De otro lado, el tema de la memoria es omnipresente a lo largo de esta obra. Solo se enuncia puntualmente en el diálogo de Fidel con el hijo de Graciela. Este último no parece muy de acuerdo con la insistencia de su madre en hallar los restos de su esposo y le preocupa que por ello su salud se resienta. No obstante, lo importante en este filme (y en otros sobre el mismo tema, como las recientes La última noticia y Magallanes) es que muestran la inviabilidad del olvido que predican algunos, como coartada pragmática para mantener la impunidad de estos crímenes.

En este sentido, aún si no se hubieran hecho esta y otras películas, ni se hubieran publicado novelas, poemas y otras obras de arte y artesanía al respecto, siempre quedará la memoria viva de los familiares de las víctimas. Y los propios restos, que periódicamente aparecen al descubrirse las tumbas y cementerios clandestinos. La memoria no es solo un asunto de museos, sino una vivencia existente en la mente de los familiares y las comunidades afectadas por hechos de violencia injustificada. Un dolor que pervive incluso entre aquellos que quieren olvidarlo (pese a lo cual se mantiene, porque ellos saben que lo quieren olvidar) y que, por lo tanto, es un recuerdo que puede recuperarse. Una memoria que se transmite de generación en generación y que, inclusive, puede ser –y es– reconstruida por los descendientes que no vivieron ni conocieron directamente a las victimas (como se muestra en la notable película La Dama de Oro de Simon Curtis).

En suma, una película sencilla, sugerente, sutil, de emotividad contenida y producción austera, en la cual los sentimientos surgen casi espontáneamente, donde los trámites que constituyen la principal línea argumental respetan la inevitable rutina burocrática, y las demoras correspondientes dan pie al afloramiento de la vivencia de un duelo casi perpetuo para familiares y antropólogo forenses. Héctor Gálvez ha creado una obra maravillosa apelando a la simplicidad, a un tempo lento (pero no moroso) y logrando una pureza de sentido que emparenta al cine con la poesía.

MINIATURANN – Sin identidad
Perú, 2015, 94 min.

Dirección: Héctor Gálvez.

Interpretación: Paul Vega (Fidel), Antonieta Pari (Graciela), Luis Cáceres, Manuel Gold, Gonzalo Molina, Amiel Cayo, Fiorella Díaz, Andrea Pacheco y Stephanie Jacobs. Guion: Héctor Gálvez. Fotografía: Mario Bassino. Música: Pauchi Sasaki. Montaje: Eric Williams.

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1 comentario

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