[Crítica] “Macbeth”: Batallas épicas en la niebla

Macbeth, una de las obras más emblemáticas de William Shakespeare, ha sido adaptada al cine innumerables veces, incluso por directores de culto como Orson Welles, Akira Kurosawa y Roman Polanski. La versión más reciente que podemos ver actualmente en cartelera es dirigida por el australiano Justin Kurzel, quien crea una atmósfera enrarecida en donde la ambición y la locura se confunden en una densa niebla.

[N.E.: En su segunda semana de estreno, la película se mantiene en dos funciones en el Cine Pacífico]

Durante la guerra civil escocesa, Macbeth (Michael Fassbender) lidera las tropas que apoyan al rey Duncan. Tras una sangrienta batalla, tres brujas le indican que él será el nuevo rey. Macbeth le cuenta esta profecía a su esposa Lady Macbeth (Marion Cotillard), quien lo convence de asesinar al rey Duncan.

Sin embargo, ese crimen es solo el inicio de una violenta sucesión de asesinatos cometidos en nombre de la ambición, de la consecución y mantenimiento del poder absoluto. Una vez que Macbeth es nombrado rey, se obsesiona con que nadie le quite el trono, por lo que elimina a cualquier amenaza, real o imaginaria.

Michael Fassbender ofrece una sobresaliente interpretación de Macbeth, al mostrar el progresivo deterioro mental de un hombre embriagado de poder y consumido por la ambición. Su escena más notable es aquella en la que está sentado en el piso de su habitación y, con una sonrisa nerviosa, divaga sobre los escorpiones de los que está llena su mente.

Por su parte, Marion Cotillard compone un personaje fascinante, como la esposa manipuladora y determinada, que luego se enfrenta a una opresiva culpa al ver las consecuencias fatales de sus actos. Lady Macbeth se empecina con lavar las dagas asesinas, para que el agua borre su crimen.

Junto con las actuaciones de los dos protagonistas, lo más destacado de Macbeth es la estilización de las escenas de batalla, filmadas con una precisión coreográfica. Destacan muchas imágenes de un gran poder evocativo, como aquella niebla roja que cubre a los soldados que van desangrándose a medida que alguna espada los atraviesa.

Lamentablemente, aunque el guion intenta ser fiel al texto original, el lenguaje es tan enrevesado que puede llegar a resultar un elemento distractor. Sin duda es un texto potente, pero entre tanta riqueza, incluso hasta un espectador atento y paciente se puede extraviar en el intento de descifrar ciertas frases intrincadas.

Esta versión de Macbeth no pasará a la historia como la adaptación más memorable, pero tiene suficientes aciertos que justifican su existencia. Con una fotografía elegante y estilizada, esta película se concentra en los límites siniestros de la ambición y cierra con una conclusión implacable: cada acto de venganza contribuye a movilizar una espiral de violencia sin fin, en la que la sangre derramada justifica la siguiente batalla.

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