[Crítica] “Carol”: Para amar no hay que pedir permiso

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“Carol” de Todd Haynes es una adaptación de la conocida novela “Carol, el Precio de la Sal”, de la escritora estadounidense Patricia Highsmith. A pesar de ser bastante fiel a su material de origen, la película cuenta con todos los elementos que han caracterizado el cine de un director que, desde sus inicios, ha desarrollado un sofisticado estilo para narrar historias. Haynes enriquece los mejores puntos de la novela para retratar un romance intenso, honesto y lleno de vida. Protagonizada por Rooney Mara y Cate Blanchett en las mejores de sus formas, “Carol” marca un precedente en la filmografía de Haynes, quien con producciones como “Mildred Pierce” y “Far from Heaven” ya ha demostrado que tiene lo suficiente para ganarse un lugar en la industria.

Precisamente las dos obras mencionadas influyen mucho en el desarrollo de “Carol”, cinta que es capaz de canalizar temas complejos para hacerlos sentir bastante personales, algo ya intentado por muchos pero difícilmente conseguido. La historia, situada en los años cincuenta, nos presenta a una joven aspirante a fotógrafa llamada Therese Belivet (Mara), quien trabaja en uno de los grandes almacenes de Nueva York, lugar donde conoce a Carol Aird (Blanchett), una mujer adinerada y algo mayor que ella, con quien rápidamente siente una conexión. Una serie de eventos conduce a diferentes encuentros entre ambas, y juntas descubren el nacimiento de su amor, mientras Carol lucha por separarse de su dominante esposo (Kyle Chandler) y Therese intenta marcar distancia de Richard (Jake Lacy), su joven enamorado.

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A pesar de tener todos los recursos para caer en el sensacionalismo, Haynes no lo hace nunca. La historia le hace frente a la opresión discriminatoria de la época retratada (y de la actual) de forma elegante, permitiéndonos conocer paso por paso la conexión entre las dos mujeres, el nacimiento de sus sentimientos y la aceptación de sus identidades, para concluir con el viaje en carretera que marca el punto medio de la película y el florecimiento de la tensión sexual. Y es que, como mencioné, Haynes no pierde tiempo en escenas sensacionalistas. Nótese que el primer beso de las protagonistas llega recién pasada una hora de película: los detalles físicos y los diálogos íntimos y sofisticados fueron suficientes para ilustrarnos la profundidad de la conexión entre Carol y Therese. Cuando llega el momento de intimidad, Haynes sabe seguir siendo elegante y dota a las escenas de sexo de una tensión dramática, la cual descifra que el objetivo real no es verlas desnudas, sino entender mucho mejor las motivaciones y debilidades de cada una.

Además, gran parte del éxito de la película radica en las geniales actuaciones de las actrices protagonistas, casi perfectas en cada una de las inesperadas situaciones que genera la narración. Cate Blanchett es excelente como Carol, una mujer sombría pero de carácter fuerte, que es capaz de alternar arrebatos de furia con su marido y dulces declaraciones de amor con su nueva compañera. La química con Rooney Mara hace funcionar la propuesta. Mara no tiene escenas tan intensas como Blanchett, pero maneja con destreza su papel, sin agregarle pistas de exageración. A diferencia de Cate, Rooney basa su personaje en las dimensiones físicas y en su interpretación de los sentimientos, siendo sus fijas miradas el principal arma de comunicación; miradas que, como dice Carol, la hacen parecer “arrojada fuera del espacio”. Y es que, a diferencia de los que nos quiere hacer creer la Academia, Therese es la verdadera protagonista de la historia, la encargada de marca la pauta de lo que sucederá con ella y con Carol. Por eso resulta injusto que Rooney Mara sea tomada en cuenta por debajo de la figura de Cate Blanchett. Haynes no lo hace y aprovecha todas las escenas para sacar lo mejor de ambas actrices.

carol-picture02Y es que Haynes sabe lo que le conviene y, por eso, mantiene la atención en el dúo protagonista y en su momento actual, sin dejar que los demonios del pasado influyan demasiado en la narración. Aún así nos presenta las suficientes pistas para entender en forma más amplia el conjunto de luchas que ambas mujeres deben y debieron superar para poder seguir adelante, y volverse completamente dueñas de sus decisiones. En ese sentido, dos personajes ganan gran peso en la historia y, para suerte de la audiencia, son perfectamente interpretados. Por un lado está Abby (Sarah Paulson), amiga de la infancia y ex-amante de Carol, quien representa el pasado desgastado de la protagonista. Por el otro está Harge Aird, esposo de Carol, interpretado magistralmente por el ya mencionado Kyle Chandler (curiosamente excluido de posibles reconocimientos por su actuación). Harge intenta quedarse con la custodia de su hija al percibir los sentimientos de su esposa por Therese, cuestionando sus aptitudes como madre. Él representa todo eso que Carol, Therese y la película desean desterrar, el lastre de la intolerancia y el egoísmo, pues resulta claro a Harge lo que más le duele es sentirse reemplazado por una mujer que ‘salvaguardar’ el bienestar de su hija. Y la cinta sabe ponerlo a la palestra y golpear la problemática. Así “Carol” cumple su propósito de presentarnos una historia universal y transgresora. Su mensaje es más que obvio: para amar no hay que pedir permiso.

Algunos podrían sentir a “Carol” algo pausada, e incluso lenta. Sin embargo, es un recurso bastante válido para lo que Haynes y la guionista Phyllis Nagy intentan mostrar: un romance inestable y complicado, pero sincero y honesto. Nagy aprovecha lo mejor de la novela que inspiró la película y presenta un guion lleno de intercambios inteligentes. Haynes aprovecha eso para dotar a su historia de muchos matices, trabajo que no hubiese sido el mismo sin el talento de Edward Lachman, el director de fotografía, quien logra intercalar colores oscuros con cálidos para crear una sensación muy creíble de romanticismo. La cereza del pastel es la maravillosa musicalización de Carter Burwell, quien tiene su mejor momento exactamente en el clímax de la película, donde él se las arregla para convertir la música en la base emocional de la historia, incluso en los momentos en los que los personajes deciden callar. “Carol” es un conjunto perfectamente equilibrado de verdadero talento. Y son detalles que hay que agradecer de pie.

“Carol” es una película imprescindible. No sólo porque consolida los puntos más fuertes de un director al que hay seguir siempre, sino también porque retrata una época pasada haciendo paralelismos con la actual, y porque es una clara muestra de cómo se pueden descubrir los códigos ocultos que rigen el comportamiento humano a través de miradas y frases con gran sentimiento. “Carol” no es perfecta, puede resultar complicada y por qué no, también algo enredada en sus circunstancias particulares y en su misión de hacer universal su mensaje, pero está hecha con tanta pasión que logra superar sus defectos y ser una historia que irradia fuerza y determinación. Es por eso que resulta bastante injusto que la Academia la haya dejado fuera de la categoría de Mejor Película, cuando cuenta con muchos más recursos que varias películas nominadas. Sin embargo, estoy seguro que “Carol” logrará trascender mucho más que la cinta coronada este año. No es bueno hacer comparaciones así porque sí, pero más de uno recuerda que “Brokeback Mountain” también fue ignorada por una Academia que prefirió premiar a una película tan olvidable como “Crash”, cuyo triunfo es considerado injusto hasta por su propio director. Así queda claro que la trascendencia es el mejor de los premios.

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1 comentario

  1. María dice:

    Muy de acuerdo en toda la crítica. Carol será estudiada en las Escuelas de Cine, y es cine clásico y contemporáneo al mismo tiempo. Una auténtica joya del cine.
    Saludos

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