[Crítica] “Okja”, un bello ejercicio de reflexión y entretenimiento

La llegada del segundo milenio trajo el viento más fresco de oriente, el nuevo cine coreano comenzó a brillar de la mano de directores como Chan-wook Park, Hong Sang-soo y, claro, Bong Joon-ho.

Este último es el mejor ejemplo de que no hay que temerle a los géneros clásicos como medios expresivos de alto valor. Si bien la gran “Memories of Murder” (2003) muestra un método más íntimo, es con películas como The Host (2006) que Joon-ho demuestra su solvencia narrativa y disuelve la endeble división entre “cine arte” y “cine comercial”. Las historias se cuentan con sello autoral y para un público masivo.

Antes de llegar a Netflix, el cineasta coreano había pasado por la experiencia de un film en habla inglesa y con actores de occidente: “Snowpiercer” (2013). De aquel cast rescató para su siguiente película a Tilda Swinton y se enrumbó en un nuevo relato, una nueva oportunidad para demostrar ese equilibrio magistral que maneja entre la marca de auteur y las fórmulas de género.

Es Okja, la película producida por Netflix que pasó por el Festival de Cannes de este año y despertó polémicas, dado su legítimo desinterés por estrenarse en cines de Francia antes de llegar a nuestras pantallas personales via streaming. Durante la proyección en Cannes, al aparecer el logo de Netflix en la pantalla gigante, la sala se dividió entre abucheos y aplausos. Sin embargo, la aceptación de la cinta (lo que más nos importa aquí) fue casi un consenso.

“Okja” es un cuento fantástico y de aventuras, pero también una declaración de principios morales y una confrontación del espacio social y sus injusticias.

En la primera secuencia se nos presenta el universo del filme. La directora de una megacorporación, Lucy Mirando (Tilda Swinton), inaugura una suerte de concurso, en el cual se repartirá una raza de supercerdos creados por su empresa, en 24 lugares del mundo, para premiar al ganador luego de diez años. Toda esta farsa es solo un intento por venderse como una carismática empresaria y de lavarse de los pecados cometidos por su padre, un magnate del mercado de la carne, además de un vil explotador. La secuencia recuerda un poco el ánimo del “Charlie y la fábrica de chocolate” de Tim Burton, pero se desmarca rápida y sabiamente de esta película, al exponer el lado malicioso del mundo neoliberal.

Transcurridos los diez años, somos testigos del vínculo más puro que propone la película, uno de los cerdos creció en Corea del Sur, criado por Mija (Ahn Seo-hyun) y su abuelo Heebong (Byun Hee-bong, el cálido anciano de “The Host” que aquí hace un poco lo contrario). Este supercerdo lleva por nombre Okja, y Mija lo considera parte de su familia. La llegada a la aldea coreana de los emisarios de la corporación Mirando marca el punto de quiebre del film y es ahí cuando nos enrumbamos hacia la aventura y la acción.

La película nos remite a la fuerza interna que caracteriza a los personajes femeninos del maestro japonés Hayao Miyazaki. Mija es una suerte de extensión de Chihiro de la maravillosa “El viaje de Chihiro” (2001), hasta diría que es una reencarnación. La infancia para Bong Joon-ho no es únicamente pura e inocente, también destila energía, valor y carácter. La construcción del personaje de Mija cubre una serie de matices: la vemos jugar tiernamente con Okja debajo de un manantial, pero también podemos observar su férrea convicción en cada uno de los viajes que emprende para lograr su cometido, una misión que pone por encima de las ambiciones materiales a aquellos vínculos que nos resultan esenciales.

Luego de algunas escenas, es claro que la pequeña actriz coreana, Ahn Seo-hyun, está a la altura de los experimentados actores que la rodean.

Tilda Swinton (Lucy y Lily Mirando) y Giancarlo Esposito (Frank Dawson, miembro de la compañía Mirando) se guían con elegancia y conforman una dupla tensa. Mientras Dawson encuentra en Lily a su complemento malévolo, aborrece la lentitud e ingenuidad de Lucy.

Por su parte, Jake Gyllenhall recurre a la megalomanía para desarrollar a su personaje, una farsa que intenta emular el excentricismo de Peter Sellers como Dr. Strangelove (dándole a este último un lugar mucho más elevado en la comparación, claro está). Su sobreactuación, planificada, insoportable y entrenada, fuerza los límites del hartazgo y construye un efecto de incomodidad con cada una de sus apariciones. Se trata de una buena performance.

Pero el actor estadounidense que realmente brilla es Paul Dano, actor de alto desempeño. Encarna los valores libertarios sin perder nunca su elegancia dandy. Esboza humanidad con cada aparición y trabaja sus diálogos de manera muy sobria.

Todo el relato está dirigido impecablemente, a un ritmo marcado por las secuencias de acción que conforman lo más entretenido de su repertorio. La aparición del “Frente de Liberación Animal” es hilarante y emociona como solo pueden hacerlo los buenos blockbusters. Y como si no fuera suficiente, Joon-ho añade momentos de poesía al film. Ahí quedan para el recuerdo los instantes de cámara lenta en los que las sombrillas se abren para proteger a Okja, los pétalos de cerezo que caen sobre el camión a punto de ser secuestrado o el lóbrego vía crucis que atraviesan nuestros personajes en los campos de explotación animal.

“Okja” es así un reto teórico, la posibilidad de la ética como reflexión masiva, popular, a la vez que un ejercicio de entretenimiento.

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