Presentación del libro “Las miradas múltiples. El cine regional peruano”

Este es el texto leído por Emilio Bustamante, coautor junto a Jaime Luna Victoria, del libro “Las miradas múltiples. El cine regional peruano”, en su presentación en la 22ª Feria Internacional del Libro de Lima.
[N.E.: Los énfasis y enlaces son nuestros].

“Las miradas múltiples. El cine regional peruano”
Presentación. FIL, 26 de julio de 2017

Buenas noches. Agradezco al público su presencia, a los comentaristas, a las personas que han contribuido a este trabajo y que se encuentran mencionadas en el libro. Quiero agradecer especialmente a Teresa Quiroz, directora del Instituto de Investigación Científica de la Universidad de Lima, sin cuyo respaldo este libro no hubiera sido posible. También al Fondo Editorial de la Universidad de Lima y a su director, Giancarlo Carbone, por la pulcritud y la puntualidad de la edición.

Llamamos “cine regional” al producido en los últimos veinte años por empresas y cineastas que residen en las regiones del país, con excepción de Lima Metropolitana. Con el nombre de “cine regional” identificamos a una actividad cinematográfica continua que se inició en 1996, que comprende a un centenar de realizadores, que abarca a la mayoría de las regiones del Perú, y que ha modificado sustancialmente el panorama del cine peruano que ya no es más el producido únicamente en Lima.

De izq. a der.: Manuel Eyzaguirre, Luz Guarniz, Emilio Bustamante, Jaime Luna Victoria y Flaviano Quispe.

Como uno de los principales objetivos de la investigación nos planteamos, precisamente, visibilizar este movimiento cinematográfico que consideramos el más importante que ha tenido lugar en el Perú en las últimas décadas, pero que aún es desconocido o menospreciado en la capital y fuera del país.

Lo consideramos importante en cuanto a magnitud: en estos veinte años se han realizado alrededor de 200 largometrajes regionales, fuera de cortos y mediometrajes. Si contamos solo las películas de más de 75 minutos, a las que la ley peruana considera largometrajes, ha habido más largometrajes regionales que limeños, estrenados comercialmente entre 1996 y 2015 (146 frente a 135), y durante varios años (de 2006 a 2013) la producción comercial regional fue superior a la producción comercial limeña. La producción comercial limeña ha aumentado en los últimos años a partir del fenómeno de “¡Asu Mare!”, pero la producción regional no ha disminuido sino que también se ha incrementado. No obstante, solo un 12% de la producción comercial regional ha llegado a las multisalas del país, la mayoría se ha movido en circuitos alternativos.

Consideramos al cine regional importante también en cuanto a contenido y estética, pues ha permitido que se representen en el cine peruano personajes, paisajes, culturas, que antes se hallaban ausentes en las películas nacionales, así como nuevos puntos de vista sobre acontecimientos, escenarios, y tópicos que ya habían sido representados por cineastas limeños y extranjeros. Se han multiplicado, pues, las miradas y las lenguas; tenemos hoy un cine más variado y complejo, más acorde con nuestra realidad de país diverso y multicultural.

Si contamos solo las películas de más de 75 minutos, a las que la ley peruana considera largometrajes, ha habido más largometrajes regionales que limeños, estrenados comercialmente entre 1996 y 2015 (146 frente a 135).

Tenemos también nuevos monstruos que se han incorporado a la historia del cine de terror. Jarjachas, pishtacos, kharisiris y condenados han pasado del cuento oral andino al cine en películas que combinan estructuras de la narrativa oral con las convenciones del cine de género hollywoodense, como ha ocurrido en filmes de Ayacucho, Junín, Puno y Cajamarca. Asimismo, las convenciones del melodrama han servido para representar problemas urgentes de las regiones, como ocurre en Juliaca, con filmes que aluden a la minería ilegal, el maltrato infantil y la salud mental.

En Arequipa, Cusco, Lambayeque y La Libertad son varios los cineastas que abordan temas tradicionales o modernos con lenguajes provenientes del videoarte, el cine experimental o el documental de autor, preguntándose, expresa o tácitamente, sobre la identidad individual, regional y nacional.

Los comentaristas que nos honran aquí con su presencia representan de algún modo la variedad y riqueza de este cine. Manuel Eyzaguirre hace películas de autor con un estilo minimalista y a la vez –paradójicamente- cálido que evoca los paisajes de la costa norte; Luz Isabel Guarniz produce y realiza documentales que valoran las tradiciones culturales de Cajamarca y expresan preocupaciones sociales respecto a la conservación del medio ambiente amenazado por ciertas políticas extractivistas; Flaviano Quispe, uno de los fundadores del movimiento de cine regional, dirige dramas y melodramas intensos sobre lo que es vivir y crecer en los Andes desde un punto de vista del nosotros, distinto al tradicional punto de vista indigenista que observaba al campesino como el otro al que era necesario integrar a la nación.

Este cine variado, sin embargo, requiere apoyo institucional para su distribución y exhibición a nivel nacional, así como para su desarrollo y crecimiento. Ha quedado en evidencia, y lo señalamos en el libro, que los concursos convocados por el Ministerio de Cultura no son suficientes. En el libro hacemos, también, algunas sugerencias de cómo el Estado podría apoyar más eficazmente a este cine peruano llamado regional. No voy a abundar en ellas; pero ahora que se está volviendo a plantear la posibilidad de una nueva ley de cine, con la existencia de un anteproyecto presentado hace algunos meses por la DAFO, creo que es necesario reiterar la necesidad de pilares fuertes para sostener un cine peruano múltiple.

Más allá del monto que del fondo de cinematografía debiera corresponder al cine de las regiones, y que este debería destinarse a las productoras y cineastas que realmente residen y trabajan en las regiones, creo que es sustancial el debate en torno a la educación cinematográfica, la cinemateca y la cuota de pantalla.

La educación cinematográfica debería comprender la capacitación de quienes hacen y desean hacer cine en nuestro país (reclamo común de los cineastas entrevistados para este libro), lo que demandaría la creación de una Escuela Pública Superior de Cine orientada a la instrucción y especialización de cineastas, y que debería ser descentralizada. La cinemateca, por su parte, tendría que ser entendida no solo como archivo audiovisual que permita conservar nuestra memoria fílmica y fomentar investigaciones académicas, sino como ente vivo que contribuya con salas propias de exhibición a la formación de los cineastas y del público en general.

Respecto a la cuota de pantalla, lo que se debe procurar mediante ella es que las producciones regionales puedan ser exhibidas –por lo menos- en los multicines de su propia localidad. En contra de la cuota de pantalla se ha argumentado que no hay suficiente producción nacional para establecerla; sin embargo, la producción ha aumentado en los últimos años y se prevé que seguirá aumentando con o sin nueva ley de cine (con ley de cine se incrementará aún más, obviamente). Lo que falta son canales de exhibición. Es de entender que si el Estado considera al cine una actividad cultural o una industria creativa de primera importancia para la cultura y educación de los ciudadanos (y no un mero negocio del entretenimiento), los emprendimientos privados dedicados a la difusión masiva del cine deberían obtener autorizaciones de funcionamiento de parte del Estado bajo ciertas condiciones acordes con esa consideración.

El tiempo es breve y debo terminar. Esperamos, con la publicación de este libro, contribuir al conocimiento del cine regional y abrir un debate en torno a sus valores y necesidades. Gracias.

Extra: El libro de dos tomos, editado por el Fondo Editorial de la Universidad de Lima, está a la venta en la FIL 2017, en el stand 150, a un precio de 60 soles.

(Foto: César Alberto Venero)

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