Festival de Lima 2017: “La defensa del dragón” (Colombia)

“La defensa del dragón”, de la novel Natalia Santa, es una drama con toques de comedia interesado en observar a sus protagonistas, en mostrar detalladamente sus rutinas y sus preocupaciones anticuadas; y no tanto en desarrollar una narrativa tradicional. Si bien su protagonista, Samuel (Gonzalo Sagarmínaga) atraviesa por una suerte de arco de personaje, este es tratado de manera tan ligera, tan superficial, que uno podría ni notarlo. “La defensa del dragón” es una cinta amable, sencilla, que se contenta con dejarnos observar un pedazo de la vida de sus protagonistas, y poco más.

Samuel es un genio del ajedrez, pero parece estar contento con vivir una vida simple: pasa buena parte de su tiempo en el Club Lasker, jugando o tomando con sus amigos, el obsesivo relojero Joaquín (Hernán Mendez), y Marcos (Manuel Navarro), un homeópata español adicto al juego que parece creer más en el esoterismo y la suerte que en el estudio de la salud mental. Además, Samuel también le da clases de matemáticas a un chico, y parece estar desarrollando sentimientos por la mamá de este (Maia Landaburu). El filme nos muestra a un Samuel incapaz de tomar decisiones, de arriesgarse o de cambiar su vida (por algo su mujer lo dejó, y tiene ahora que visitar a su hija de cuando en cuando), pero que poco a poco, esperamos, se animará a hacer algo diferente.

Los tres protagonistas de “La defensa del dragón” son hombres atrapados en el pasado, dependientes de lo antiguo. Samuel es un hombre inteligentísimo, pero que se contenta con una mediocre existencia, obsesionado con las grandes partidas de ajedrez del pasado. Joaquín es un romántico, siempre escuchando tangos que le recuerdan a su fallecida esposa y tratando de mantener una relojería que no cree en los aparatos digitales; “nada que esté hecho en China puede ser de alta calidad”, manifiesta en determinado momento. Y a Marcos solo le importa el juego; busca excusas para pasar cada vez más tiempo en el casino, ya sea solo o con sus amigos.

Curiosamente, estas caracterizaciones no convierten a “La defensa del dragón” en un ejercicio de nostalgia. Esto se puede deber a que los tres personajes son presentados, de una u otra forma, como perdedores; gente atrapada en un pasado que nunca más volverá, y que deberían tratar de mirar hacia el futuro para seguir adelante con sus vidas. Tienen que aceptar el cambio, y dejar de ir al mismo bar, al mismo club o al mismo casino que hace veinte o treinta años. Esto se refleja también en la elección de locaciones: edificios en Bogotá que nos remiten a los años 70, posiblemente la misma década en la que se quedaron mentalmente nuestros protagonistas.

De hecho, tanto Samuel como Marcos y Joaquín están tan preocupados por el juego, las matemáticas, el trago y los amigos, que han sido abandonados por sus respectivas mujeres, casi sin que se den cuenta. Samuel es divorciado, y a pesar de que dos mujeres (una de ellas menor de edad, dicho sea de paso) se le lanzan encima durante la película, parece ni querer hacerles caso —este es el aspecto menos creíble de la historia; Gonzalo Sagarmínaga no es un galán, precisamente, y la caracterización desaliñada del personaje no lo ayudan. Joaquín vive solo en su relojería recordando a la mujer que se fue; y luego de una serie de eventos no muy afortunados, Marcos es abandonado por su novia.

Como casi todo aspecto de sus vidas, el romance no funciona en estos hombres; tienen el potencial y se les presentan oportunidades, pero parecen no querer tomarlas. ¿De repente les gusta sufrir, les gusta estar solos, ensimismados en el juego? Me gustaría pensar que el desenlace de la cinta cambia un poco de esto.

Tanto el trabajo de dirección de Natalia Santa, como las actuaciones de los tres actores principales, hacen del espectador un observador más; desgraciadamente, la elección de planos estáticos, muchas veces laterales, y de una colorización fría, no le permiten meterse en la historia ni identificarse con los personajes. Tanto Méndez como Narravo y, especialmente, Sagarmínaga son muy correctos, pero siempre mantienen una distancia con todo el mundo, incluyendo al público. Sus necedades y su aferración al pasado los convierten en personajes intrigantes, pero no particularmente cálidos.

“La defensa del dragón” funciona gracias a los toques más cómicos —muchas líneas de diálogo resultan divertidas por la sequedad en que son dichas—, a cierta tensión sexual entre Samuel y un par de personajes femeninos; y en especial a la manera en que el ajedrez, juego de estrategia y pensamiento muy concreto, es presentado, especialmente cuando Samuel y compañía tienen que jugarlo en partidas contra el reloj. Sin embargo, me hubiese gustado ver personajes más cálidos, más humanos, y una historia que se atreva a demostrar algo más que la dependencia al pasado y la rutina repetitiva de una vida mediocre. “La defensa del dragón” es una cinta correcta, que no carece de cierto atractivo visual e intelectual, pero dudo que vaya a ser de lo mejor que vaya a ver en este Festival de Cine de Lima.

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