Anotaciones de Josué Méndez


Las dos mejores películas del 2006, por Josué Méndez

Volver

El niño y Volver son mis películas favoritas del año 2006 dentro de los estrenos comerciales. Publicar una lista de sólo dos películas podrá parecer burla, o pretensión, pero había que tomar una decisión. Escoger diez películas me parecía insuficiente por el lado más generoso, y exagerado por el lado más riguroso.

Si me pongo a contar las películas que me gustaron, probablemente pasen las veinte, y estoy de acuerdo con casi todas las películas que los compañeros en Cinencuentro han elegido. Sin embargo, en estricto rigor, me parece que El niño y Volver son experiencias fílmicas que se mueven a otro nivel. Simplemente, son otra cosa. Los hnos. Dardenne y el gran Pedro A. hacen lo que quieren, como quieren, donde quieren, cuando quieren, sin caer nunca en el ejercicio por el ejercicio, ni en el mensaje moralizador, uniendo a la perfección forma y fondo, entreteniendo, así como haciendo pensar, sentir y soñar en el camino.

Al mismo tiempo, gracias y a pesar de esta maestría, son obras que van más allá del mensaje, más allá de la forma, más allá de la técnica. Son trascendentales y las únicas dos películas del año que, cuando fui a verlas, me cambiaron el día, y ya no pude hacer lo que tenía que hacer en mi vida de común mortal, simplemente porque me cagaron, me afectaron, me cambiaron. ¿Para qué más?

Familia rodante (2004)

Dir. Pablo Trapero | 103 min. | Argentina

Intérpretes:
Liliana Capurro (Marta)
Graciana Chironi (Emilia)
Ruth Dobel (Claudia)
Federico Esquerro (Claudio)
Bernardo Forteza (Oscar)
Laura Glave (Paola)

Todo lo comprendí muchos meses después de verla, y en el lugar menos imaginado. Estábamos en Eslovenia, invitados para un Festival y unos conversatorios: Ana Poliak, Lisandro Alonso, Pablo Trapero y yo. Por supuesto, yo era una especie de mascota, una especie de apéndice al Nuevo Cine Argentino, que era lo que realmente estaba siendo presentado ahí. Y Trapero era la estrella, el líder del grupo. Ana y Lisandro se limitaban a decir una o dos palabras por respuesta, y yo me limitaba a decir “estoy de acuerdo con todo lo que dice Pablo”. Entre ellos había una relación más allá de lo amical, Ana Poliak (que si Caetano y Trapero son considerados los pioneros del Nuevo Cine Argentino, ella debería ser considerada la madrina), había sido la jefa de prácticas de Trapero en la Universidad del Cine y Lisandro Alonso había sido asistente de sonido en Mundo Grúa y El Bonaerense además ha tenido a Trapero como productor de su primera película La Libertad. Por mi parte, era una completa admiración, casi una devoción, por el director de la película que marcó un antes y un después en mi experiencia del cine latinoamericano. Estoy hablando de Mundo Grúa por supuesto.

Acerca de Familia Rodante, bueno, ya la había visto varios meses antes en su estreno en Paris, y la verdad, no tenía muchas ganas de escuchar a Trapero hablar de ella. Me había parecido una película poco interesante, donde no encontraba por ninguna parte a su autor, sus preocupaciones, ni esos geniales estudios de personajes que habían formado su obra anterior. No entendí muy bien qué era lo que Trapero quería comunicar, para qué había hecho la película ni qué era lo que quería decir. Y, por lo menos dentro de mi devoción, una película sin nada que decir no podía ser de Pablo Trapero. Es cierto que por ahí se sentían unos indicios de que lo que la película buscaba transmitir era una cierta sensación hacia la familia: la familia es familia y será familia así los miembros de la misma no se acepten entre ellos. Con una cierta nostalgia, una cierta melancolía. Pero muy débil.

Familia Rodante había tenido un estreno internacional bastante accidentado. Probablemente demasiado accidentado para ser “la nueva película de Pablo Trapero”. Cuando fue presentada al Comité de Selección del Festival de Cannes, se le ofreció la sección paralela Un Certain Regard. Ya habiendo participado en esa sección con El Bonaerense y creyendo merecer estar en la Sección Competitiva (ese año estuvo La Niña Santa en la sección principal) decidieron sacarla e intentar otro festival. El Comité de Selección del Festival de Venecia les ofreció, finalmente, estar en competencia. Sin embargo semanas antes, decidieron ponerla en una sección paralela. Un estreno en sección paralela, en Venecia, definitivamente no le dio a la película el vuelo internacional que esperaba.

El porqué de esta - así como de mi original - decepción, fue lo que finalmente comprendí en Eslovenia durante el conversatorio, cuando Pablo Trapero contó que Familia Rodante había sido el primer guión que escribió en su vida, cuando era muy joven, aún en la universidad, mucho antes de embarcarse en una improvisada película sobre la grúa que veía todos los días frente a su casa. Cuando escribió el guión, también había hecho el tour obligatorio de todo joven-con-guión-bajo-el-brazo. Visitó productoras, mandó a fondos, pero nada, nadie quería producirle su Familia Rodante. Entonces lo archivó y se dedicó a desarrollar nuevos proyectos (ejemplo esto, creo yo, de la vehemencia y humildad de un talentoso) hasta que, muchos años después, ya convertido en estrella internacional y con la posibilidad de levantar fondos a diestra y siniestra, recuperó ese guión y se decidió a filmarlo. Una especie de revancha al destino, al sistema, que no le había dejado hacer esa primera película.

Es increíble cómo escuchar una anécdota así puede cambiar tanto la percepción que uno tenía de una película. En mi caso, no la hizo más interesante como película en sí, por supuesto, pero sí hizo más fascinante el proceso de evolución de un cineasta, el proceso a través del cual un director elige una siguiente obra, un siguiente paso, así no sea necesariamente un paso hacia un riesgo mayor, sino un paso para recuperar algo que se dejó atrás, para asimilarlo, hacerlo suyo y poder seguir avanzando. Para mí, significó que en Familia Rodante ya no tenía por qué encontrar al Trapero que conocía de sus primeras películas, porque el Trapero que concibió esta última no era el Trapero que había hecho las primeras, o en todo caso, había sido un Trapero en formación. Estaba bien (o en todo caso, era perdonable) que no comprendiera muy claramente el por qué de la película. La empecé a ver como una primera película, y como tal, quedaba absuelta de muchas dudas. Probablemente esto sea algo que el circuito internacional no perdone, de ahí su accidentado estreno. Y tal vez también sea sólo de interés para un cinéfilo, o para un devoto de Trapero. Pero es que cualquier película de un director que uno admira, nunca es sólo una película, también es una experiencia de vida, acompañada por muchas cosas más.

Josué Méndez

El cielo gira (2004)

Dir. Merces Álvarez | 115 min. | España

Con la participación de :
Elías Álvarez, Mercedes Álvarez, Peio Azketa, Hicham Chate, Cirilo Fernández, José Fernández , Josefa García, Román García, Silvano García, Valentina García, Alfredo Jimeno, Crispina Lamata, Antonino Martínez, Blanca Martínez, Áurea Mingo, Milagros Monje, Salah Rafia.

Dicen que en la ficción el director es un dios, mientras que en el documental Dios es el director. El cielo gira demuestra que en el cine nada puede ser tan absoluto, y que hasta Dios no es suficiente para tener una película interesante entre manos.

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Vi El cielo gira y conocí a su autora, Mercedes Álvarez (en cuyos créditos destaca el haber tenido a su cargo el montaje de En construcción) este año en enero, en el Festival de Rotterdam, donde su primera película estaba compitiendo en la Sección Oficial. Y después de verla, no le pude quitar los ojos de encima a su autora, preguntándome “cómo esta chica tan tímida y calladita puede haber creado este documental que dice tanto (sin decirlo) y expresa tanto y de manera tan bella y tan simple?”

El cielo gira ganó el premio de Mejor Película en el Festival de Rotterdam, y después el de Mejor Película en el Festival de Paris Cinema du Reel. Hoy es un fenómeno como documental, siendo pasado en festivales a diestra y siniestra y con posibles estrenos en muchas partes del mundo.

Gracias a Dios, en esa oportunidad tuve a Mercedes Álvarez en persona para preguntarle cómo pudo poner en escena un documental que tiene momentos realmente preciosos y donde los personajes se manejan con una naturalidad tan absoluta que uno queda verdaderamente alucinado, personajes que si mal no recuerdo sólo suman 14, pues son sólo 14 los que habitan este pueblo, un pueblo abandonado, inclusive por la cineasta misma, quien fue una de las últimas personas en nacer ahí, para luego emigrar a una gran ciudad.

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Si hubiera sabido que algún día terminaría escribiendo estas líneas, por supuesto que hubiera conseguido una grabadora y me hubiera puesto a grabar una entrevista con Mercedes. Pero siendo invidente del futuro, sólo puedo decir los recuerdos que me quedan de la película y lo contundente del trabajo de Mercedes.

De la película, recuerdo sobre todo una secuencia inicial donde algunos de los personajes están sentados en la plaza, comentando la desafortunada información que el panadero ya no vendrá tan seguido, pues no hay suficientes personas que le compren pan para que le salga a cuenta el viaje, estando en igual situación todos los demás vendedores que aparecen por el pueblo. Recuerdo otra secuencia más, donde se juntan un marroquí y un español, y conversan sobre los orígenes reales de la tierra que pisan.

Y recuerdo entrañablemente las largas secuencias de los dos amigos ancianos que hablan y hablan sobre la vida, sobre recuerdos, sobre las plantas, sobre el clima, etc., etc., etc.

Conversando con Mercedes, me di cuenta de la genialidad del director documentalista, del director que tiene la capacidad de intervenir lo suficiente como para generar una situación, pero también como para no manipularla demasiado y dejar que fluya y “exista” de modo que sea filmablemente real. Es el director-catalizador, el director que se apoya en Dios, pero que ni hablar lo deja todo completamente en sus manos, ¡porque se queda sin documental! Mercedes transmitió estas ideas muy claramente, dejando en claro también que su trabajo consistió precisamente en eso, en manipular, en convocar, en poner todo y a todos en el lugar correcto, para después simplemente dejar las cámaras registrando las situaciones que se van generando.

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Lo único que me costó esfuerzo como espectador de El cielo gira fue la duración del mismo (un poco largo me pareció) y el formato visual, un 3:4 sinceramente feo que no le hace ningún favor visual a la película. Es claro, El cielo gira es siempre una bella película de personajes, pero nunca un punto de vista estético sobre un paraje o una villa.

Josué Méndez

Batalla en el cielo (2005)

Batalla en el cielo

Podría decir que me gustó Batalla en el cielo y pasar juicio con la facilidad que se pasa juicio a la gran mayoría de películas.
También podría decir que no me gustó Batalla en el cielo y juzgarla con igual facilidad.
Pero si hay algo que Batalla en el cielo no te permite, es ahorrar tiempo al momento de analizarla. Cualquier análisis queda incompleto, cualquier crítica te deja con cosas que decir, cualquier comentario viene con cola, y te deja la cola en la lengua.
De la misma manera veo mi percepción de su autor, el mexicano Carlos Reygadas. Podría decir que me parece un pedante, pretencioso y condescendiente “auteur”. Pero podría decir también que es el tipo de mayor talento visual (ojo, visual, no narrativo ni dramático) que he experimentado en el cine latinoamericano de los últimos años.

Batalla en el cielo muestra cosas que yo nunca había visto en una pantalla. No me refiero, por supuesto, a la escena inicial, que mas bien peca de simplista y pone en manifiesto la falta de oficio del realizador. Me refiero al México que muestra y a los mexicanos que presenta. En el último Festival de Cannes, donde la película se mostró en Competencia Oficial, no recuerdo a ningún mexicano que no haya odiado la película. No sólo no les gustó, sino que odiaron la película. ¿Por qué será? No lo sé. Pero cuando yo la vi, me di cuenta que si alguien odia esa película, es porque algo trae, porque hay algo que te afecta de una manera tan directa y cruda, que no puedes permanecer indiferente. Y esa fue mi experiencia. Dentro de las películas en competencia en Cannes este año, Batalla fue la primera que me pegó, que me dio un golpe bajo, que me movió el piso. Después, claro, vinieron otras que la terminaron por opacar, pero igual había sido la única película latinoamericana en competencia y el hecho de que te mueva el piso, creo que es importante.

Batalla en el cielo

Y para mí eso es Batalla: una película importante de ver. Por lo menos para aprender qué es lo que un tipo con talento visual debe hacer para llegar a poner una película en competencia en el Festival de Cannes. Porque Reygadas no es ningún adolescente inocentón que la achuntó. Reygadas es un tipo con estrategia, con mundo, y con muy buenos productores. Tal vez Reygadas pagó derecho de piso con Batalla, teniendo un estreno muy pequeño, más pequeño de lo usual en Cannes (sólo tuvo una proyección, domingo, ¡a las 4 de la tarde!), pero la pura verdad es que ya es mundialmente famoso y que todos los latinoamericanos, nos guste o no, tuvimos a uno más de los nuestros entre los grandes del cine de este año.

Lo que me queda de Batalla en el cielo es la música, los planos casi operáticos, los movimientos de cámara impecables, los ángulos memorables y no pocas tomas que dudo olvidaré por mucho tiempo. Lo que quisiera olvidar, sí, de Batalla, es la torpeza narrativa de Reygadas, su discurso condescendiente hacia su audiencia y su trato casi de explotación hacia sus “actores” (todos no profesionales). Se podría decir que Reygadas es casi un desalmado con sus modelos, los explota, los humilla, no los quiere. Se podría decir, inclusive, que Reygadas no tiene humanidad, comentario que lo escuché a un buen amigo el otro día. ¿Pero todo esto no es acaso algo que podría sonar demasiado familiar por este lado del mundo?

Carlos Reygadas

Entre Batalla en el cielo y Japón, su premiada opera prima, yo me quedo con Japón, por ser, creo yo, una película más lograda. Pero igual ambas películas explotan a sus personajes y muestran escenas chocantes por el puro gusto de chocar y provocar una reacción “al vacío” del espectador, lo cual también disminuye el interés que uno pudiera tener en su autor.
En cuanto a lo puramente económico y casi anecdótico, es interesante saber que el presupuesto de Batalla fue de un millón de dólares, dinero con el que muy difícilmente cuenta un cineasta latinoamericano para hacer una película. Lamentablemente, si vemos la película, no podremos encontrar ese millón por ninguna parte y se vuelve un misterio la razón por la cual necesitaron tantos recursos.

Como anécdota también, queda el hecho de que Batalla fue presentada al comité de selección del Festival de Cannes el año 2004 y fue rechazada para la Competencia Oficial, ofreciéndosele la Sección Un Certain Regard. Los productores decidieron mas bien esperar y volver a presentarla este año, un año mucho más bajo en cuanto a oferta de cine latinoamericano de calidad (no lo digo yo, lo dicen las selecciones en los festivales latinoamericanos de cine) y logró la selección.
Siempre pienso que el día que Reygadas tenga un gran guión entre manos, el cielo será el límite. Sólo esperemos todos los latinoamericanos que su ego y su estrategia no se interpongan en el camino.

Josué Méndez