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Andrés Caicedo, cinéfago empantanado

Andrés CaicedoAndrecito Caicedo es otro de los escritores que se dejó fascinar por el cine (así como a su vez lo hicieran Cabrera Infante y Javier Marías). Hay quienes le reprochan una prosa descuidada y un abuso del lenguaje coloquial en su literatura (“uno se da cuenta queso lestá ocurriendo a uno no lo vastar creyendo porque únicamente lo ha visto en las películas, pero te digo que antes me pegaba un puño donde fuera y soltaba semejante berrido cuando me acordaba della”; fragmento del cuento Los dientes de caperucita); otros, y justamente por la prosa que algunos le reprochaban, además por su visión ensoñadora y juvenil del mundo, como por su atracción por las películas de horror, de vampiros y una marcada seducción por la antropofagia (“Hay varias maneras de comerse a una persona. Empezando porque debe ser diferente comerse a una mujer que a un hombre. Yo he visto comer hombres, pero no mujeres.” Así comienza un cuento suyo titulado Canibalismo) lo consideran como un escritor adelantado para su época, y para su edad; y muy leído en su Colombia natal luego de que se quitara la vida apenas cumplidos sus 25 años. A juzgar por las fechas de sus escritos, parece ser que 1969 fue el año en el que Andrés logró imponerse una disciplina de trabajo, la cual dio como resultado una gran cantidad de cuentos, dos borradores de novelas, algunos guiones para cine, y poemitas varios. Es en ese año cuando escribe siete versiones de Los Dientes de Caperucita, cuento con el que ganaría el segundo premio del Concurso Latinoamericano de la Revista Imagen de Caracas, a los diecinueve años. Luís Ospina (¿será el mismo que acaba de publicar un libro y viene a Trujillo a presentarlo en la Feria del Libro?) y Sandro Romero Rey, amigos de Andrecito, recopilaron y ordenaron sus textos y publicaron los libros de cuentos Destinitos Fatales, Angelitos Empantanados y la novela Noche sin fortuna, que con el correr de los años se convirtió en objeto de culto.

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Tetsuo: un gran descubrimiento

TetsuoHace poco he tenido la oportunidad de prestarle atención al cine asiático, particularmente al japonés y al coreano. Dentro de la búsqueda de películas de esta parte del mundo, he logrado ver filmes de directores de distinto calibre: Takeshi Kitano, Chan-wook Park, los hermanos Pang, Wong Kar-wai, Hayao Miyazaki y Takashi Miike. Pero esta semana, por recomendación de Lucho, he podido ver Tetsuo, el hombre de acero (Tetsuo, 1989) del director japonés Shinya Tsukamoto. Un film violento de principio a fin pero que sin duda es referente de muchos de los filmes alternativos y fantásticos de la nueva generación asiática post 90.

Rodada en blanco y negro, son dos los elementos que me interesaron dentro de la película (Ganadora del premio a mejor película fantástica en el Festival Internacional de Roma 1989). El primero es el juego que el director nos invita a recorrer a partir de un guión llevado a su máxima alucinación: tras un choque automovilístico un hombre empieza a sufrir los estragos de una mutación que lo llevará a convertirse en el malvado hombre de acero. En otro lado de la ciudad, un fanático de los metales –tan fanático que suele introducirse restos de chatarra en su cuerpo– inicia la búsqueda del accidentado que cada vez se parece más a una carretilla de chatarra.

El segundo es el juego de Tsukamoto para introducir dentro de la trama todos los elementos audiovisuales posibles para bombardear visualmente al espectador y mantenerlo dentro del mundo fantástico de la película. En ella nos topamos con una edición de ritmos rápidos, estilos diversos y formatos que cambian constantemente, rompiendo estructuras pero sobre todo atacando los sentidos de manera agresiva.

TetsuoSi para muchos la película carece de una historia “bien contada” he podido ver que el desarrollo de ésta existe; y que tiene los elementos necesarios que la hacen una sólida historia: el personaje principal, la eterna enamorada dispuesta a ayudarle, la grotesca escena amorosa, el malvado que trata de hallar el instrumento preciso para conquistar el mundo y ‘decorarlo’ a su gusto. Lo único que habría que decir sobre el guión es que está realizado de manera distinta, muy personal y muy jalada de los pelos, pero por sobre todo innovadora, original y lograda.

Está película tiene una secuela –que en realidad no lo es– Tetsuo, el hombre martillo (Tetsuo II: Body Hammer, 1992) que espero impaciente poder ver pronto.

Grandes anécdotas del cine: Vincent Gallo vs. Rogert Ebert

Rogert Ebert vs. Vincent Gallo

Si has escuchado sobre aquella cinta en la que la hermosa Chloë Sevigny le practica un extenso y notorio felatio al director y protagonista Vincent Gallo, entonces ya has oído algo acerca de The Brown Bunny.

Lo más gracioso es todo el escándalo que se generó alrededor de esta película, y no precisamente por la escena sexual explicita. Sucede que este filme, segunda entrega de Gallo como director, fue presentado el año 2003 en el Festival de Cannes, donde recibió un irritado abucheo por parte de la crítica, quien calificó la cinta como “la peor película presentada en la historia del Festival”.

Pero lo realmente anecdótico vino un tiempito después: el reconocido y respetado crítico estadounidense Roger Ebert (famoso por entregar sus “pulgares arriba” a las cintas que le agradan, y viceversa) calificó abiertamente a The Brown Bunny como “la peor en la historia de Cannes”. Rápidamente Gallo respondió que Ebert era un “cerdo con la psiquis de un traficante de esclavos”. Ebert parafraseó una cita de Winston Churchill y dijo: “a pesar de ser gordo, un día seré delgado, pero el Sr. Gallo aún será el director de The Brown Bunny”. Después, Gallo colocó una “X” en el colon de Ebert, a lo que el crítico respondió “hasta mi colonoscopía fue más entretenida que The Brown Bunny”. Luego, Gallo reeditó el filme y por fin el crítico le entregó sus “pulgares arriba”.

Pienso que The Brown Bunny es una de las poesías cinematográficas más bellas que se han hecho acerca del amor, la pérdida y la soledad. El espectador puede sentir, literalmente, el dolor que está sintiendo el protagonista a través de toda la película. Y, a pesar que suene a cliché, es una cinta difícil que la puedes llegar a amar u odiar, pero nada a medios términos. Conozco a muchas personas que me han agradecido el haberles pasado la voz sobre la película -que hasta ahora, creo, no se ha llegado a difundir ampliamente ni siquiera entre los espectadores interesados en el cine alternativo- así como amigos que me han culpado de haberles hecho perder su tiempo sugiriéndoles un filme tan aburrido.

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Little Miss Sunshine y otros temas pendientes con el cine indie americano

You do what you love, and fuck the rest

Dwayne (Paul Dano) en Little Miss Sunshine (2006)

Little Miss Sunshine

Me siento afortunado. De vez en cuando tengo la suerte de toparme con una de esas cintas del cine independiente americano (aquellas que, lamentablemente, en Lima rara vez recibimos) que tienen la hermosa cualidad de ennoblecer el espíritu. Y no es broma. Disfruto tanto viéndolas, con sus historias cotidianas y sus personajes con olor a vecino conocido, que cada nuevo descubrimiento es como una pequeña celebración personal.

Florida, en los Estados Unidos, no es precisamente un lugar que se vanaglorie por su alta cultura cinematográfica. Es más, me atrevería a decir que es uno de los puntos más aburridos en lo que se refiere a estrenos de interés. Sin embargo, suelo pasar la fiestas de fin de año por estos rincones, visitando a mi familia.

Mi madre es socia de Blockbuster (sí, aquí en gringolandia todavía existen, y vaya que con éxito) con un programa bastante peculiar: pagas como 15 dólares al mes y escoges, de 3 en 3, las películas que quieras a través de internet. Las recibes en casa, las miras, las devuelves en la tienda más cercana -con derecho a llevarte 3 títulos más- y cuando retornas estas últimas, nuevamente a la tienda, tienes derecho a pedir otras 3 por internet. Y así el círculo se repite infinitamente por un mes.

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Fenaco 2006: Crónica de un cortometrajista

Gracias a Alberto Matsuura, director de El Chalán, cortometraje ganador del premio del público en el Fenaco 2006, nos pudimos contactar con otro joven director limeño, Pablo Ruiz. Ellos dos viajaron a Cusco para presentar sus trabajos en el festival. Pablo ha tenido la gentileza de escribir una crónica de su periplo por la Ciudad Imperial. Pueden leerla luego de la foto, donde podemos ver a un nutrido grupo de realizadores (cortesía de Matsuura).

Fenaco 2006

Soy una de esas personas que, para ir de Lima a Cusco, tiene que someterse a 20 horas de viajes en bus, invadido por la envidia a aquellos que solo se demoraron una hora y media en avión. Durante ese infernal viaje, mientras mi estómago se revolvía, me refugiaba en dos cosas, la primera fue la belleza del paisaje que podía ver a través de la ventana. La otra era la oportunidad de ver mi cortometraje en el Teatro Municipal de Cusco. Al llegar a la Plaza de Armas me presentaron a cortometrajistas ecuatorianos que habían soportado 6 días de viaje para llegar al festival, y algunos mexicanos que había hecho 23 días de viaje en bus para poder ver sus trabajos proyectados. Esto me hacía pensar en la importancia del festival y en el honor que tenia de participar en él.

Llegué a la inauguración y todos los organizadores demostraron su entusiasmo y su amor al festival y al cine. Sentía que todo estaba en buenas manos, aunque hubo ciertos problemas de audio durante la exhibición de algunos cortometrajes.

Este festival es importante por varias razones, por un lado sirve de estímulo a los cineastas para seguir realizando sus obras, también para que conozcan el trabajo de otros colegas contemporáneos, sus formas expresivas, planteamientos, aciertos y fallas. Llegó la exhibición de mi documental El encantamiento de Lima, el cual nunca se había exhibido ante un público tan masivo. Es una sensación satisfactoria saber que 300 personas desconocidas aplauden espontáneamente el trabajo realizado.

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Perú en pantalla: Jorge Bruce escribe en Somos

No sólo de gastronomía vive el hombre

El cine peruano puede ser un alimento cultural de alta cocina.
Por Jorge Bruce

La carta enviada por los cineastas peruanos, exigiendo que se cumpla la Ley del Cine, es de interés público -literalmente- y no solo gremial. En vez de perder el tiempo con los molinos de viento de las ONG, contra las que ha enfilado una ley-adarga que tarde o temprano terminará en contrasuelazo por antidemocrática e inconstitucional, el Estado haría bien en preocuparse por cumplir las leyes que ya existen y que si benefician al país. En sendos artículos, el critico Ricardo Bedoya (El Dominical, 5.11.05) y el cineasta Josué Méndez (El Comercio, 6.11.06) han argumentado convincentemente al respecto. Ambos enfatizan el valor mercantil de las películas como el problema de fondo, es decir las titánicas dificultades para competir en un mercado dominado por las enormes y mayormente insulsas producciones de Hollywood. Pero Bedoya también dice: “Dejemos de lado el valor cultural del cine y la capacidad que tiene una película para dar cuenta de la imagen de un país y de su idiosincrasia, lo que ya seria motivo suficiente para desear su producción”. Permítanme retomar ese punto ahí donde el crítico, por razones muy válidas, lo dejó.

Reconocerse y desconocerse
Las ultimas tres películas peruanas que he podido ver han sido Mariposa negra, de Francisco Lombardi, Días de Santiago, de Josué Méndez y Madeinusa, de Claudia Llosa. Entretanto, he asistido a la proyección de diversos filmes de otras nacionalidades. El punto es que ninguno de estos últimos, más allá de su calidad, ha sido capaz de remecerme con la radical sensación de extrañeza y familiaridad al mismo tiempo, que me han generado las películas peruanas. Es pertinente aclarar que no se trata de una apología de lo nacional por lo nacional: nadie está obligado a que le guste el cuy o el cau cau. Las tres producciones peruanas me crearon sensaciones opuestas y en ningún caso sentí una admiración sin fallas, ni nada que se asemeje a una fascinación acrítica. Por el contrario, todas me sometieron a procesos de discusión interna, prolongada y profunda. En el caso de Madeinusa, por ejemplo, hasta ahora me asaltan emociones y pensamientos contradictorios. Escucho los argumentos de uno y otro lado en la polémica que ese filme ha desatado (¿arte o racismo?), y estos me evocan interrogantes y perplejidad. Pero eso, lejos de descalificar el trabajo de la cineasta, lo hace más interesante, aun cuando produzca una inevitable ambivalencia.

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Perú en pantalla: Más cine peruano

Una serie de aristas encarna Perú en pantalla, la campaña emprendida por Cinemaperú, la Sociedad Peruana de la Industria Audiovisual (SPIA), la Asociación de Productores Cinematográficos del Perú (APCP) y la comunidad audiovisual en pleno para que el Consejo Nacional de Cinematografía (Conacine) cuente, de acuerdo a la ley 26370, con los siete millones de nuevos soles para el fomento a la producción cinematográfica.

El cine peruano enriquece nuestra identidad cultural, aportando lecturas sobre lo que somos y provocando debate y reflexión que trasciende el ecran. Pese a los escasos recursos, ya presenta cierta diversidad generacional, geográfica, ideológica, estilística y de formatos en medio de un creciente caudal de participaciones y premios en festivales extranjeros y estrenos en la cartelera local, dándose la posta y compartiendo salas, como ocurre desde setiembre con Madeinusa, La prueba, Good bye Pachacútek y Mariposa negra, a las que se sumará en unos días Talk Show. Convergen un grupo de autores experimentados y un enjambre de jóvenes realizadores, que incluye una pujante producción en distintas zonas del país, principalmente Puno, Ayacucho, Huancayo, Cuzco, Arequipa, Trujillo y Cajamarca, la cual ha logrado en conjunto un importante éxito regional y en varios casos recuperado un desaparecido mercado de exhibición.

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Tres versiones del Uruguay

Juan Pablo Rebella y Pablo StollHablar del “nuevo” cine uruguayo (así, entre comillas), refiere más a una cuestión cronológica, generacional, a un cambio de propuesta o a una tendencia estética y argumental que a un cambio de rumbo o siquiera, de filosofía. Al menos desde 1985 con la reinstauración de la democracia, en que el realismo es el gran escenario. Por razones obvias, este artículo será insuficiente e incompleto y más bien, limitado. Pero limitado a tres películas (las tres últimas producciones uruguayas venidas a Perú) que reflejan la tendencia y el carácter que deseo resaltar; acaso lo último que el cine uruguayo nos ha dejado degustar, más todavía porque 25 Watts anduvo hace poco por El Cinematógrafo de Barranco, gracias a uno de sus directores.

Todo apunta a que En la puta vida, de la directora Beatriz Flores Silva, basada en la novela “El huevo de la serpiente” de María Urruzola, recibiendo varios premios de la crítica nacional y extranjera en 2001, convocando a más de 140,000 espectadores (aquí una reseña), es hasta ahora, la película uruguaya más exitosa del siglo XXI. Ojo, “exitosa” en metálico. No obstante no califica para tomarla en cuenta en este artículo, debido a que es una adaptación y no una creación; pero más porque su planteamiento argumental es ajeno al resto, más participativo y de una dinámica antagonista a la que envuelve al trío que me interesa: 25 Watts (2001), Whisky (2004) y La perrera (2005). Este trío de películas también ha conseguido la atención de los medios extranjeros. Cosa curiosa, hablar de estas tres producciones plantea, inevitablemente, pensar en una “nueva” escuela de cine uruguayo. Una independiente. Una escuela de directores vouyers. Juan Pablo Rebella, Pablo Stoll y Manolo Nieto. Un signo inequívoco de rechazo a la sociedad, de problemas de adaptación al status quo. Un modus operandi apático, resignado, que en lugar de condenarlos, creo yo, los distingue del resto.

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Óscar Pita-Grandi

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