DNI para el Cinematógrafo de Barranco
Mi querido Cinematógrafo está de fiesta. Pensar que han trascurrido ya 18 años desde su primera proyección, es algo que no deja de bañarme de cierta nostalgia. Ese tipo de melancolía que uno logra tomarle a ciertos objetos y lugares que sin preguntas y mucha complicidad, lo acogieron a uno en silencio para llevarlo a otra realidad y así, escaparle por un momento a la vida. Una vida que dejamos tras de uno ni bien se ambula por ese estrecho corredor empapelado de anuncios de pasadas películas en ambos lados hasta el pequeño zaguán que entrega a la sala con sus alineadas butacas, enfrentándonos o invitándonos. El piso crujiente. La puerta posterior velada por una cortina. Su aroma a otra época. Los cinéfilos ansiosos que nos miramos y logramos a veces reconocernos aunque no sepamos ni nuestros nombres siquiera. Las luces menguan su esplendor y la oscuridad nos equipara en seres silentes de discretas reacciones, limitados al reino de nuestra butaca, hipnotizados durante la proyección que alimenta e ilumina nuestros rostros, nuestros ojos que no acaban de asimilar en que realidad quedarse y que famélicos van devorando imágenes y textos e incluso creen ser ellos los que también se embuten el sonido.



Martes, 6 Junio 2006, 4:47 pm
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Prohibido inventar. El escritor 
Santiago Román (interpretado por Pietro Sibille) es un joven combatiente de la infantería de marina peruana que retorna de luchar contra el terrorismo y en la guerra entre Perú y Ecuador. Al llegar a Lima encuentra que no puede adaptarse normalmente a la vida social y familiar de la ciudad.
Para empezar, estos procedimientos nos devuelven el viejo lenguaje cinematográfico, tan distinto al lenguaje televisivo al que estamos acostumbrados, incluso en el cine. En efecto, El arca rusa sólo funciona en pantalla grande ya que las imágenes muestran grupos humanos, conjuntos mayores o menores, es decir, tomas abiertas, amplias, panorámicas; y cuando se trata de pocos personajes se les ve habitualmente de cuerpo entero. Sólo hay unas pocas imágenes de detalles (manos, el fragmento de un cuadro). En otras palabras, no tenemos muchos primeros planos (rostros), escasean las imágenes de personajes tomados de la cintura para arriba (tan comunes en la tele y el cine actuales) y, al no haber físicamente montaje, no hay tampoco el habitual plano y contraplano.
Para describir esta obra es mejor remitirse a las palabras del mismo Kieslowski. “La intención de El Decálogo es contar diez historias, inventadas o ficticias, de aquellas que pueden ocurrir en la vida de cualquiera, sobre diez o veinte personas, que en el diario trajín de su vida y al reunirse varias circunstancias muy particulares, se dan cuenta repentinamente de que giran en círculos sin salida y no están realizando lo que realmente anhelan. Nos hemos vuelto demasiado egoístas, demasiado enamorados de nosotros mismos y de nuestras necesidades. Los demás han pasado a un segundo plano. Creemos hacer muchas cosas para nuestros familiares, pero cuando llega la noche nos damos cuenta de que aunque aparentemente nos hemos desvivido por ellos, ya no tenemos fuerzas ni tiempo para abrazarlos, para decirles algo bueno, algo amable. Nos falta tiempo. Nos falta energía. Todo se esfumó sin saber dónde. Pienso que de ahí parte el verdadero problema: ya no tenemos tiempo para mostrar los sentimientos y las pasiones, estrictamente unidas a los sentimientos. La vida se nos va entre las manos.”



























