Además de la fidelidad a películas y autores que imperceptiblemente nos van envolviendo hasta convertirnos en apasionados cinéfilos, la afición por el cine incluye puntos concretos, tangibles, que se mimetizan con las vivencias y la fiebre por la pantalla. A raíz de la muestra fotográfica Presencias inadvertidas/Ausencias evidentes, un grupo de redactores del blog hemos evocado los viejos cines que quisimos desde muy pequeños y donde pasamos tanto tiempo disfrutando este arte. La desaparición de muchos de ellos también forma parte de la transformación del paisaje social de Lima y del país, del negocio cinematográfico y de nosotros mismos.
Francisco Bardales: Viendo cine entre Iquitos y Lima
Mi educación sentimental se forjó en enormes cinemas a orillas del río Amazonas, donde el sudor de los cuerpos emprendía una batalla con la incesante sinfonía con los crujientes asientos de madera. En technicolor, con enormes ventiladores apiñando el sonido, raídos telones rojos que se abrían como si fueran dolorosos garfios, fui conociendo amigos que con el tiempo se convirtieron en inseparables: Los Goonies, Daniel San, ET, John Rambo, Darth Vader. Mucho tiempo después, cuando el inevitable autoexilio me puso de patitas en un avión y me desterró a la gris anatomía del invierno limeño, mi corazón buscó un lugar oscuro y cerrado en el cual pudiese esconder mi proverbial melancolía. Descubrí los cines Arenales (Ambar y Jade) casi unas joyas del orgullo clasemediero de mediados de los noventa. Tenté ubicarme los domingos, entre el fútbol y la barra brava, en el Conquistador del centro histórico. También acompañé a la pareja miraflorina Romeo & Julieta, donde fue una hazaña haber amado sin condiciones a Tarantino, Stone, Von Triers y Almodovar. Supe que el mejor rostro que pude haberle descubierto a Isabelle Adjani fue en el Orrantia de Javier Prado. Pero nunca como en el entrañable cine Roma, luego de ver, casi al borde la conmoción, Antes del Amanecer (Delpy y Hawke seduciéndose mutuamente, con el inexorable telón de fondo de 24 horas sobre Praga), que decidí salir corriendo hacia la primera computadora disponible y, en un rapto de inusual lucidez, escribirle a Cecilia aquel extraordinario cuento de amor que nunca le di, acerca de una pasión que nunca supo y solo quedó confinada a un agresivo rapto de audacia, rápidamente apagado como las luces de todas aquellas salas que nunca más volví a disfrutar.
Juan José Beteta: Recordando las luces, las cortinas y los écrans
Los cines Metro y Mariátegui eran muy parecidos. De niño me impresionaba el techo de ambos, que estaba lleno de luces de todos los colores; mientras que el Mariátegui, además, tenía el marco que bordeaba el écran con esas luces. Lo fascinante era cuando las luces se iban apagando poco a poco y, de pronto, todos nos acomodábamos y callábamos con gran expectativa para ver los dibujos animados que siempre pasaban antes; o, sino, cuando aparecía el noticiero de la UFA, “El mundo al instante” (sic), con noticias europeas de semanas atrás; por algún motivo, siempre me han atraído las noticias. Otros cines que frecuentaba eran el San Felipe, el más cercano a casa, y el Diamante (en este último vi 2001, odisea del Espacio). Raramente iba al República, donde pasaban películas de 70mm, porque era más caro; no obstante, vi allí una de esas tantas superproducciones sobre Ana Bolena y Enrique VIII. Imposible también olvidar el Roma, el único cine que bajo la pantalla tenía un jardín iluminado y separado del público por un vidrio; y cuando se corrían las cortinas y apagaban las luces para que empezara la película, simultáneamentes se corrían cortinas para tapar el jardín. Era como un lento y enorme parpadeo que incrementaba la emoción previa al visionado. En el último año del colegio era un ritual obligatorio ir al Rívoli (en mi caso, otros iban al Ritz) a ver películas porno; allí me ubiqué en la última fila para apreciar la muy comentada Mazurka en la cama. Y en los días previos a mi ingreso a la universidad nos metimos con una amiga de la academia preuniversitaria al Bijou, a ver un filme -oh audacia- para mayores de 21 años: Roma de Fellini. Pero sería semanas más tarde, ya en la universidad, que la hidra del cine prendió en mí con Muerte en Venecia, de Visconti; pero ya en un cineclub. Antes de todo esto, iba mucho a los conciertos de la Orquesta Sinfónica Nacional (fui abonado regular durante 3 años) y veía mucho teatro. Ambas actividades se cortarían abruptamente en favor del cine. Yo era muy friki entonces. Creo que todavía lo soy, un poco.
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Y ustedes, amigos, ¿se acuerdan de sus viejos cines?