Archivo de Crónicas

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El proyeccionista y la boletera

Proyector 35 mm

Durante tres años Fidel y Alicia siempre estuvieron a mi lado. Es más, una de las cosas que me apenó mucho cuando, no me quedaba otra, renuncié al cargo que desempeñaba en una bonita sala de la ciudad fue justamente eso: que ya no vería a Fidel y Alicia todos los días.

Fidel se hizo proyeccionista como cualquier buen peruano recursero: a la fuerza. Hijo del jardinero de los propietarios, llegó a la sala sabiendo -únicamente- como poner play al reproductor DVD, pero poco después se hizo un experto de mi total admiración.

Me decía “pituquito” de cariño, y cada vez que llegaba al lugar con un buen número de películas yo sabía que, luego de revisarlas al detalle, me pediría prestado algun título con altas cantidades de ketchup (”porque a mi mamá le gustan las pelas sangrientas”) o alguna de características alucinadas (”ta que, esta pela es la cagada”). Yo, conmovido y emocionado por su interés, le prestaba todas las que quisiera, siempre y cuando las devolviera al mismo lugar y, sobre todo, en las mismas condiciones, cosa que muy pocas veces hacía.

Alicia se hizo boletera por necesidad: era madre y tenía que mantener a su pequeña hija, Camila. De esa manera se aventuró a aguantar largas jornadas sentada en la recepción del clásico cineclub, donde, además de vender los tickets de ingreso, estaba encargada de la pequeña sección de golosinas y revistas de cine. Adorable ella, nunca sabía dar razón de nada, algo que por esa época me sacaba de quicio, pero que ahora recuerdo con mucho cariño.

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Simón dice: “Necesito un boleto Buenos Aires-Polvos Azules-Buenos Aires”

Interior avión

Estoy incómodo. Detesto los asientos de avión y -sobre todo- detesto sentarme en el medio, con un pasajero a cada lado. Lo bueno es que, a mi derecha, está sentado Simón. Lo malo es que pronto empezará a odiarme, secretamente, por mis constantes visitas a ese espacio de ridículas dimensiones que en los aviones se atreven a llamar “baño”.

Simón me aconseja que deje de pensar en Florencia, una bonarense de la que me enamoré a escondidas durante el Festival. Me regala una sonrisa y me recuerda que solo faltan cinco horas para llegar a “la capital cinéfila de Sudamérica”, que es como él llama a Lima. Yo le devuelvo la sonrisa, reitero mi declaración de amor, y le pregunto qué dirían los críticos de cine argentinos -que lo odian- acerca de Simón declarando capital cinéfila a mi querida Lima Limón. Él, sereno como siempre, hace una mueca de resignación, mira para un costado, y me canta un pedacito de un tema del grupo reggaetonero Calle 13 (que le encanta): “No guardo rencor, eso es cosa de necios. A todos mis enemigos les tengo un largo aprecio“, y echamos nuevamente a reir.

Y es que es contradictorio que Simón quiera venir a Lima cuando, más bien, muchos limeños-cinéfilos-renombrados quieren irse a Buenos Aires o, en buena gana, a cualquier lugar donde haya una “mayor oferta cinematográfica”. Él no lo entiende. Claro, en su país hay importantes festivales de cine, muchas salas alternativas y, en general, bastante actividad relacionada al cine “de arte”, pero él no quiere estar todo el día encerrado en una sala de cine ni, mucho menos, tramitar viajes entre museos y cineclubes para visionar, probablemente apresurado y de manera incompleta, selectos ciclos de cine. Además estudia, trabaja y tiene una preciosa novia, así que ocupa su tiempo en muchas cosas.

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