El proyeccionista y la boletera

Durante tres años Fidel y Alicia siempre estuvieron a mi lado. Es más, una de las cosas que me apenó mucho cuando, no me quedaba otra, renuncié al cargo que desempeñaba en una bonita sala de la ciudad fue justamente eso: que ya no vería a Fidel y Alicia todos los días.
Fidel se hizo proyeccionista como cualquier buen peruano recursero: a la fuerza. Hijo del jardinero de los propietarios, llegó a la sala sabiendo -únicamente- como poner play al reproductor DVD, pero poco después se hizo un experto de mi total admiración.
Me decía “pituquito” de cariño, y cada vez que llegaba al lugar con un buen número de películas yo sabía que, luego de revisarlas al detalle, me pediría prestado algun título con altas cantidades de ketchup (”porque a mi mamá le gustan las pelas sangrientas”) o alguna de características alucinadas (”ta que, esta pela es la cagada”). Yo, conmovido y emocionado por su interés, le prestaba todas las que quisiera, siempre y cuando las devolviera al mismo lugar y, sobre todo, en las mismas condiciones, cosa que muy pocas veces hacía.
Alicia se hizo boletera por necesidad: era madre y tenía que mantener a su pequeña hija, Camila. De esa manera se aventuró a aguantar largas jornadas sentada en la recepción del clásico cineclub, donde, además de vender los tickets de ingreso, estaba encargada de la pequeña sección de golosinas y revistas de cine. Adorable ella, nunca sabía dar razón de nada, algo que por esa época me sacaba de quicio, pero que ahora recuerdo con mucho cariño.



Miércoles, 9 Mayo 2007, 1:11 pm
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