“Wall-E” y el despropósito del doblaje
Parte del goce cinéfilo es llegar al máximo entendimiento de lo que sucede en la historia que vemos. Una minuciosidad de pequeños detalles logran un efecto de verosimilitud que nos conecta mejor al mundo de la película. Esto se acrecienta en una animación, ya que los realizadores deben gastar recursos para alcanzar el grado expresivo característico del ser humano, además de conseguir uno propio (desde las primitivas caricaturas de Emile Cohl hasta las sofisticadas producciones 3D actuales). Es conocida la diferencia entre una producción de Pixar o Dreamworks, que invierten millones de dólares para acercarse a este ideal antropomorfista high tech, a una modesta y planchada producción de Alpamayo.
Por tanto, es una aberración cinematográfica transgredir este principio. El doblaje de una película, mucho más si es animada, produce una mutilación expresiva que afectará en la comprensión y disfrute del filme, aunque para muchos espectadores esto se justifique por tratarse de “películas para niños”. Este argumento es fácil de derribar si se toma en cuenta que la mayoría de este público objetivo estudia y habla inglés en sus colegios, y aún de no ser así, sería ser condescendiente y dar por sentado un estado casi fronterizo en el espectador, lo cual es una ofensa camuflada.
Leyendo las declaraciones de la más experimentada dobladora española, Elsa Fábregas (con 73 años en este oficio y 700 filmes en su haber, destacando ser la voz de Scarlett O’Hara en Lo que el viento se llevó, de Katharine Hepburn en Adivina quién viene a cenar, de Grace Kelly en La ventana indiscreta y de Gena Rowlands en Algo de qué hablar), el gusto creciente por las versiones originales es natural. “Hace algunos años nadie entendía otras lenguas. Hoy en el colegio ya se enseña en inglés. No veo problema en que estas personas busquen las versiones originales”, declara desde Barcelona por teléfono a ElPaís.com.



Sábado, 9 Agosto 2008, 1:07 pm
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