Zona de miedo (2008)


Zona de miedo, de la directora Kathryn Bigelow, posiblemente sea una de las mejores películas bélicas, pese a su bajo presupuesto y a su aparentemente limitado rango significativo, centrado en el rol del héroe y el sentido del heroísmo, en el marco de la ocupación norteamericana de Irak.

La película gira en torno de un equipo de desactivación de bombas en la Bagdad ocupada por las tropas estadounidenses. Siendo una actividad de un alto riesgo es, al mismo tiempo, una gran oportunidad para generar suspenso y tensión casi permanentes a lo largo de toda la cinta. Las múltiples y variadas circunstancias que rodean cada una de sus operaciones tienen como punto común la lucha contra el tiempo y la sobrevivencia no sólo de las víctimas sino también de los miembros del equipo; lo cual, de por sí, es un gancho para atraer y mantener el interés del público. Para ello, Bigelow elabora un cuidadoso trabajo con la cámara y el montaje. La primera se mueve nerviosamente casi siempre, muchas veces como una cámara en mano con inquietos acercamientos de ida y vuelta que buscan hacer rebotar las imágenes en nuestras retinas; a veces, intercaladas con tomas en cámara lenta que prolongan la tensión. Lo cual se combina con una dinámica muy bien graduada que intercala los distintos tamaños de encuadre, sacando provecho de la fragmentación, para mantener en vilo al espectador. Así, mezclando la inestabilidad de la cámara con la creciente tensión impuesta por las circunstancias y el contexto, el filme consigue atrapar al público pese a que estos procedimientos no están al servicio de un enfoque narrativo convencional.

En efecto, si la película se limitara a explotar este esquema audiovisual, puesto al servicio a un relato de buenos contra malos, con historia de amor y salvación de último momento, posiblemente estaríamos ante una obra de alta y virtuosa artesanía técnica; un típico producto industrial yanqui. En cambio, Bigelow elude los lugares comunes, el maniqueísmo y utiliza este eficaz tratamiento audiovisual para mostrar las distintas actitudes hacia la guerra y la desmitificación del héroe y del heroísmo.

En tal sentido, una característica resaltante es el contexto del conflicto, que recuerda la situación que se vivió en los años 80 durante el conflicto armado interno en Ayacucho y otras áreas del centro del Perú. Eran lugares donde muchas veces no se sabía qué personas estaban a favor y en contra de las fuerzas militares; y donde se respiraba un clima de tensión permanente, los muertos contaban por decenas y diariamente, sobre todo en las noches salpicadas de balazos y bombazos. Todo ello bajo un manto de aparente calma. En Zona de miedo se nos muestra a un ejército de ocupación claramente diferenciado de la población local; y donde las tropas –enfrentadas a un entorno desconocido– estaban a la defensiva permanentemente, sin saber nunca si las personas que tenían al frente eran guerrilleros de la resistencia, tropas aliadas mercenarias o ciudadanos que apoyaban su presencia en el país. Un abismo cultural y social los separaba, creando un ambiente de tensión permanente, captado por la cámara con los procedimientos arriba mencionados. El riesgoso trabajo del equipo de desactivación de bombas e incluso sus simples desplazamientos por la ciudad están casi saturados de imágenes de grupos humanos y rostros de la población local. Son planos nerviosos de gente enigmática, temerosa, alegre o indiferente; pero siempre amenazante por la incertidumbre que proyectan sobre las tropas de ocupación. De otro lado, los pocos pero significativos intentos del líder de este equipo de desactivación de bombas, el sargento William James, por congeniar con los presuntos simpatizantes locales de la fuerza de ocupación resultaron infructuosos: nunca pudo, pese a los equívocos intentos de ambas partes, establecer una relación con personajes del mundo iraquí. Este contexto de tensión permanente presenta a los soldados estadounidenses casi como prisioneros de su propia conquista.

Un segundo plano de significación lo tenemos con la presentación de la guerra como una actividad principalmente masculina (casi no se ven mujeres militares y menos en combate) y en la cual la violencia se ha introyectado en la misma subjetividad de los protagonistas. Destaca, en ese sentido, la secuencia en la que los tres miembros del equipo, bebidos, se agarran a golpes. Curiosamente es una especie de «bautizo» común, destinado a iniciar una amistad y a reconocer al líder del grupo (James). Es un grupo solitario que sólo puede integrarse utilizando la violencia que los rodea y amenaza, como ligazón interna. Otra faceta de la guerra, como actividad de –valga de paradoja– paciente espera, es cuando vigilan por largo tiempo a un grupo de cabras, luego de haber matado a dos guerrilleros que se ocultaban tras el rebaño. Estas y algunas otras secuencias más pausadas dan pie para mostrar ese enfoque distinto, no convencional, del filme, el cual está centrado en los tres miembros del equipo, quienes representan tres actitudes distintas hacia la guerra.

La primera, es la del especialista Owen Eldridges, el soldado que apenas puede soportar la tensión del combate y que terminará herido y sufriendo ataques de pánico. La segunda es la de sargento J.T. Sanborn, el soldado de color que se limita a hacer lo necesario para sobrevivir, manteniendo la sangre fría pero sin arriesgar absolutamente nada más. Él es el mejor representante del resto de tropas que se muestran en la película, las cuales están permanentemente a la defensiva, sin intentar acciones ofensivas que varíen el statu quo. En cierta forma, representa al militar promedio que quiere mostrar la cinta, el cual es una especie de burócrata militar, dedicado a tareas que detesta y pensando en el tiempo que le falta para abandonar esas ásperas tierras habitadas por gente que percibe como potencial atacante. Y luego tenemos al sargento James para quien –por oposición a Sanborn– cada misión representa la posibilidad de poner en riesgo su propia vida y, eventualmente, la de sus compañeros. Él ejemplifica muy bien el papel del héroe que Bigelow desmitificará.

Para lograr este objetivo, primero veremos a James contrapuesto, en un breve episodio, al típico militar que no respeta los derechos humanos de la población civil. Se trata de un coronel que acaba de ordenar la ejecución extrajudicial de presuntos terroristas, la que ocurre en off (es decir, fuera de cámara). El oficial conoce la trayectoria de James, lo alaba, admira y lo considera uno de los «suyos»; sin embargo, nuestro héroe siempre se cuidará de cumplir profesionalmente su cometido, o sea, sin recurrir a la violencia gratuita e innecesaria. Es un buen punto porque muestra que la eficacia militar no está reñida con normas humanitarias y respeto a la vida de los civiles, incluso en contexto de guerra no convencional. Pero lo más importante en su presentación de héroe, es la oscura obsesión que lo domina al poner en juego su vida cotidianamente, de un lado, coqueteando con la muerte y, de otro, buscando lo máximo de eficacia en su función de desactivar bombas, matar al soldado enemigo y salvar vidas, en la medida de lo posible.

Las escenas de interacción entre estos tres personajes resultan claves para entender la aproximación de Bigelow a esta idea de héroe como un sujeto único, excepcional pero no guiado por el patriotismo o la ideología, sino por esa obsesión y atracción que la muerte ejerce sobre él. En ese sentido, es revelador el hecho de que James resulte más interesado en volver a la guerra que en pasar más tiempo de vacaciones con su joven esposa y su pequeña hija en los Estados Unidos. Por otra parte, Zona de miedo tiene la suficiente dosis de ambigüedad como para dar pie a otras interpretaciones legítimas, sobre todo políticas. Así, algunos la consideran como una apología de la intervención norteamericana en Irak; otros (y entre ellos, una gran cantidad de veteranos de ese conflicto bélico), al contrario, afirman que no refleja para nada lo que ocurrió –y, en parte, aún ocurre– durante tal intervención militar. Esto ya es un indicador que el filme ofrece una visión abierta del conflicto, donde caben interpretaciones diversas; no obstante, en lo personal siento que la cinta se inclina muy ligeramente a favor de la intervención, aunque sosteniendo que ésta debió realizarse de la manera más pulcra posible. Sin embargo, al mismo tiempo, digo que esto no es el objetivo principal de la puesta en escena. Y tampoco pretende ser un documental, aunque determinados aspectos del tratamiento audiovisual sugieren una aproximación más bien periodística. En realidad, lo que aparece como el elemento clave que articula todas las acciones es esta cualidad del héroe como sujeto sobresaliente, pero no sobrehumano; sino, más bien, demasiado humano, demasiado sometido a esa pasión por el peligro y la muerte, que lo lleva al borde de la autodestrucción. Lo heroico no como épica, sino como una oscura e inexplicable obsesión por retar a la muerte. Eso es lo que me parece excepcional en esta cinta.

Como vemos, estamos ante una película que usando un esquema comercial e industrial, pone tal tratamiento al servicio de la desmitificación del heroísmo, mostrando que bajo las acciones heroicas subyace una pulsión irracional, la cual busca ir más allá del instinto agresivo requerido para la sobrevivencia, hacia un intento por vencer al miedo y la muerte. Pero ese intento se revelará como la introyección de la guerra en la personalidad del héroe, convirtiéndose en una especie de vicio solitario que pocos practicarán; luego de haber transitado por facetas, situaciones y temperamentos pocos conocidos y poco agradables de una guerra no convencional y profundamente marcada por la diferencia cultural.

The Hurt Locker

Dir.: Kathryn Bigelow | 131 min | EE.UU.

Intérpretes: Jeremy Renner (sargento William James), Anthony Mackie (sargento J.T. Sanborn), Brian Geraghty (Owen Eldridge), Ralph Fiennes (Jefe de equipo), Guy Pearce (sargento Matt Thompson), David Morse (coronel Reed), Evangeline Lilly (Connie James), Christian Camargo (Cnel. John Cambridge).

Estreno en España: 29 de enero de 2010

Estreno en el Perú: 18 de febrero de 2010


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4 respuestas

  1. Avatar de SIMONTOLOMEO

    The Hurt Locker es una pelicula traída para que sea vista por futuros soldados, no cambia las cosas, no muestra el conflicto en general, solo muestra la crónica de un enfermo crónico por las exigencias de una sociedad arruinada en todo el mundo gracias al capitalismo cínico y genocida, es una pelicula similar a la muy aclamada Black Hawk Down solo que no salen helicópteros, entretenerse es fácil, pero siempre viendo lo mismo de lo mismo, héroes sin heroísmo.

  2. […] Mark Boal como guionista. Otros créditos de este escritor incluyen “La Hora Más Oscura” y “The Hurt Locker”, también dirigidas por Kathryn. Es una película que resulta muy oportuna para el contexto […]

  3. […] los mejores antecedentes personales y la buena recepción que han tenido en la Academia cintas como “The Hurt Locker” y “American Sniper”, es muy probable que veamos al Ang Lee luchar por una nueva […]

  4. […] y expliquen sus quizás irresolubles conflictos internos. De otro lado, este filme se equipara a Zona de miedo, de Kathryn Bigelow, en que la exploración del ámbito subjetivo de los personajes nos proporciona […]

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