[Crítica] “Mistura” (2024): ¿la receta ideal?


En la Lima de 1965, una mujer franco-peruana, marcada por sus prejuicios y en declive tras la partida de su esposo, se ve forzada a transformar su casa en un restaurante. A medida que trabaja junto a un chef nikkei, una cocinera andina y un chofer afroperuano, irá descubriendo la riqueza culinaria y cultural del Perú en un contexto de efervescencia y tensiones sociales.

Esta es una película víctima del mal timing. Quizá si se hubiera estrenado hace unos quince años, en pleno auge del boom gastronómico peruano, y cuando el festival homónimo todavía estaba vigente, le habría ido mejor comercialmente. Hoy, si nos concentramos únicamente en su propuesta cinematográfica, no hay mucho que destacar.

Tiene, sí, un factor técnico impecable. Todo está realizado con oficio, sin mayores riesgos. La película está claramente pensada para dar una buena impresión en el mercado internacional, con una factura audiovisual limpia, encuadres correctos e iluminación cuidada. Todo apunta a ser un producto que pueda posicionarse en festivales o llegar a alguna plataforma de streaming. Bajo ese estándar, cumple su cometido. Lo mismo puede decirse de algunos aspectos de las actuaciones. Aunque una buena actuación no hace una buena película, sí hay elementos que funcionan, en particular la presencia de César ‘Pudy’ Ballumbrosio. Él encarna con naturalidad a un personaje que, si bien podría haberse quedado en el estereotipo del chofer marginal con buen corazón, transmite una humanidad genuina. Además, su rol no se limita al de aliado o interés romántico clásico. También se convierte en un socio, un apoyo clave que permite a la protagonista redescubrir otra forma de vivir.

Esa protagonista está interpretada por la uruguayo-mexicana Bárbara Mori, quien no logra del todo dar en el clavo con el acento limeño. Sin embargo, en su rigidez actoral, logra transmitir cierta lejanía respecto al mundo que la rodea. Esa distancia inicial le da verosimilitud a su progresivo acercamiento a un entorno ajeno. Aun así, más allá de estos aspectos puntuales, Mistura no es una película con demasiados méritos. Su guion y la propuesta general no ofrecen nada que no hayamos visto muchas veces antes. Y el problema no es que repita fórmulas conocidas, sino que nunca queda claro qué quiso aportar el director Ricardo de Montreuil a esta historia. No hay un rasgo autoral, ni una mirada particular, ni una apuesta estética que eleve el relato más allá de lo funcional.

La película se queda en el encanto superficial de ambientar una historia de época, con decorados vistosos, referencias obvias y un uso excesivo de marcas y productos. Todo esto desvía el foco de lo más importante, que es el viaje personal de la protagonista. Ese trayecto, más que mostrarse, se da por sentado. Su transformación ocurre porque ya sabemos cómo se desarrollan este tipo de relatos, pero no porque la película lo construya con convicción o profundidad. Por eso se siente como una historia en piloto automático, que sigue el camino predecible de una señora de clase alta que descubre que la vida va más allá de su mansión. No es que esté ejecutada de forma desastrosa, ni que resulte problemática de forma evidente, pero tampoco tiene ningún interés particular por ir más allá de lo esperado.

Además, para tratarse de una película centrada en la comida, esta nunca adquiere protagonismo real. No hay una intención clara de explorar, ni visual ni simbólicamente, el verdadero significado de la comida. Las ideas relacionadas al mestizaje cultural, la unión nacional o el despojo del privilegio se limitan a diálogos subrayados, repetidos en bucle, sin matices ni desarrollo. Todo queda en consignas que ya han sido exploradas antes (y mejor) en otras películas.

Dicho esto, quiero dejar en claro que esta no es una cinta nula, pero sí decepcionante por su tibieza (en todo sentido). Lo que tiene de ambiciosa en el plano técnico no se traslada al nivel narrativo. La película no deja huella, no ofrece más que una moraleja patriótica sobre lo bueno que es abrazar la cultura y los recursos del Perú. Sin embargo, incluso esa idea se reduce a un eslogan publicitario, y el contexto social o político de la época en la que transcurre la historia -los años en que se promulgan las leyes de reforma agraria- queda relegado al fondo, apenas sugerido en recortes de periódicos. Es cierto que no toda historia tiene que profundizar en esos temas, pero acá esa omisión representa una oportunidad desperdiciada para enriquecer el relato.

En resumen, Mistura es una película sin mayor sabor. No innova ni a nivel temático ni formal. Como metáfora gastronómica, se queda en una comida a medio hacer. Un plato bonito, bien presentado, pero sin la sazón ni la cocción necesarias para dejar una impresión duradera.

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