Festival de Lima: “Punku” (2025), cine peruano en mutación

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Meshia, una adolescente matsigenka, encuentra a Iván, un niño que había desaparecido dos años atrás. Al descubrir que necesita una cirugía urgente, lo lleva hacia Quillabamba, Cusco. En el trayecto, ambos enfrentan sueños inquietantes y la amenaza de fuerzas extrañas que ponen en riesgo su frágil vínculo.

Es impresionante cómo, al menos en lo que va de esta década, cada año aparece una gran película peruana de la que todos hablan. Su calidad suele justificar la conversación que genera, aunque decir que una obra es “grande” siempre será un juicio de valor personal. Muchas han sido celebradas con entusiasmo, pero también muy criticadas, despertando pasiones encontradas. Y aunque pueda parecer solo una preferencia individual, resulta indiscutible que cuando surge una propuesta así se confirma que las apuestas del cine peruano ya no se limitan a los mismos nombres de siempre, sino que se expanden hacia otros lugares y temáticas. Incluso si algunos tópicos se repiten, son las visiones particulares de quienes están detrás de cámara las que marcan la diferencia.

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Dentro de esta renovación, creo que Juan Daniel Fernández Molero merece un lugar destacado, con una filmografía que, para no ser extensa, demuestra su talento. Fue su segundo largometraje, Videofilia (y otros síndromes virales) (2015), el que alcanzó mayor reconocimiento, sobre todo al triunfar en el Festival de Rotterdam. Juan Daniel venía originalmente de un entorno underground, y aunque todavía mantiene esa vena experimental lejana al mainstream, el éxito internacional le permitió refinar su estilo entre su segunda y tercera obra. Lo fascinante es que, incluso con el tiempo, ha sabido mantener coherencia estética, ampliando sus límites narrativos y visuales sin comprometer su visión.

En Videofilia exploraba la virtualidad, con jóvenes que se conocen en internet y cuya conexión termina contaminada por un virus que traspasa las pantallas e infecta la realidad. En Punku (2025), en cambio, el foco ya no está en lo virtual, sino en lo local, en los mitos y tensiones del propio Perú. Deja atrás los espacios familiares de la capital, como la avenida Arenales o ciertos barrios limeños, para situarse en Quillabamba, en la ceja de selva cusqueña. Desde allí construye un relato donde lo foráneo y lo global parecen “infectar” el territorio, aunque no se trate de un mal que llega desde fuera, sino de algo que despierta lo oscuro que ya habitaba en el lugar.

La mutación está también en su forma. Punku se mueve con facilidad entre formatos, yendo y viniendo entre uno y otro con un propósito claro. Las imágenes captadas en Super 8, en 16 mm, en digital y hasta en celular con filtros de TikTok, no son solo un capricho, sino la expresión del gusto del director por experimentar con la imagen, demostrando que mediante este recurso puede dividir realidades. Este juego en la estética y en la estructura del relato, sin embargo, acarrea el riesgo de pecar de excesos. Eso lo vemos en algo como la división en capítulos, que puede resultar arbitraria, o una narrativa no lineal que podría repeler al espectador. Aun así, prefiero ver estos tropiezos como parte de su valor. Si uno se adentra en el viaje, puede encontrar algo distinto, una experiencia que pocas películas peruanas ofrecen.

Si en Videofilia la frontera era entre lo virtual y lo real, aquí está entre lo real y lo onírico. Molero explora los sueños, ese terreno donde sentimientos y sensaciones difíciles de describir toman cuerpo. El vínculo entre ambos mundos se sostiene en Iván, un niño que tras un accidente desaparece dos años y regresa sin un ojo, acosado por seres que lo persiguen en sus sueños. Meshia, la joven que lo encuentra, se convierte en su ancla en la realidad. Como Iván casi no habla ni escucha, depende de ella para sostenerse en este mundo, aunque Meshia también debe enfrentar los males que acechan en este lugar que para ella es nuevo y desconocido.

El cineasta articula un cruce entre lo ancestral y lo moderno. Aparecen mitos de la tradición oral, como los pishtacos o el chullachaqui, enfrentados a íconos de la cultura pop que invaden la selva desde fuera. Ambos mundos conviven y se contaminan, mostrando cómo lo externo despierta lo reprimido en lo interno. En ese proceso, el director evita la exotización, consiguiendo, mediante el trabajo con actores sin experiencia frente a cámaras, una naturalidad que equilibra la dimensión lúdica del montaje y la fotografía.

Las influencias son evidentes. David Lynch es quizá la más clara: la presencia del ojo, que recuerda a la oreja de Terciopelo azul (Blue Velvet, 1986); el uso de cortinas que separan mundos; los planos cerrados de la tierra, con su oscuridad latente; o los personajes secundarios que enriquecen la atmósfera, como en la serie Twin Peaks. También hay ecos a otros cineastas, como pueden ser John Carpenter o William Friedkin por el manejo de símbolos y objetos que parecen sagrados, pero se pervierten en manos del mal.

Entre esos elementos destaca la figura del chamán, el hombre misterioso que sería esta suerte de emisario del mal, que ronda como presunto responsable de las desapariciones. Junto a él aparecen otros agentes que buscan despojar de su humanidad a Meshia, sometiéndola a concursos de belleza o reduciéndola a mercancía en bares. En estas situaciones, Molero subraya cómo lo externo desvirtúa tradiciones locales, al tiempo que expone cómo el mal ya anidaba bajo la superficie idílica de la selva.

Iván, tras desaparecer, parece haber cruzado ese umbral hacia un mal profundo, como si de un portal hacia ese mundo onírico que lo acecha se tratara (tengamos en cuenta que el título de la película significa “portal” en quechua). Su lucha consiste en si se entrega a esa oscuridad o si resiste con la ayuda de Meshia, pero no se trata solo de combatir desde lo onírico. Al mismo tiempo es un esfuerzo por preservar lo auténtico, lo que pertenece a la comunidad con sus luces y sombras. El desenlace, sin entrar en detalles, podría interpretarse como una tregua entre lo interno y lo externo, lograda a través de un sacrificio que contiene el mal e integra su presencia en un mundo que, pese a todo, se mantiene auténtico.

En conclusión, Punku es un viaje estimulante donde los sueños se leen como revelaciones, llegando a ser más palpables que la realidad misma. Además de conocer bien sus referentes y el entorno en el que la acción se desarrolla, Fernández Molero juega con espacios, formatos y texturas para construir una obra mutante, críptica y excesiva por momentos, pero siempre atrapante. No es una narración sencilla ni complaciente, sino una experiencia que exige entrega total del espectador.

Es en esa variedad de riesgos donde radica su mayor fuerza, reafirmando la vocación del director por llevar el cine peruano hacia territorios distintos, esta vez arraigado en la selva como portal entre realidades. Más allá de la audacia formal, lo que distingue a la cinta es su capacidad de incomodar y obligar a confrontar lo que preferimos no ver. Con ello confirma que el cine peruano puede ser también un espacio de mutación constante, capaz de incomodar, provocar y dejar un impacto que trasciende la butaca para enriquecer el debate.


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