Mis descubrimientos favoritos del 2025, de Marcelo Paredes


Cuando termina un año, uno de los rituales más habituales para cualquier entusiasta del séptimo arte es hacer listas. Listas de las películas favoritas vistas a lo largo de esos meses. Por lo general, este ejercicio suele centrarse en los estrenos del año, ya sea en la cartelera comercial, en festivales, en plataformas de streaming o en circuitos alternativos. Es una práctica casi automática y, hasta cierto punto, lógica.

Sin embargo, con el tiempo he aprendido a valorar algo distinto, algo que considero igual de importante, sobre todo para quienes escribimos sobre cine y lo amamos más allá del alcance que pueda tener nuestra opinión. Me refiero a la necesidad de destacar aquellas películas que no forman parte de la tendencia, que no dominan la conversación del año y que, aun así, terminan siendo descubrimientos fundamentales. Películas a las que uno se acerca por primera vez: un clásico que estaba pendiente, una obra menos conocida dentro de la filmografía de un director importante, o incluso una cinta encontrada casi por casualidad que termina convirtiéndose en una de las favoritas del año.

Creo que parte esencial de este ritual de listas es, precisamente, reconocer esos hallazgos. Y eso es lo que quiero hacer ahora. Teniendo en cuenta que mi lista oficial de lo mejor del 2025 aún va a tomar un poco de tiempo, quiero proponer este ejercicio como un preámbulo: una selección de las mejores películas que vi durante el año, pero que no pertenecen ni a 2025 ni a 2024. Hablo de títulos de años anteriores, desde 2023 hacia atrás, que me marcaron especialmente.

Para esta ocasión, he decidido mencionar treinta títulos. Los primeros veinte aparecerán listados por orden cronológico, mientras que al top diez le dedicaré un espacio especial, estando ordenados por preferencia y acompañados de un comentario más desarrollado. 

Las primeras veinte:

  • La novia de Frankenstein (Bride of Frankenstein. James Whale, 1935)
  • Escalera al cielo (A Matter of Life and Death. Emeric Pressburger y Michael Powell, 1946)
  • Una calle de amor y esperanza (Ai to kibô no machi. Nagisa Ōshima, 1959)
  • Bakeneko: A Vengeful Spirit (Kaibyô nori no numa. Yoshihiro Ishikawa, 1968)
  • Pink Floyd: Live at Pompeii – MCMLXXII (Adrian Maben, 1972)
  • La noche se mueve (Night Moves. Arthur Penn, 1975)
  • Cuando cae la oscuridad (Near Dark. Kathryn Bigelow, 1987)
  • Chabuca Granda… confidencias (Martha Luna, 1988)
  • Invasión (Starship Troopers. Paul Verhoeven, 1997)
  • Loco por Mary (There’s Something About Mary. Bobby y Peter Farelly, 1998)
  • Los espigadores y la espigadora (Les glaneurs et la glaneuse. Agnès Varda, 2000)
  • Pulse (Kairo. Kiyoshi Kurosawa, 2001)
  • Sentencia previa (Minority Report. Steven Spielberg, 2002)
  • Old Joy (Kelly Reichardt, 2006)
  • Inland Empire (David Lynch, 2006)
  • WALL·E (Andrew Stanton, 2008)
  • Hermana (L’enfant d’en haut. Ursula Meier, 2012)
  • Aquarius (Kleber Mendonça Filho, 2016)
  • Verano 1993 (Estiu 1993. Carla Simón, 2017)
  • Let the Corpses Tan (Laissez bronzer les cadavres. Bruno Forzani y Hélène Cattet, 2017)

Top 10

10. El cuento de la princesa Kaguya (Kaguya-hime no monogatari. Isao Takahata, 2014)

El tema del crecimiento, que atraviesa toda la historia, resulta clave. El rápido desarrollo de Kaguya no responde solo a su naturaleza no humana, sino también a una mirada sensible sobre lo que significa ser hijo. Isao Takahata recoge esa sensación tan común de que los hijos crecen demasiado rápido para reflexionar sobre la crianza, siendo un espacio donde conviven el afecto y el aprendizaje, pero también las cargas que nacen de expectativas impuestas. A esto se suma un retrato del rol de la mujer tratado con naturalidad, sin subrayados, donde Kaguya se enfrenta a códigos patriarcales y se afirma como un personaje capaz de desafiar un sistema que busca limitarla.

Lo más potente, sin embargo, está en cómo la película articula lo real y lo fantástico. El viaje de Kaguya funciona como la experiencia de una vida que se nutre de vivencias para alimentar otro mundo, uno que no necesita ser explicado y que puede leerse como una metáfora de la propia realidad. Desde ahí, la historia se expande hacia una reflexión sobre por qué contamos historias y por qué necesitamos darles forma. Más que un simple relato de crecimiento, la película se convierte en un lienzo donde confluyen experiencias familiares, creación artística y memoria, recordándonos que la ficción nace tanto de la imaginación como de lo vivido. A mi parecer, es un filme muchísimo mejor que otro clásico más canónico de Ghibli como lo es El viaje de Chihiro (Sen to Chihiro no Kamikakushi, 2002)

9. La sangre de las bestias (Le sang des bêtes. Georges Franju, 1949)

A diferencia de lo que hace Albert Serra en su documental taurino Tardes de soledad (2024), la mirada de Georges Franju, responsable del clásico Los ojos sin rostro (Les yeux sans visage, 1960), sí consigue despojarse por completo de cualquier perspectiva personal, cediendo la observación íntegra a los verdaderos protagonistas del filme: los trabajadores. Como reflexiona la voz en off al final, lo que vemos son seres humanos que buscan ganarse la vida, cumpliendo una rutina sin experimentar nada en particular. La lectura de deshumanización está presente, claro, pero quizá aplica más al entorno, que es donde la mirada del director realmente cobra fuerza.

Se enfatiza que estamos en un lugar a las afueras de París, lejos de la modernidad, donde ciertos espacios y ritos se mantienen intactos, ajenos a los grandes cambios; pero eso no será eterno, y surge la pregunta de si, incluso cuando la modernidad llegue, la matanza continuará. La respuesta parece evidente al mirar a nuestro alrededor. Es realmente fascinante cómo, en tan poco tiempo, el corto puede ser brutal y a la vez reflexivo sobre cuáles son los males necesarios para que la sociedad se mantenga en pie, incluso si deben ocultarse para seguir operando.

8. Messiah of Evil (Gloria Katz y Willard Huyck, 1974)

La película fue dirigida por la pareja de guionistas responsable de Indiana Jones y el templo de la perdición (Indiana Jones and the Temple of Doom, 1984), y al verla resulta más fácil entender por qué esa segunda entrega del famoso arqueólogo era tan peculiar. Lo que encontramos aquí es un excelente filme de terror sobrenatural, claramente influenciado por un clásico indiscutible del género como El carnaval de las almas (Carnival of Souls, 1962), de Herk Harvey, uno de mis descubrimientos favoritos de 2024.

Lo que en un inicio parece encaminarse hacia el slasher termina acercándose más a algo que John Carpenter haría años después, y con mayor notoriedad, en La niebla (The Fog, 1980). La diferencia es que aquí no hay escapatoria: el mal consume lentamente a unos personajes completamente indefensos. Es una película desoladora, sí, pero también lo suficientemente bien pensada como para que entendamos el origen de la amenaza, funcionando además como una crítica al colonialismo y a sus consecuencias. La secuencia ambientada en el cine es pura magia, con una puesta en escena apabullante.

7. Joint Security Area (Gongdong gyeongbi guyeok JSA. Park Chan-wook, 2000)

Desde hace tiempo tenía muchas ganas de ver esta película con la que Park Chan-wook se dio a conocer al mundo (no es su ópera prima). Ya desde acá están los rasgos que desarrollaría con mayor fuerza más adelante, como sus ideas en torno a la culpa y a los secretos que salen a la luz violentamente. 

En medio de ello, con su habitual manejo de la puesta en escena, vemos una historia en la que la guerra nunca es limpia y por más que veamos a soldados jugando, a veces de forma muy literal, a defender a sus ideales patrióticos, no cabe duda que será siempre ese poder que está más arriba el que terminará dictando sus destinos, incluso si eso implica hacerles creer lo contrario. Es tan divertida como devastadora.

6. Nosferatu, el vampiro (Nosferatu – Phantom der Nacht. Werner Herzog, 1979)

Días después de ver la reciente versión dirigida por Robert Eggers, tuve la oportunidad de acercarme por fin al primer remake del clásico de F. W. Murnau. Esta adaptación estuvo a cargo del alemán Werner Herzog, quien tomó la obra del expresionismo alemán y la combinó con una sensibilidad propia del Nuevo Cine Alemán, marcada por un realismo áspero y una sensación de alienación heredada de la posguerra.

Era lógico que alguien como Herzog realizara una adaptación a la que poco le interesara la dimensión, digamos, “fantástica” del relato. Aun así, la película se configura como un estudio sobre la naturaleza más humana del miedo, un miedo que se expresa como temor al otro, como esa Europa menos civilizada que desconfía de aquello que el progreso promete, o como el pavor a no ser amado.

En ese sentido, su Nosferatu encuentra su mayor maldición en la imposibilidad de amar, y es precisamente esa carencia afectiva la que desata la podredumbre que el personaje esparce a su paso. Es por la ausencia de calor humano que la sociedad retrocede y, a diferencia de Murnau en su momento, Herzog parece sugerir que, llegado a ese punto, el mal, entendido como una fuerza de la naturaleza frente a la cual ningún hombre puede imponerse, resulta imparable.

5. Los árboles no dejan ver el bosque (Der Wald vor lauter Bäumen. Maren Ade, 2003)

Formidable ópera prima de Maren Ade (¡fue su trabajo de fin de carrera en la universidad!) hecha muchos años antes de la magistral Toni Erdmann (2016), donde ya se perciben sus preocupaciones en torno a las relaciones humanas. Además de la clara incomodidad que generan las situaciones —donde nunca faltan las risas nerviosas—, destaca también un interesante trabajo con el silencio. Al prescindir de banda sonora y apoyarse en un estilo visual crudo propio del digital, resulta fascinante ver cómo la directora se acerca a su protagonista sin necesidad de hacerla hablar. Basta con observarla inquieta, sola y completamente acorralada en su propia ansiedad para comprender que el mundo está lejos de ser un lugar amable y que, por más buenas que sean las intenciones, eso no cambiará nada.

Lo valioso es que Ade no la victimiza, pero tampoco se excede con la crueldad, dotando a Melanie de una personalidad compleja, con la que resulta difícil empatizar debido a sus cuestionables decisiones. Sin embargo, finalmente entendemos que tampoco es posible enfadarse con ella: solo nos queda acompañarla en sus desdichas y ver cómo poco a poco es moldeada al gusto de un sistema que transforma lo diferente en un engranaje más.

El desenlace queda abierto a distintas interpretaciones. La vía fácil sería pensar que se elige el camino más extremo, pero yo considero que, en lo que simboliza, es simplemente otra prueba de que no se puede encajar si lo único que se busca es aparentar estar bien con todos. Eventualmente, si esa fachada se mantiene, termina explotando, como le ocurre a la protagonista. Ahí radica la clave de lo que Ade filma: que la vida, en esencia, nunca será cómoda, y que, si no logramos mirar más allá de nosotros mismos, difícilmente encontraremos la luz en ella.

4. Pépé le Moko (Julien Duvivier, 1937)

Es interesante la forma en que la película se presenta. Antes incluso de conocer a Pépé en persona, lo primero que vemos es a otros hablando de él, construyendo la imagen de una amenaza escurridiza e inalcanzable. Con la introducción de la Casbah y su diversidad cultural, todo parece apuntar a una clásica historia del gato y el ratón, con un protagonista que domina el territorio y se mueve con total impunidad. En ese sentido, Pépé es el rey del lugar, conocedor absoluto de cada rincón donde esconderse.

Sin embargo, ese mismo dominio espacial revela, poco a poco, la verdadera naturaleza del relato. Para Pépé, la Casbah no es un patio de juegos, sino una prisión disfrazada. Detrás de la figura intimidante del gánster se esconde una profunda melancolía, apenas contenida bajo una fachada fría y agresiva. Es un hombre agotado de un espacio que siente que no le ha dado nada, condenado a girar en círculos dentro de un laberinto sin salida, hasta que la aparición de Gaby se le presenta como una posible vía de escape y una promesa de libertad.

La tragedia del filme se vuelve más amplia cuando Julien Duvivier conecta ese encierro con una lógica colonial: europeos que llegaron a nuevas tierras para reinar y terminaron vacíos, atrapados por su propio egoísmo y su deseo de control. El final, de una belleza devastadora, lo sintetiza todo: Pépé cree estar a punto de liberarse, pero cuando está más cerca de hacerlo, su grito de libertad se transforma en uno ahogado. Pépé le Moko no es solo un relato criminal, sino el retrato del ocaso de un rey que nunca dejó de querer escapar.

3. Una historia verdadera (The Straight Story. David Lynch, 1999)

Este texto fue extraído de un artículo colaborativo de la web de la revista Ventana Indiscreta hecho tras el fallecimiento de David Lynch:

Al igual que Jackie Brown (1997) dentro de la filmografía de Quentin Tarantino, esta película suele ser considerada la menos “lyncheana” en la obra de David Lynch. Sin embargo, mientras la veía, notaba que esa afirmación no es del todo precisa. Es cierto que, si se asocia lo “lyncheano” únicamente con situaciones bizarras destinadas a generar confusión, puede parecer que este filme no encaja del todo en su filmografía. Pero si entendemos ese concepto como algo más amplio, resulta evidente que el universo de Lynch sigue estando presente.

La diferencia radica en el enfoque. Aquí, esos miedos internos que el director ha retratado durante años aparecen desde una perspectiva más cálida, convirtiendo a esta en una de las historias más personales de toda su carrera. La angustia que suele atravesar su cine, nacida de los sueños y de un retrato frío y cruel del falso confort de la realidad, se observa ahora con mayor calma y capacidad de asimilación.

Con un protagonista de avanzada edad, deteriorado por diversos males —entre ellos el enfisema pulmonar que años después padecería el propio Lynch—, la película se transforma en un viaje introspectivo. Lejos de dejarse consumir por la oscuridad de una muerte anunciada, el personaje expresa un deseo genuino de aprovechar los últimos momentos para, al menos por un instante, devolverle algo de paz a un mundo caótico. Lynch, al igual que Alvin Straight, se mantuvo siempre firme a sus ideales. Y si el recorrido por la vida debía completarse de la forma menos ortodoxa posible, entonces así debía ser. Ahí reside la magia de esta película, que, vista en retrospectiva, se vuelve aún más melancólica a la luz del final que tendría alguien tan querido como él.

2. Pat Garrett y Billy the Kid (Pat Garrett & Billy the Kid. Sam Peckinpah, 1973)

La rabia de Sam Peckinpah impregna cada plano. Y no se trata solo de la muerte lenta de un género. Junto al ocaso del vaquero, el director observa con furia el final de una sociedad que pierde sus valores para beneficiar únicamente a unos pocos. Los tiempos cambian, la libertad se pone en duda y todo parece indicar que la única salida es someterse a un poder voraz, dispuesto a acaparar cada vez más terreno. Es hacia ese lado al que Pat Garrett se inclina, aun sabiendo que ello implicará poner fin a la vida de quien alguna vez fue su amigo.

Ahí reside la mayor tragedia del filme. Billy no es solo un viejo amigo, sino aquello que mantiene a Garrett anclado a un pasado que ya no tiene lugar en el presente. Por eso, a medida que la cacería se intensifica, su humanidad se va erosionando. El desenlace, coronado por ese plano frente al espejo que lo dice todo, lleva la rabia del director a su punto máximo. Lejos de un duelo épico como los de antaño, lo que queda es desolación, y esa cabalgada hacia el ocaso pierde cualquier sentido heroico. Un cierre tan duro como magistral, que clausura la historia de un portazo y tira la llave. Simplemente genial, y deja ganas de seguir explorando su cine.

Por último, como dato aparte, la película cuenta con alrededor de cinco versiones distintas, de las cuales solo tres están disponibles. Yo vi la restauración realizada por Criterion por su 50º aniversario, aunque también he leído muy buenos comentarios sobre el Final Preview, que, según varios especialistas, es lo más cercano a la visión original de Peckinpah, pese a no ser una versión completamente pulida. Probablemente, para un próximo revisionado, opte por esa.

1. En la ciudad de Sylvia (José Luis Guerín, 2007)

En la ciudad de Sylvia
Guerín, detrás de los protagonistas de En la ciudad de Sylvia.

Acá sí debo explayarme un poco más.

Esta es una de esas películas que ya te dicen todo a través de sus imágenes, justamente porque no necesita diálogos para expresarse. Esa ausencia vuelve el visionado más íntimo, ya que nos sumerge en el viaje de un protagonista que busca a alguien en una ciudad donde los rostros parecen mezclarse entre sí. Aunque algunos adquieren cierta autenticidad conforme avanza la búsqueda, no deja de resultar hipnótico ver cómo se confunden tras las ventanas, en los paraderos, dentro de los trenes o simplemente en las calles, donde cada variación del entorno revela algo distinto.

José Luis Guerín muestra aquí la consecuencia más evidente de la obsesión: el impulso de reencontrarse con una mujer a la que el protagonista conoció en algún momento y que ahora intenta hallar. La pregunta constante es si realmente va a encontrarla, y a medida que avanza el metraje ese misterio se intensifica sin necesidad de recurrir a artificios grandilocuentes. Basta con el movimiento de la cámara y con la manera en que el protagonista observa cada rostro mientras busca a Sylvia para que todo se convierta en un viaje casi mágico.

Ese instante que alguna vez se capturó y que quizá ya no pueda recuperarse explica la presencia constante del cuaderno, donde aparecen dibujos y anotaciones que remiten a una inquietud artística. El arte, al fin y al cabo, también es obsesión: quedarse con una imagen que vimos una vez y que, al perderse, deja una frustración que la película retrata con pasión y sutileza. No es casual que la comparación con Vertigo (1958) vuelva a surgir, porque era inevitable llegar a ella. Si en la obra maestra de Alfred Hitchcock vemos a Scottie siguiendo a Madeleine por San Francisco, Guerín toma ese impulso y lo extiende durante casi cincuenta minutos en los que quedamos absorbidos por el afán de atrapar esa imagen mágica, ese rayo de luz que alguna vez nos tocó y luego se desvaneció.

Pero aquí no nos quedamos solo en el terreno del arte, sino también en la experiencia humana, en cómo una obsesión puede marcarnos hasta el punto de encerrarnos. Volver a la ciudad de Sylvia implica reencontrarse con los mismos obstáculos y con los mismos rostros alrededor, pero aún así la búsqueda continúa sintiéndose distinta, sin importar cuántos días o años pasen. Ese es, creo, uno de los aspectos más impactantes de la película. Y aun con todo lo que he dicho, apenas cubro una parte de lo que realmente llega a ser, porque la cinta es, sencillamente, magistral.

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