Hace unos días llegó a la cartelera comercial limeña, de manera fugaz, Los bárbaros (2024), película española-peruana dirigida por Javier Barbero y Martín Guerra. Antes, la película participó en el 29° FCL, en la Competencia Latinoamericana – Ficción y su recorrido incluye, además, el estreno mundial en el Festival de Sevilla. No abordaré aspectos formales ni técnicos, pues en Cinencuentro la película ya fue comentada en el marco del festival, sino que me detendré en el tono de su humor, la coherencia ideológica que sostiene la película y en la solidez de sus personajes.
Una de las sinopsis propone la paradoja oficial del filme, la historia va de una juventud suspendida entre la precariedad y la despreocupación. A su vez en palabras de Martín Guerra, codirector, nos dice que “es una película que plantea la idea de la posibilidad de la indiferencia como herramienta para plantar cara ante la crisis económica y política de un país”. Y se diría que es en esa fricción —entre el derrumbe material y una aparente levedad emocional— es donde Los bárbaros afina su tono de comedia dramática agridulce con la intención de un humor que no niega el dolor sino que lo transita: como si la risa fuera el modo humano de mirar lo insoportable sin quedar quizás paralizado.

El filme se organiza alrededor de Marco (Job Mansilla), un joven que “nunca quiso trabajar” y regresa al barrio “con la firme convicción de no dar un palo al agua” (es decir, no trabajar ni esforzarse en absoluto), en una ciudad asediada por la crisis. Allí, con la complicidad de Sergio (Àlex Monner), vigilante de una obra detenida, y Céline (Eliza Rycembel), una extranjera que orbita el mismo extrarradio, la pandilla termina instalándose “a sus anchas” en un edificio cuya construcción ha sido paralizada. Lo decisivo no es solo el gesto de ocupar el espacio, sino la filosofía que los acompaña, una ética de la fuga. En vez de “salir adelante”, ensayan una forma mínima de vida en el paréntesis.
Se podría decir que lo interesante de este estilo de comedia no es “lo gracioso” en sentido convencional, sino el modo en que la película deja que la comicidad emerja como subproducto: de la convivencia en crisis, de la improvisación, de la desfachatez en la que los personajes se encuentran y cómo sus decisiones suspenden la pregunta por el mañana.
Estos personajes hundidos tanto por sus decisiones como por las decisiones que no toman son sujetos en un particular estado: se identifican con el hastío, optan por la apatía como postura y la inmadurez como confortable refugio.
Pero aún así, mientras avanza la trama cada personaje se sumergirá aún más en su propias crisis, llegando a puntos insostenibles. Hacia los puntos de giro finales, cada uno elegirá dar un paso grande o pequeño haciéndose a un lado del marasmo o seguir en él. Tales son el caso de Céline, que anuncia abrirse un paso hacia un desconocido Alicante y al final abandona definitivamente a la pandilla gracias a una amiga; o el caso de Sergio que se encuentra en la decisión moral y filosófica de no querer hacer nada, pero al reanudarse las actividades laborales retoma su trabajo.

Marco, el peruano, es quizás el único que persiste en sus “convicciones” de inicio a fin, fiel a la propuesta de su personaje y a las decisiones que lo dejan en el mismo lugar. Diría que este personaje, a su vez, es también el menos creíble, el más maniqueo e, inadvertidamente, el que me dejó con la sensación de ser el más ridiculizado o vapuleado ideológicamente durante el desarrollo del guion o de la propuesta.
A Marco se le ha colocado un conflicto: él ha regresado a su barrio con deseos, pero estos se ven frustrados. Por ejemplo, vivir de gorra en casa de su novia no será posible, debido a que ya nada es igual. La crisis de la burbuja inmobiliaria azota la ciudad como un fantasma y, pese a ello, Marco atraviesa la historia con el fanatismo de querer seguir siendo él mismo hasta las últimas consecuencias.
A lo largo de la historia veremos cómo Marco es retratado como un personaje insostenible e incoherente. Su novia cuestiona su visión de vida, sus ideales y sus acciones: él protesta de la nada por el avance industrial, su impacto en la ecología y el consumo, y ella lo encara diciéndole “qué es lo que él hace al respecto”. En otra escena, debido a un cumpleaños, él comprará una pizza y hará énfasis en “haber regalado algo”, reflejando una mentalidad conformista donde celebra como mérito el mínimo esfuerzo. De alguna manera, Marco se nos muestra como un personaje inmaduro, ridículo y patético, revelando su desconexión con la realidad; hay también un sabor amargo porque se retrata su mediocridad.
Pero Marco es como es, por persistencia propia, por renuencia a sus ideales, a pesar de que detrás de él se haya mencionado el elemento de la crisis. Y creo que este elemento también se vuelve flojo. Los bárbaros prefiere presentar la crisis como un escenario inmóvil antes que como un sistema explicable. La “crisis inmobiliaria” funciona como telón de fondo en el propio enunciado oficial. Sin embargo, la película no se compromete con mostrar los engranajes: no hay una voluntad marcada de contextualizar ni de cartografiar causas y efectos sociales. En lugar de eso, elige mostrarnos un “encierro”: la crisis existe como un afuera abstracto que aprieta, y los personajes existen como un adentro que flota. El riesgo es que el filme termina sosteniendo una tesis sobre sus personajes que dice: no estamos así por condiciones materiales, sino porque somos así. Es decir, la crisis se vuelve un clima inevitable y los protagonistas, seres atrapados “porque sí”.

Con eso, Los bárbaros se mueve en una zona ambivalente. Por un lado, resulta honesta en su negativa a convertir a sus personajes en emblemas edificantes: no hay moraleja, ni heroísmo proletario, ni sentimentalismo de superación. Por otro lado, esa misma negativa puede leerse como coartada: si la película no entra a las causas, entonces la indiferencia corre el riesgo de presentarse como una decisión, o como una mentalidad individual en la que el patetismo, la precariedad y vivir “mediocremente” es, sobre todo, una responsabilidad que atañe al individuo. Marco es pobre porque quiere; es mediocre y patético porque es ideológicamente inmaduro, no se ha adaptado y, además, siempre persistirá en ello hasta la última escena.
La risa puede tramitar lo insoportable, pero también convertirse en un modo de evitarlo. La película se sostiene en esa cuerda floja: cuando funciona, revela una humanidad contradictoria —querible y triste a la vez—; cuando se debilita, naturaliza el estancamiento como si fuera un rasgo esencial de estos cuerpos jóvenes y no una respuesta histórica.
Sin embargo, el tono abre una pregunta inevitable: ¿cuándo la “indiferencia” es una forma de resistencia y cuándo se convierte en simple anestesia? La película la filma con una simpatía que por momentos parece comprensión y, por otros, coquetea con una neutralidad que deja intacto el problema. Los personajes se construyen, entonces, no tanto a partir de objetivos claros —conquista, ascenso, redención—, sino mediante una suma de hábitos: una forma de estar juntos, de matar el tiempo, de convertir el edificio detenido en una burbuja paralela.
Los bárbaros posee una cualidad difícil: mirar a sus personajes sin corregirlos, sin juzgarlos abiertamente, dejándolos existir como anomalía. En un panorama donde la precariedad suele filmarse con subrayado o con consigna, esta película elige la deriva y el tiempo suspendido. Pero esa misma elección vuelve visible su límite: al renunciar al contexto, la obra deposita demasiado peso sobre la psicología —y sobre la falta de psicología— de sus protagonistas. La crisis aparece como decorado, sin un análisis estructural, reducida a engranajes individuales que no andan bien, pues son el resultado de sus propias malas decisiones o de las decisiones correctas que pueden tomar. Visto de esa manera, el análisis de la crisis se enfoca en lo antropológico cotidiano, en el actuar de los marginados, y no explica nada, puesto que estos personajes solo son individuos depositados en este escenario.
Quizá, entonces, el mérito de Los bárbaros sea el mismo que su problema: mostrar que la juventud puede responder con indiferencia, pero sin decidir si esa fuga es resistencia o apenas una forma elegante de rendirse.



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