«Sirât» (2005): hierofanía tecno


Sirât parece una película de acción relativamente convencional con personajes que enfrentan y superan obstáculos en un territorio agreste, y que deviene en un crescendo de alto calibre. Sin embargo, este no es su punto fuerte, ya que la creciente intensidad viene dada por tratarse de una incursión de lo sagrado en un espacio profano, violento y realista. 

Sagrado porque lo avisa el título y el cartel que abre la película. Allí se enuncia una creencia doctrinal fundamental del islamismo: el sirât, que es un puente sobre el infierno que los fieles tienen que atravesar al morir, para llegar al cielo. “Un puente tan fino como un cabello y tan filudo como una espada”.  Desde un punto de vista simbólico, no es poca cosa. Violento, porque todo ocurre en un territorio desconocido, desértico, peligroso y con tramos muy escarpados. Además de un entorno de violencia bélica (guerras africanas) dentro de vagas alusiones a un contexto mayor, el de una guerra mundial. Y profano porque los personajes están en un rave, una fiesta con música tecno, e inician un periplo en busca de más raves a través de un desierto inmenso, plagado de riesgos logísticos y de seguridad. Lo fascinante es que este espacio tan amplio, inconmensurable, es a la vez un encierro para los viajeros. Un encierro que se irá angostando dramáticamente hacia el final del filme.

En la película, este puente que atraviesa el infierno es resignificado y nos retorna desde lo sagrado a lo profano, evidenciando que el verdadero infierno está aquí mismo, en la Tierra, en los conflictos y guerras que los viajeros sortean y que parecieran ser las que estamos viviendo hoy, fuera de la película.

Todo esto, y más, es alegórico; es decir, es incorrecto limitar la cinta a las peripecias de la pura acción externa. De hecho, este no es un filme de personajes, sino una especie de festival sacro, una hierofanía musical en el que el azar termina por gobernar a los viajeros. 

Así, el gran giro dramático que tanto molesta a algunos por arbitrario –y que puede resultar hasta cruel para el espectador– ocurre por la intervención del azar y –como ya lo he comentado en el caso de otras películas, como Ramón y Ramón –  el azar es lo más cercano a lo sagrado en nuestra vida cotidiana.

Las casualidades que nos sorprenden, para bien o para mal, suceden por azar e incluso el momento exacto de nuestra muerte es casi siempre aleatorio, no lo decidimos nosotros. ¿De quién depende? Llámalo dios, yahvé, alá, la providencia, el destino, alguna misteriosa fuerza cósmica del universo, los médicos, etcétera.

En lo personal, como agnóstico, lo tangible de la experiencia religiosa, lo más próximo a lo sagrado, es el puro azar. Y la experiencia religiosa es hoy fundamental en un mundo con guerras y hasta hasta genocidios religiosos; donde casi la mitad de potencias nucleares tienen gobiernos abiertamente confesionales (EE UU, India, Pakistán) o con fuerte influencia religiosa (Rusia), al igual que muchos otros países del planeta (Israel, Irán, Arabia Saudita, Turquía, Yemén, Siria, Argentina, Perú, el próximo gobierno chileno, la actual Venezuela chavista y un largo etcétera).

En tal sentido, las creencias religiosas y sus mitos no son solo ni principalmente “pensamiento mágico”, sino que obedecen a profundas necesidades sicológicas de las personas y generan movilización y cambios sociales, individuales, políticos y culturales, de todo orden. 

De allí la importancia de que haya películas como Sirât, que exhiban la vivencia de lo sagrado, la exploren y la cuestionen desde la excelencia cinematográfica. Así como otras que separan o contraponen esta experiencia esencialmente individual de la de las iglesias institucionales, que, en muchos casos (no todas o no del todo), son formas de control social, mediante visiones fanáticas, sectarias o fundamentalistas, hoy en boga.

En el caso de la película que comentamos, la música juega un papel clave, ya que es la puerta de entrada a lo sagrado desde el mundo profano. El tecno es resignificado como una función del arte, la de trascender al tiempo, la de permanecer y esto lo acerca a lo religioso tanto como ideal de transformación individual, como de aspiración hacia la perfectibilidad del ser humano.

La música va, entonces, desde lo profano a lo sagrado, como una forma de elevarse e independizarse el contexto mundano (bélico, violento, consumista); mientras que el periplo de los personajes traza un arco narrativo que va en sentido inverso: de lo sagrado hacia lo profano. Esta evolución pasa por dos etapas, la primera de avance y consolidación del grupo de viajeros y la segunda, luego de un quiebre dramático, caracterizada por una tremenda intensificación emocional. 

Este mecanismo cruzado atenazará a los personajes y –siempre, vía el azar– mostrará cómo el arte es insuficiente para superar o evadir los terribles conflictos del mundo real, contemporáneo, del que forma parte; con lo que la película, simbólicamente, adquiere una creciente vigencia en un escenario de ruptura histórica en el escenario geopolítico global. 

En consecuencia, el director Óliver Laxe no busca tanto construir personajes sino que estos existen (o subsisten) en función de los referidos procesos de sentido, de esa aspiración hacia la trascendencia mística conectada con el arte, en este caso, el musical. Mientras que –desde lo real– el padre que busca a su hija en el rave (punto de partida de la acción dramática), al final del viaje por el desierto puede sacar conclusiones sobre su búsqueda, como tramo de un proceso circular, un eterno retorno.     

Lo que conduce a otras resonancias presentes en el filme, pero si quieren conocerlas y tener más detalles para entender este enfoque de la película, los invito a ver mi video-crítica anterior (y complementaria) en mi Facebook o, sino, leer mi reseña previa aquí mismo. 

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