“Exterminio: el templo de huesos” (2026): conciencia post mortem y crecimiento hostil


Es un hecho que el 2025 ha entregado varias películas destacables, siendo algunas de ellas verdaderas sorpresas. En muchos casos se trataba de títulos de los que no sabía bien qué esperar, ya sea por desconocimiento previo o por cierta desconfianza hacia las personas involucradas, a partir de experiencias pasadas que no me habían convencido del todo. Dentro de ese panorama, hubo una película que combinaba ambas sensaciones y que terminó convirtiéndose en una sorpresa particular y me refiero a Exterminio: la evolución (28 Years Later, 2025). Por un lado, pertenece a un universo cinematográfico con el que nunca estuve del todo familiarizado, más allá de haber visto la primera entrega años atrás. Por otro, marcaba el regreso de Danny Boyle a la dirección, un cineasta capaz de ofrecer trabajos muy sólidos, pero también resultados irregulares, lo que hacía difícil anticipar el rumbo de esta nueva entrega.

A ello se sumaba el retorno de Alex Garland al guion, un autor que tampoco es santo de mi devoción. Sin embargo, resulta imposible ignorar el peso que tuvo su escritura en la inicial Exterminio (28 Days Later, 2002), una película que en su momento destacó por la frescura de su propuesta cinematográfica. En Exterminio: la evolución encontrábamos a un Boyle más desatado, dispuesto a experimentar con las formas, y a un Garland interesado en construir una atmósfera inquietante dentro de una Inglaterra aislada por una infección que convierte a las personas en criaturas violentas, evitando deliberadamente el término “zombie”. Más allá del horror, emergía una exploración clara de la familia, del crecimiento y de la presencia constante de la muerte. Aunque los infectados parecieran poseer una segunda vida, en realidad eran individuos ya condenados, idea que atravesaba todo el relato.

Ese planteamiento se reforzaba a través del viaje de Spike (Alfie Williams), un niño que atravesaba un rito de paso al aventurarse fuera de la zona segura. En ese recorrido, el relato no solo abordaba el valor de la familia, sino también la manera en que esta puede trascender incluso a la muerte, enseñanza que adquiría gracias a un personaje clave como el doctor Kelson (Ralph Fiennes). Partiendo de ese cierre, y asumiendo que quien lea esto haya visto la entrega anterior, resulta natural que menos de un año después llegue una nueva película que forma parte de una trilogía.

Exterminio: el templo de huesos (28 Years Later: The Bone Temple, 2026) retoma la historia exactamente donde terminó su antecesora, con Spike siendo interceptado por una secta conocida como los Jimmys, liderada por Jimmy Crystal (Jack O’Connell), un personaje cuya infancia quedó marcada por la muerte de su padre dentro de una iglesia, evento presentado al inicio del filme anterior y que deformó por completo su relación con la fe. En esta nueva entrega seguimos nuevamente a Spike, ahora integrado al grupo de los Jimmys, enfrentándose a un desafío distinto. Ya no se trata únicamente de comprender la muerte o la importancia de la familia, sino de asumir que el mundo no está compuesto solo por la pequeña comunidad en la que creció, sino por individuos con visiones radicalmente distintas, incluso opuestas a aquellas que acaba de incorporar. En paralelo, la película otorga un rol mucho más central al doctor Kelson, a quien vemos en su llamado Templo de Huesos, desarrollando una rutina marcada por la recolección de cadáveres y por su vínculo con un infectado alfa al que ha bautizado como Samson (Chi Lewis-Parry).

Mientras Spike intenta adaptarse, casi a la fuerza, a la lógica de los Jimmys, Kelson habita una cotidianidad que por momentos remite al protagonista de Días perfectos (Perfect Days, 2023), construida a partir del silencio, la observación y la música reproducida en discos de vinilo. Al mismo tiempo, busca comprender a Samson, atenuar su violencia y establecer una forma de comunicación que trascienda el miedo. Estos momentos de aparente calma resultan centrales dentro de la mirada de Nia DaCosta, directora de esta entrega, quien toma el relevo de Boyle —cuyo regreso para la tercera parte ya ha sido anunciado— y propone un acercamiento claramente distinto al material.

El cambio de dirección se percibe con claridad en Exterminio: el templo de huesos. Aquí ya no encontramos la cinematografía frenética grabada con iPhones ni el montaje agresivo de la película anterior. El estilo de DaCosta es más íntimo, más observacional, desplazando su interés hacia las reacciones de los personajes y hacia la tensión que emerge del contraste entre la serenidad de la naturaleza y la monstruosidad que esta puede albergar. Este enfoque resulta coherente con los temas que ahora se priorizan, pues ya no se trata exclusivamente de la muerte en su dimensión física, sino también en su dimensión espiritual.

Ese conflicto se vuelve especialmente evidente en la figura de Jimmy Crystal, quien toma la religión y la retuerce hasta convertirla en un culto perverso, rindiendo adoración a una figura maligna que asocia con su propio padre. Frente a él se alza Kelson, un hombre de ciencia, creyente únicamente del memento mori, plenamente consciente de que el origen del virus no tiene nada de sobrenatural. El choque entre ambos articula dos maneras opuestas de enfrentar la muerte y el sentido de la existencia, y es precisamente en esa confrontación donde la película encuentra algunas de sus ideas más sugerentes.

Sin embargo, junto a sus hallazgos, también percibo una debilidad importante. Más que una película plenamente desarrollada, el film se siente construido a partir de momentos aislados. Existen secuencias potentes, estallidos de violencia que rozan el delirio y pasajes de gran intensidad emocional. No obstante, el conjunto funciona más como una transición que como un relato cerrado. Las dos líneas narrativas, aunque nunca forzadas, podrían haber tenido mayor espacio para expandirse. Personajes como Jimmy Crystal, o incluso el vínculo entre Kelson y Samson, parecen operar más como anticipos de algo que adquirirá consecuencias reales en la siguiente entrega.

Esa sensación se refuerza hacia el cierre, donde la película parece deliberadamente contenida, casi prudente, como si reservara sus decisiones más radicales para la tercera parte, marcada por el ya anunciado regreso de Cillian Murphy. Aun así, incluso reconociendo sus limitaciones, El templo de huesos resulta una secuela más que correcta. Ofrece momentos adrenalínicos cuando debe hacerlo, pero también se permite explorar con mayor sensibilidad el drama interno de sus personajes. Aunque ello implique sacrificar parte del terror más visceral y adoptar una forma más contenida del género, la película mantiene vivo el interés por el destino final de la saga, sin evitar la pregunta de si ese final será realmente el definitivo. Después de todo, no viene mal recordar que, como todo, eventualmente debe morir.

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