Estamos en una época en la que al cine de acción se le exige una esencia casi imparable, una adrenalina constante hecha de persecuciones y tiroteos, como si la película tuviera que mantener el pulso elevado todo el tiempo. Hay contadas excepciones de directores que entienden eso muy bien y lo entregan sin perder el ritmo, como Chad Stahelski con la saga de John Wick o Christopher McQuarrie desde que tomó las riendas de la saga de Misión imposible. En esos casos, esa acción “inagotable” puede funcionar de manera extraordinaria. Fuera de ellos, seguimos encontrando películas que pierden algo que el género manejaba con más naturalidad en el pasado, sobre todo de los años 90 hacia atrás, cuando también se permitía explorar ese espacio más calmado de los protagonistas. Son esas escenas rutinarias y aparentemente mundanas donde se revela información que luego se vuelve relevante para la acción y para el avance de la historia.
Por eso resulta llamativo que Bart Layton, un director con una filmografía no tan amplia, se meta en un cine de género protagonizado por grandes estrellas y con un presupuesto mayor al de sus trabajos previos. Lo interesante es que, en lugar de abrazar el modo de hacer acción más conectado a lo que se espera hoy, con Caminos del crimen (Crime 101, 2026) decide inclinarse por un acercamiento más introspectivo. Prefiere dejarse seducir por la calle y por hacia dónde va llevando a cada personaje. En ese sentido, el referente más claro es Michael Mann, sobre todo por el modo en que Layton reinterpreta Fuego contra fuego (Heat, 1995), una de sus grandes películas, y esa lectura se percibe tanto desde la estructura como desde la manera en que la ciudad se convierte en un organismo vivo dentro del relato.

La película se sostiene a partir de tres figuras centrales. Por un lado está Davis (Chris Hemsworth), un delincuente cuya identidad también funciona como un misterio dentro de la historia. Es un hombre al que se le asignan trabajos y que opera bajo ciertos códigos, con una metodología habitual, teniendo además un vínculo con la autopista 101, al punto de que esta funciona casi como una protagonista más en el relato. Paralelamente conocemos a Lou (Mark Ruffalo), un policía al que se le recalca constantemente que no ha ascendido en su puesto. Él se siente fracasado, y esa frustración alimenta su obsesión por atrapar a Davis y descubrir quién es, convencido de que esa captura es la única forma de ganarse el respeto de sus colegas. A ellos se suma Sharon (Halle Berry) quien trabaja en una aseguradora y sostiene tratos frecuentes con millonarios. Justamente por esa labor, termina chocando con las dos grandes fuerzas del relato, la ley y el crimen, ubicándose en el punto donde ambas buscan encontrarse y colisionar.
Y volviendo a la comparación con Michael Mann, uno puede pensar en Fuego contra fuego, pero también en Collateral (2004), con ese lado nocturno de Los Ángeles y con personajes que tienen aspiraciones y son puestos a prueba por un mundo exterior que parece diseñado para dañarlos. Layton no quiere reducirlo todo a una historia de policías y ladrones donde la justicia simplemente debe prevalecer. Hay algo más humano, algo que se instala desde los diálogos, los encuentros y también desde los silencios. Hay momentos donde los personajes no hacen nada más que callar, o quedarse quietos, y aun así la película va dejando un cuestionamiento constante sobre lo que hacen y sobre si aquello a lo que han dedicado su vida realmente les ha servido de algo.

En esa observación aparece un eje que atraviesa la película con fuerza, el tema de la edad. Cada personaje carga, a su modo, con la sensación de ser desplazados por gente más joven que cree hacer mejor el trabajo. Se desestima la experiencia y se asume que, por tener más edad, ya no son funcionales dentro del modo en que opera el mundo ahora. Esa tensión se vuelve directa con la presencia de diversos personajes que parecen reemplazar a los protagonistas y, por ejemplo, en el caso de Davis, eso se ve mediante la presencia de Ormon (Barry Keoghan), otro delincuente más joven, más osado y por lo tanto menos preparado para ejecutar los golpes. No solo actúa con mayor impulsividad, sino que tampoco posee esa serie de códigos, ese orden y esa manera de hacer las cosas que sí tiene Davis. Todo eso instala la idea de un mundo donde ya no hay reglas estables, donde incluso quienes creían dominar el sistema empiezan a quedar fuera de lugar.
Ese caos está en el corazón de la ciudad que presenta la película que se ve desde el primer plano, con esa toma general de la ciudad al revés, que obviamente no es un gesto gratuito. Desde ahí se sugiere que estamos lidiando con un espacio donde el orden está invertido, donde lo que menos hay es estructura y donde las rutas que se suponía que debían seguirse ya no conducen a nada. Y lo interesante es que esa desorientación aplica para ambos lados, para lo que solemos llamar el bien y para lo que solemos llamar el mal. Davis, por ejemplo, tiene a un contratante mayor, alguien que ya no parece tener el criterio de antes. Y aun así, en lugar de sostener a Davis debido a sus dilemas morales que nacieron por un atraco reciente, termina prefiriendo a un ejecutor más joven, alguien que hace menos preguntas y actúa con mayor ímpetu. Esa elección no solo es práctica, también es síntoma de un sistema que prioriza la urgencia por encima del método.
Todo esto se articula con el título original de la película en inglés, que tiene un doble significado. Crime 101 alude, por supuesto, a la autopista ya mencionada, pero también permite una lectura simbólica más sugerente. Ese 101 no es solo una referencia funcional, sino que puede entenderse, dentro de la numerología, como la representación de un nuevo despertar, de una posibilidad de empezar de nuevo. Desde el inicio intuimos que eso es justamente lo que los personajes buscan. La autopista, visible dentro del filme, deja entonces de ser únicamente un elemento espacial para convertirse en la materialización de ese tránsito, de ese camino que debe recorrerse para eventualmente conseguirlo.

El sentido pedagógico del «101» —asociado en inglés a un nivel básico de aprendizaje— no desaparece, mas no significa que no adquiera un lugar complementario. No se trata solo de una lección elemental sobre el crimen, sino de un reaprendizaje más amplio sobre cómo opera el mundo. Los personajes, incluso aquellos que no están vinculados directamente con el crimen, van entendiendo sus reglas y descubriendo qué hay detrás de un sistema en el que confiaron por mucho tiempo. El propio Davis se enfrenta a esa revelación, con su moral autoimpuesta, esa idea de ejecutar golpes sin infligir daño y manteniéndose como un completo anónimo, empezando a perder sentido en este nuevo escenario. En ese contexto, todos se ven obligados a aprender de nuevo, teniendo el deber de volver a entender cómo moverse en una ciudad que ya no parece aceptar a gente como ellos.
Lo fascinante es que Layton logra sostener todo esto sin abusar de los recursos más fáciles del género. Hay tiroteos, peleas y persecuciones que aparecen en momentos precisos y eso importa, porque la acción constante podría ser una forma rápida de atrapar al espectador. Layton toma una vía más exigente, confiando en que uno se deje atrapar por la atmósfera, por la tensión, por esa idea de libertad que recorre la película. Porque al final también se trata de eso, no quedándose solo como un relato de crimen o de persecución, sino una manera de entender la libertad, aprendiendo a desenvolverse en este mundo para, recién ahí, saber cómo ser libres. También hay una conciencia de que las cosas ya no son como antes, y que esa pérdida de orden no es solo una idea abstracta, sino algo que termina afectando cómo se vive, cómo se trabaja y cómo se sobrevive.
En ese sentido, Caminos del crimen busca darnos los primeros pasos para iniciar de nuevo, mostrando cómo no dejarse llevar por un aparente orden que, como se evidencia, está diseñado para beneficiar a unos pocos y esa es parte de lo que la distingue. Es cierto que la historia pudo haberse afinado más, reduciendo un poco la multiplicidad de personajes. Si bien esa amplitud ayuda a construir el ecosistema, también hace que, sobre todo hacia la mitad, cueste seguir con claridad el hilo conductor. Aun con eso, me parece una película muy bien hecha, y una que invita a entender el cine de acción no solo como un cine de emociones y de golpes, sino como un cine con pulso y con alma.



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