Sin duda, hay momentos en los que, al hacer una crítica de cine, uno necesita cuestionar su propia manera de encarar una obra. Surge entonces una tensión inevitable: ¿qué termina pesando más, la dimensión moral o la estrictamente cinematográfica? ¿Debe prevalecer el acuerdo o desacuerdo con las ideas que la película propone, o la forma en que estas son construidas y expuestas en pantalla? No es raro que ambas dimensiones entren en fricción. Algunos espectadores privilegian el contenido temático; otros, el dispositivo formal y las ideas que se elaboran en torno a este. Y en medio de ese cruce aparece otro factor incómodo: el temor a que una valoración negativa hacia una película que aborda un asunto sensible sea interpretada como un rechazo frontal hacia aquello que la obra defiende. Sin embargo, aunque a veces cueste aceptarlo, disentir con una película no equivale a disentir con la causa que la atraviesa. Uno puede tener convicciones morales claras respecto al mundo real y, aun así, encontrar reparos en una ficción, incluso si esta se basa en hechos reales.
Esto es algo que, en mi experiencia personal, se hizo evidente con una película como Uyariy (2025), el documental de Javier Corcuera. Me parece una buena película y empatizo plenamente con las ideas que propone, con aquello que podría entenderse como su mensaje central. No obstante, eso no me impide notar que presenta ciertas fallas, aspectos que evitan que el conjunto alcance una condición de perfección. Estar de acuerdo con lo que una obra quiere decir no obliga a ignorar cómo lo dice. El cine no es únicamente un vehículo de mensajes; es también una articulación compleja de mirada, recursos, decisiones de puesta en escena, construcción dramática, manejo del ritmo y organización del lenguaje audiovisual. Esa distinción es crucial para entender el tipo de conflicto que encuentro al enfrentarme a la película de la tunecina Kaouther Ben Hania.

La voz de Hind Rajab (Ṣawt Hind Rajab, 2025) ha causado un impacto considerable en gran parte de la audiencia, ganándose una alabanza cercana a la unanimidad. La película se inscribe en un contexto devastador que, por su propia naturaleza, exige atención: el genocidio que Israel comete contra Palestina. En lugar de intentar abarcar la totalidad del conflicto, Ben Hania opta por un caso específico: el asesinato de una familia palestina y, más concretamente, la desesperada llamada de auxilio de una niña de seis años que, durante un tiempo insoportable, permanece con vida entre los cadáveres. Hind Rajab no aparece físicamente en pantalla; existe únicamente a través de su voz, y ese gesto formal define toda la experiencia. La película construye su tensión desde la escucha, desde la ausencia, desde la imposibilidad de ver aquello que sabemos que está ocurriendo.
El dispositivo es, en apariencia, sencillo, pero su eficacia es innegable. Al trabajar únicamente con la voz de la niña y las reacciones de quienes intentan ayudarla desde una línea de emergencia, la directora parece tratar el caso con extremo respeto, evitando cualquier tentación de espectacularización visual. El espectador se vuelve partícipe de una espera angustiosa: la atención se concentra en cada palabra, cada silencio, cada interferencia sonora. Sabemos que se trata de un hecho real, ampliamente difundido, cuyo desenlace es conocido. Aun así, la película logra mantenernos atentos, emocionalmente involucrados, suspendidos en una tensión que no depende del suspenso tradicional, sino de la experiencia misma de la desesperación.

Paralelamente a la voz de Hind Rajab, la dimensión visual —que en otro tipo de película podría centrarse en la víctima— se desplaza hacia los operadores del centro de emergencias que atiende la llamada, quienes intentan articular un rescate imposible. La oficina, espacio aparentemente estable, se convierte en el escenario central del drama, manifestando la impotencia y la imposibilidad de intervenir directamente. Resulta inevitable recordar El culpable (Den skyldige, 2018), de Gustav Möller, donde también seguíamos a un operador que construía la tensión únicamente a través de la voz de la víctima. En ambos casos, ese entorno cerrado comienza a cargarse de una atmósfera opresiva. La aparente calma administrativa se resquebraja bajo la presión de una tragedia que ocurre fuera de campo.
La experiencia se vuelve profundamente desesperante, y la cinta no se desvía de su objetivo principal. Ben Hania podría haber construido subtramas en torno a los operadores, explorar sus vidas privadas o dramatizar cómo el conflicto los afecta más allá de la oficina. Sin embargo, hacerlo probablemente habría diluido la fuerza del dispositivo, introduciendo distracciones que restaran intensidad al acontecimiento central. En ese sentido, la decisión de concentrarse casi exclusivamente en la llamada y sus repercusiones inmediatas funciona como uno de los grandes aciertos del film.
Pero es precisamente aquí donde emerge el aspecto más discutido de la película. Como es sabido, la cineasta utiliza la verdadera voz de Hind Rajab. Lo que escuchamos no es una recreación ficcional, sino la voz real de la víctima, y ese gesto rompe de manera radical la barrera entre lo dramatizado y lo real. La película deja de ser únicamente una ficción inspirada en hechos reales para incorporar directamente un elemento documental de una dureza extrema. Es entonces cuando surge una pregunta incómoda pero necesaria: ¿hasta qué punto el uso de la voz real opera como el gran recurso efectista del filme? ¿Habría tenido la misma potencia emocional si una actriz hubiese recreado los diálogos?

Desde mi experiencia personal, resulta evidente que saber que se trata de una niña real intensifica la angustia; la carga emocional se multiplica. Sin embargo, una vez terminada la película, la inquietud persiste. ¿Cuánto del impacto proviene del dispositivo cinematográfico y cuánto del peso moral del material utilizado? ¿Habría sido igualmente celebrada si prescindía de ese elemento? La pregunta no busca desmerecer los logros de la obra, sino interrogar los límites del lenguaje cinematográfico y sus estrategias de interpelación.
Más allá de ello, incluso aceptando la legitimidad del recurso, pueden identificarse ciertas oportunidades desaprovechadas. El espacio de la oficina, núcleo dramático del relato, podría haberse explotado con mayor intensidad formal. La sensación de caos, desmoronamiento y desesperación institucional podría haberse trabajado de manera más incisiva. Existe, sin duda, una crítica hacia Israel, plenamente justificada en el contexto del rescate frustrado. Al mismo tiempo, se percibe la posibilidad de profundizar en la incompetencia burocrática, en la parálisis administrativa, en esa maquinaria que responde con protocolos cuando la urgencia exige humanidad.
Llega un momento en que la acumulación de gritos, llantos y expresiones primarias de desesperación puede generar una percepción ambigua. La tensión, aunque presente, parece apoyarse cada vez más en la dimensión emocional directa que en un desarrollo sostenido del suspenso cinematográfico. La película apela intensamente al sentimiento, algo comprensible dada la naturaleza del acontecimiento, pero que también invita a reflexionar sobre el equilibrio entre emoción construida y emoción inducida.
Nada de esto convierte el uso de la voz real en algo inherentemente negativo. No se trata de condenar a la directora ni de atribuirle intenciones crueles. Más bien, la película se vuelve interesante precisamente porque obliga al espectador a formular estas preguntas. ¿Qué es válido y qué no dentro del arte? ¿Hasta dónde puede llegar una obra en su afán de denuncia? ¿Cuáles son los límites éticos del dispositivo cinematográfico cuando trabaja con material real tan doloroso?
En última instancia, la película opera como un espacio de reflexión más amplio sobre la relación entre cine, moralidad y representación. El peso que cada espectador otorgue a estas dimensiones variará inevitablemente. Esa variabilidad forma parte de la experiencia artística. El arte no solo propone respuestas; también activa incomodidades, dudas y tensiones internas. Y en ese terreno, La voz de Hind Rajab encuentra una de sus mayores virtudes.


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