Premios Óscar: “Arco” (2025): buscando calidez en el mañana


Creo que ya es evidente percibir el contraste entre la visión del futuro que predominaba décadas atrás y la que domina actualmente. Basta recordar caricaturas como Los Supersónicos para notar que, incluso cuando se insinuaba un posible caos, el mañana solía representarse con una estética luminosa, asociada al progreso y a cierta fascinación tecnológica. Hoy, en cambio, el imaginario se ha desplazado casi por completo hacia lo distópico, mostrando mundos devastados o sociedades colapsadas, denotando que el futuro ha dejado de ser promesa para convertirse en advertencia. Este cambio no es casual, debido a que si observamos la falta de compromiso de las grandes potencias frente a crisis globales, sumada al desgaste colectivo respecto a lo que pueda ocurrir mañana, resulta comprensible que el porvenir ya no se conciba como un territorio particularmente esperanzador.

Esa tendencia es especialmente visible en muchas producciones estadounidenses. Resulta irónico que uno de los países que más incide en la configuración de un futuro incierto sea también uno de los que más insiste en imaginarlo desde la devastación. Precisamente por eso, mirar hacia otras cinematografías puede resultar revelador. Explorar cómo distintos contextos culturales representan el mañana permite descubrir sensibilidades menos atrapadas por el nihilismo dominante. En ese desplazamiento aparece Arco, una película que no tenía especialmente mapeada y cuyo conocimiento previo se limitaba a comentarios surgidos tras su paso por el Festival de Cannes, donde algunos llegaron a especular con la posibilidad de que repitiera un fenómeno similar al de Flow (Straume, 2024).

Sin embargo, ese no ha sido exactamente el caso con la ópera prima de Ugo Bienvenu. Comparada con la película de Gints Zilbalodis —aquella experiencia sin diálogos y protagonizada por animales que encontraba en la cadencia de sus imágenes y en la potencia de sus ideas una forma singular de expresión—, Arco se mueve en un registro distinto. No apuesta por la misma audacia formal ni por una ambición discursiva tan marcada, optando por una propuesta más contenida y menos enfática en su búsqueda de trascendencia. Y es justamente allí donde radica uno de sus rasgos más interesantes, porque en lugar de aspirar a una gran declaración sobre el futuro, construye un relato sólido dentro de su propia lógica y atravesado por una mirada que se distancia del pesimismo predominante.

La historia presenta a Arco, un niño proveniente de un futuro lejano, específicamente del año 2932. Ese mundo dispone de una tecnología que permite volar y desplazarse entre distintas épocas. Impulsado por la curiosidad y la falta de experiencia, Arco decide aventurarse sin el permiso de sus padres, abandonando el entorno protegido en el que vive. El viaje termina en un accidente temporal que lo conduce al año 2075, un tiempo que funciona como pasado para él y futuro para nosotros. Allí conoce a Iris, una niña que lo ayudará a regresar a casa y evitar que su presencia desencadene consecuencias mayores, ya que la tecnología que porta resulta demasiado avanzada para ese contexto, llamando la atención de la sociedad en la que se vive.

Dentro de este marco, la película incorpora elementos reconocibles del cine de ciencia ficción. La presencia de robots forma parte del imaginario futurista tradicional, y entre ellos destaca Mikki, figura que asume un rol importante como asistente de Iris y de su hermano menor, Peter. Este entorno doméstico introduce una dimensión significativa al notar que los padres de los niños no suelen estar presentes de forma física, lo que configura una dinámica familiar marcada por la distancia emocional. Al articular protagonistas jóvenes, la niña de ese presente y el niño desplazado en el tiempo, los realizadores parecen dirigirse explícitamente a los espectadores más pequeños, construyendo un relato que intenta transmitir la idea de que aún es posible imaginar un futuro no completamente subordinado a la tecnología.

Aquí se encuentra uno de los núcleos temáticos más potentes del filme. Lejos de formular una crítica simplista que reduzca el conflicto a la idea de que la tecnología es negativa en sí misma por la distancia que genera, Arco propone una lectura más matizada. Reconoce que se trata de un elemento inevitable, algo con lo que conviviremos cada vez más. Sin embargo, insiste en que esa convivencia no debe anular dimensiones esenciales de la experiencia humana, particularmente los vínculos familiares y la conexión entre las personas. La interacción entre Arco e Iris enfatiza esta tensión, con el primero estando sorprendido ante un mundo donde las personas parecen distanciadas, encapsuladas en dinámicas de aislamiento que incluso se representan visualmente mediante el uso constante de lentes oscuros, siendo una sociedad que parece evadir su propio entorno.

El contraste con el mundo de Arco es claro. A pesar de provenir de una realidad tecnológicamente distinta, su vínculo familiar permanece como un eje central de su identidad. Esa diferencia estructura el conflicto narrativo y establece un diálogo evidente con referentes cinematográficos. Resulta difícil no advertir la influencia de, por ejemplo, E.T., el extraterrestre (E.T. the Extra-Terrestrial, 1982), una de las películas más memorables de Steven Spielberg, donde una protagonista infantil, inmersa en un entorno familiar fracturado, emprende la misión de ayudar a un ser ajeno (en este caso, un viajero temporal) a regresar con los suyos. Además, la presencia del visitante funciona como catalizador para la eventual recomposición de vínculos debilitados.

A nivel estilístico también se perciben ecos de Studio Ghibli. La animación en 2D le otorga a la cinta una cualidad visual delicada, donde la textura y la sensibilidad pictórica ocupan un lugar central. Las imágenes del cielo y el trazo lumínico del vuelo de Arco, que se manifiesta como un arcoíris, constituyen algunos de los momentos más logrados del conjunto. No se trata solo de una decisión estética, sino de una forma de inscribir la película dentro de una tradición que asocia la animación con la contemplación y la emoción visual.

No obstante, a pesar de la claridad conceptual y de sus virtudes evidentes, la película deja una sensación de ver algo que, para ser correcto, no va mucho más allá. Si bien plantea sus ideas con coherencia y sin excesos discursivos, el desarrollo narrativo se mantiene en un registro moderado. Más allá del deseo de Arco por regresar a casa, el conflicto no alcanza una complejidad particularmente profunda. El mundo del que proviene carece de mayor elaboración dramática, mientras que el entorno de Iris, aunque poblado por personajes potencialmente entretenidos como Dougie, Stewie y Frankie, los tres hermanos que buscan tener la tecnología de Arco, no termina de consolidarse como un espacio realmente fascinante, siendo solo entretenido y ya.

Ese es quizá el principal y único reparo que deja el visionado. La impresión final no resulta tan impactante ni tan perdurable como la que generan los referentes con los que inevitablemente dialoga. Películas como E.T., el extraterrestre o buena parte de la obra de Ghibli logran trascender generaciones. En el caso de Arco, queda la duda sobre si alcanzará una resonancia similar. No porque la película falle, sino porque parece optar por una ambición más contenida.

Esa contención no invalida sus logros. Bienvenu demuestra sensibilidad visual y una comprensión clara del público al que se dirige. No obstante, persiste la impresión de que existían oportunidades para enriquecer el universo narrativo, intensificar los contrastes temporales y profundizar los conflictos. Una mayor ambición no habría implicado necesariamente pretenciosidad, sino una ampliación de las posibilidades expresivas del relato.

En última instancia, Arco se sostiene como una película valiosa, interesante y honesta en sus intenciones. Su mayor virtud radica en proponer una mirada del futuro que se distancia del pesimismo dominante. En lugar de enemistarnos con lo que está por venir, invita a comprenderlo y a recordar que la convivencia con la tecnología no tiene por qué desplazar aquello que nos define como personas. Más allá de sus limitaciones narrativas, el filme encuentra su fuerza en esa voluntad de reconciliación y en su insistencia por imaginar un mañana donde los vínculos humanos continúen ocupando un lugar central.


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