[Entrevista] “Hay un país que no escucha al otro”: Javier Corcuera y la memoria de «Uyariy»


El director Javier Corcuera conversó con nosotros sobre Uyariy (2025) su más reciente documental, que aborda el estallido social y la matanza del 9 de enero de 2023 en Juliaca. La conversación se enmarca en el anuncio de su estreno comercial, pues llegará a las salas este 8 de enero, un gesto simbólico al situarse en la semana del aniversario de los hechos. Esta entrevista aparece, además, en un clima de retroceso institucional: el reciente anuncio de desactivación de equipos fiscales clave vinculados a corrupción y derechos humanos reaviva el temor a que se debiliten investigaciones sensibles y se frenen avances construidos por fiscales especializados, incluso bajo presión. En ese escenario, Uyariy no solo se proyecta como una película, sino como una invitación urgente a escuchar.

Ricardo Mendoza: Uyariy se traduce del quechua como “escuchar”, y en el documental esta idea de la escucha parece operar en varios niveles. ¿Qué significa “hacer escuchar” al espectador cuando lo que se cuenta suele ser negado, tergiversado o estigmatizado?

Javier Corcuera: Bueno, el título de la película, Escuchar, surge porque es la palabra que más se repite en la película. Dicen varias veces, y en otro material que no está en la película siempre dicen: es que no nos escuchan, no nos escuchan, no nos quieren escuchar. Entonces así es que se va repitiendo la palabra, y finalmente pensé en que podía ser el título de la película, porque hay un país que no escucha al otro, pero no ahora. La palabra en realidad es una reflexión más grande: es desde que somos república, desde hace 200 años no se ha escuchado a ese otro país, a esas naciones, a esos pobladores, a esos campesinos, a esas personas que están en el sur andino, concretamente en esta película, en quechua y aimara. Entonces eso es lo que dio título a la película, pero viendo incluso un poco más allá, como una reflexión mucho más amplia, de mucho más tiempo, no solamente de este momento.

Javier Corcuera, director de Uyariy. (Foto: Ricardo Mendoza)

Uyariy recorre varias líneas de tiempo conectadas al 9 de enero de 2023, y una de ellas es la memoria: la película recuerda que Puno acumula una memoria de represión estatal y otra memoria de resistencia. El espectador observará cómo se abordan, para quien no los conoce, hechos como Huancho Lima (1923) —la “Ciudad de las nieves”, un proyecto de autogobierno aimara sustentado en escuelas rurales y organización comunal, que denunciaba el gamonalismo, reclamaba la defensa y recuperación de tierras comunitarias y aspiraba a establecer una capital indígena con reconocimiento estatal; el 16 de diciembre de 1923 fue desmantelado mediante una intervención armada con incendios y ejecuciones, recordada como una masacre—; aborda también la gesta cívica del 4 de noviembre de 1965 en Juliaca, un paro de 11 días por servicios básicos —agua, desagüe, electricidad, hospital, mercado, camal— y por la descentralización frente a la mala gestión de CORPUNO, reprimida con cinco muertos. La memoria de rebelión indígena también se muestra: Rita Poma, como parte de los liderazgos aimaras, y las escuelas rurales nocturnas de Aña Aña‑Huancho (1910–1921), espacios donde se alfabetizó y se politizó la defensa comunal, hoy reaparecen en las mujeres, jóvenes y brigadistas que sostienen el cuidado y la organización —una memoria que humaniza el duelo y afirma la dignidad frente a la violencia.

Ricardo Mendoza: En esa línea, el documental plantea que la represión en la región parte de una violencia histórica; pero también abre otra veta: la de la resistencia, por ejemplo se verán casos como el de Rita Poma y su labor en las escuelas rurales. ¿Qué me podrías decir de esta idea?

Javier Corcuera:  Esta película se empieza a hacer sin saber que se está haciendo una película. Como muchas películas documentales que surgen de ir a documentar un momento, que quede un documento de algo que ha sucedido: vas rodando, vuelves al lugar y va cambiando o creciendo la película. En un primer momento estábamos centrados en lo que había sucedido el 9 de enero, pero conversando con las personas, con los familiares, con los manifestantes, con la gente que estaba en la calle —hay que recordar que Juliaca estuvo tres meses y medio en huelga general— nos decían: es que hace 200 años que nos matan, entonces esto no es de ahora. Esto ha pasado. Nos hablaban del 65, y la matanza que hubo entonces, y de otras muchísimas. También se mencionaba a Huancho Lima: justo se habían conmemorado los 100 años. Entonces empecé a reflexionar sobre qué película estábamos haciendo realmente, o qué película posible había, y pensamos que la película podía ser una reflexión más amplia sobre algo que viene sucediendo desde que existimos como república. Ahí es donde la película cambia y entonces se convierte en un viaje de memoria, y retrocede incluso 100 años a buscar a los descendientes de Rita Poma, por ejemplo, que fue una gran luchadora y una maestra aimara que creó escuelas clandestinas para poder enseñar a leer y escribir a los campesinos, y la ejecutaron de una manera terrible.

Ricardo Mendoza: Volviendo al inicio del proyecto: ¿cómo fue tu primer acercamiento con los familiares y sobrevivientes? ¿Cómo se fue construyendo la confianza y la aceptación de salir en el documental?

Javier Corcuera: Fue muy rápido, porque nosotros entramos a Juliaca en un momento en que muy poca gente había conseguido entrar. Llegamos en el momento clave porque era el momento en que se estaban organizando los familiares: ya habían pasado dos semanas, estaban empezando a juntarse. Había mucho miedo, había amenazas; los heridos no se atrevían a ir a los hospitales. Era un momento difícil y nosotros llegamos cuando se estaban empezando a juntar en la parroquia del padre Luis Zambrano. Entonces llegamos, como en toda película documental: el momento en que apareces importa. Estaban deseando contarlo a pesar de que había miedo, y estábamos ahí. Se lo ofrecimos: les ofrecimos la posibilidad de contarlo y, bueno, se pusieron delante de la cámara. Yo creo que además los testimonios son de una fuerza, una sinceridad y una dignidad muy grande. En general, yo intento dar la voz y poner la mirada desde donde están los protagonistas. En este caso, los familiares de las víctimas, que tenían una fortaleza sorprendente porque fue tremendo todo; una dignidad muy grande, y unas ganas de luchar por justicia y reparación que no los va a detener nadie. Notamos esa valentía y esas ganas de resistir hasta conseguir justicia.

Ricardo Mendoza: Durante la elaboración del documental, ¿tenías presente la narrativa de estigmatización contra las víctimas? ¿Buscaste responder o refutar algún discurso desde la película? 

Javier Corcuera: No. O sea, esta es una película que, desde la mirada de las personas que han sufrido eso, intenta, invita a pensar. Cuando empezamos a rodar no había más que la intención de darle la voz, darle la palabra. Y luego todo lo demás es parte de la realidad. Es decir, los estigmas, lo de esto y lo otro, es parte de la realidad porque estaba ahí. Pero yo creo que las personas que salen en la película lo hacen desde una sinceridad muy profunda. Y la verdad es que incluso a mí muchas veces me sorprendía durante las entrevistas.

Ricardo Mendoza: Durante la grabación y luego en la edición, ¿hubo momentos o escenas que decidiste no registrar o que preferiste dejar fuera? ¿Qué criterios guiaron esta selección?

Javier Corcuera: Sí, en toda obra documental tú ruedas una cantidad de material que luego no está en la película. No sé cuántas horas tendría yo de testimonio, pero hay que construir un relato: un relato de hora y media. Entonces la construcción de ese relato condiciona lo que eliges. Hubo mucho material importante que se quedó fuera, pero así es el cine: hay como una vida interna en las películas que te dice lo que encaja y lo que no.

Ricardo Mendoza: Algo que me pareció significativo fue la manera en que el documental se acerca a los rituales, despedidas y formas de relacionarse con la muerte en la región. ¿Qué tan importante fue para ti observar y documentar eso para la propuesta?

Javier Corcuera: Sí, nosotros también de alguna manera nos pusimos a disposición de lo que les interesaba rodar a los familiares. Y eso va desde cosas estrictamente testimoniales, o su participación en determinadas movilizaciones, o en sus cantos, porque por ejemplo hay una familiar que canta a su hija; pero también sus rituales de sanación, sus despedidas. Y bueno, fue un trabajo al que fuimos, donde hubo una conexión muy grande con ellos. Muchas de estas escenas que hay en la película es por la confianza que se había generado y la invitación a poder rodarlo. El elemento de la música también es importante.

Ricardo Mendoza: Cuénteme un poco más de ese elemento de la música que se va a ver en la película. ¿Cómo fue ese proceso entre registrar la música popular que ya existía y sumar canciones que se componen para momentos o testimonios concretos?

Javier Corcuera: Sí, la música estaba ahí, estaba en la calle. Las bandas de música, los sicuris, las cantantes… La música popular cumplió un rol muy fuerte en la vida de Puno. Y eso estaba ahí, eso no estaba preparado: estaba sucediendo y lo registramos. También hubo alguna canción compuesta para la película, o mejor dicho: por ejemplo, la madre de una de las víctimas compuso una canción y nos pidió cantarla. También Edith Ramos cantó una canción que preparó para un momento, un encuentro, una iglesia, una misa con los familiares. Pero todo se fue dando de manera natural. También están canciones que ya existían, que contaban los acontecimientos del año 65. Entonces fuimos sumando todas esas canciones y de manera natural entraron en la película porque estaban ahí: eran parte de la realidad.

Ricardo Mendoza: En el contexto actual, hemos visto iniciativas y decisiones que podrían debilitar la búsqueda de justicia: por un lado, un proyecto de ley anunciado por el presidente del Congreso, Fernando Rospigliosi, para modificar el Código Penal en relación con responsabilidades de la PNP y las Fuerzas Armadas; y por otro, el anuncio de desactivación de equipos especiales del Ministerio Público vinculados a hechos de violencia. En ese escenario, el caso de Juliaca sigue abierto y la búsqueda de justicia continúa pendiente. ¿Cómo lees tú ese horizonte de impunidad y, al mismo tiempo, la persistencia de las familias en su reclamo?

Javier Corcuera: Bueno, el caso del 9 de enero y de los otros muertos en Perú es un caso de impunidad absoluta, de desprecio y de impunidad. Y los familiares no van a parar hasta conseguir justicia. Y lo hacen por ellos, por sus seres queridos y por el país. No creo que sea posible detenerlos hasta que no lo consigan, sinceramente. En eso sí, yo tengo esperanzas, porque, como dice uno de los protagonistas de la película, esto siempre ha sido así, pero no siempre tiene que ser así. Y depende de los peruanos y las peruanas de que no sea así: de que una vez más no exista impunidad, y que además depende también de todos y de todas que no se vuelva a repetir. Tenemos que ser capaces de tener un país donde esto no suceda nunca más.

Ricardo Mendoza: ¿Tú crees que desde la herramienta del cine se puede contribuir para que se dé una movilización de justicia y este acercamiento para el cambio del panorama? 

Javier Corcuera: Yo creo que todas las herramientas valen, el cine, el arte popular, la música, las canciones que existen. Pero también la organización, la ciudadanía, todo. Todo empuja para que la impunidad no sea una cosa que siempre sucede en Perú. En general, el cine documental es un cine de registro de la realidad. Y en algunos casos tiene una denuncia, puede ser un instrumento útil. Pero las películas nos cambian los países. Y eso depende de los peruanos y las peruanas. 

Ricardo Mendoza: En ese marco, ¿qué significa para ti entonces que Uyariy llegue a las salas comerciales?

Javier Corcuera: Para mí es muy importante que esta película se pueda ver en el Perú, porque para eso ha sido creada, porque es parte de nuestra memoria. Y además es una película a la que yo espero que la gente pueda asistir para que no la quiten. Es una película que merece la pena que podamos reflexionar viéndola. Esa es mi máxima expectativa con Uyariy: que se pueda ver en el Perú.

Ricardo Mendoza: ¿Qué le dirías al espectador peruano que se encuentra con la película en el “menú” de la cartelera, quizá sin conocer tu trayectoria o sin estar familiarizado con el tema? ¿Cuál sería tu invitación —o tu llamado— antes de verla?

Javier Corcuera: Yo le diría que es una película que merece la pena verse y que creo que abre una ventana a una realidad que es bueno compartir. Creo además que difícilmente se arrepentirá de ver la película porque creo que la película invita a la reflexión. Creo que, al salir de la sala, sientes que has aprendido algo sobre nuestro propio país.

Ricardo Mendoza: Para cerrar, ¿hay algo más que quisieras agregar?

Javier Corcuera: Solamente agradecer a los familiares que me ayudaron a hacer esta película, familiares de las víctimas. Mencionar también a los cientos de heridos, que muchos ya no pueden trabajar, que nadie los recuerda, que están ahí. Y agradecer también al equipo y a las personas que están haciendo posible que esto esté en las salas.

En efecto, el marco actual no favorece la percepción de que la justicia esté avanzando en el país. Mientras el Congreso tramita iniciativas como el proyecto presentado por Fernando Rospigliosi para modificar el artículo 20 del Código Penal y ampliar supuestos de exención de responsabilidad penal para miembros de la PNP y las FF. AA. en contextos de protesta (incluyendo una disposición transitoria aplicada a hechos de 2022–2023), el Ministerio Público atraviesa una reconfiguración que ha encendido alertas: el 6 de enero, el fiscal de la Nación interino, Tomás Gálvez, oficializó la desactivación de equipos especiales —entre ellos el EFICAVIP (Equipo Especial de Fiscales para casos con víctimas durante las protestas sociales)— y el traslado de sus casos a fiscalías especializadas. Bajo esas condiciones, “escuchar” deja de ser una metáfora estética y se transforma en otra cosa. Con su llegada a las salas comerciales Uyariy puede convertir —aunque sea por 90 minutos— la sala de cine en un espacio de escucha. Y el espectador no solo verá una película: escuchará nombres, historias y heridas sin eufemismos; y, al salir, quizá se sienta llamado a conversar, a compartir información verificada y a acompañar memorias que siguen buscando justicia. Ahí está el punto: escuchar es devolver nombres, abrir conversación pública e impedir que la memoria quede otra vez fuera de plano.


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