10 destellos del cine del 2025, para Gustavo Herrera 


2025 ha sido como esa extensa llanura apacible pero monótona que suele venir tras un tramo de carretera lleno de subidas, curvas y algún que otro abismo (como el de esa escena catastrófica de Sirât). No ha sido necesariamente decepcionante, sobre todo comparado al bajón de 2024, pero tampoco ha ofrecido muchos motivos de celebración. A nivel global han habido propuestas arriesgadas a las que me acerqué con curiosidad solo para que al final estallen en mi cara (gracias Laxe, Boyle y Song). Afortunadamente me pude cruzar en el camino con destellos más reconfortantes que en cualquier otro año hubieran pasado obscenamente desapercibidos. 

La promesa del “verano de Joachim Trier” no se materializó, ni en el norte ni en el sur (y en Lima gracias a los mediocres horarios de los multicines), pero Paul Thomas Anderson abrió el otoño gringo como si fuera verano. En 2025 Josh O’Connor se lució hasta en cuatro ocasiones, pero lo más probable e injusto es que no se lleve ni medio reconocimiento. Una cinta de terror popular logró saltar la valla de los dramas de prestigio, pero la verdadera sorpresa la dió la pintarrajeada Amy Madigan de Weapons. Las franquicias y los estudios han aguantado sin llegar a deslumbrar pero ni por esas el cine indie se ha podido colar en la taquilla. Y aunque Del Toro y las guerreras K-Pop empujaron los límites de la política de exhibición de Netflix, Ted Sarandos ya sentenció a muchos cines a una muerte segura con su potencial adquisición de la Warner. Quizás la llanura del cine pronto se abrirá en dos.

Lo más esperanzador radica en el ámbito peruano, como bien constata el minucioso informe publicado en Cinencuentro. Aunque no ha habido un aumento de estrenos, la calidad de muchos de estos si refleja una maduración saludable del cine peruano. Me generan especial admiración los documentales que han abarcado una amplio abanico de temas y perspectivas, desde las confidencias emotivas de cadetes del ejército (Vino la noche) hasta las biografías de músicos andinos en las que resuena la historia reciente del Perú (Uchpa y Flor Pucarina), pasando por las memorias de niños indígenas raptados durante la fiebre del caucho (La memoria de las mariposas). Lo que ensombrece esta milagrosa cosecha no es solo la falta de apoyo estatal para su exhibición sino la insolente negligencia que los multicines peruanos siguen ejerciendo contra la producción nacional (véase el caso Uyariy). 

10. Runa Simi, de Augusto Zegarra

Zegarra recibió con justicia el Premio Albert Maysles a Mejor Nuevo Director en Tribeca, por capturar la epopeya personal de Fernando Valencia en su intento por doblar El rey león al idioma de los incas. El paralelismo con el clásico de Disney es irresistible en tanto que también retrata la entrañable faceta de Fernando como padre, enfrentando prejuicios coloniales y obstáculos burocráticos con el fin de proteger el legado cultural de su hijo y de la comunidad quechuahablante. Un documental emotivo, entretenido e inspirador que se puede ver más de una vez y en familia. 

9. Sorda, de Eva Libertad

Lo que parecía ser un melodrama estereotípico y superficial sobre una discapacidad terminó siendo una propuesta desafiante y conmovedora que nos obliga a ponernos en el lugar de quienes pasan toda su vida acomodándose a nosotros. La Ángela de Miriam Garlo es mucho más que una mujer que no puede escuchar a sus seres queridos. Ella no busca la compasión del espectador y más bien le increpa, con justicia, por la falsa inclusividad de la sociedad oyente. El guion gradualmente inquietante de Eva Libertad demuestra que el silencio puede ser más intenso que cualquier estruendo.  

8. Sorry, Baby, de Eva Victor

Otra historia femenina de resiliencia silente y catársis sorpresiva, acompañada de una fuerte dosis de humor negro. Cumpliendo el triple rol de guionista, directora y actriz protagonista, Eva Victor desafía los estereotipos de víctima de abuso sexual con franqueza y optimismo, usando la comedia como vehículo de terapia. El trauma que Celine Song intentó comentar forzosamente en los márgenes de su rom-com revisionista aquí adquiere el foco y el desarrollo que merece sin llegar a desembocar en un drama angustiante. Una excepcional ópera prima que confirma que hablar del dolor personal ya es empezar a curarlo.

7. El cautivo, de Alejandro Amenábar

Un nuevo drama histórico de Amenábar con valores de producción del Hollywood de antaño pero con la sensibilidad cultural de la España contemporánea. Una adaptación de una leyenda negra sobre Miguel de Cervantes como prisionero de guerra en el Argel del siglo XVI que, mientras concibe un plan de escape, desarrolla una relación íntima con su captor, el regente Hasán Bajá. Al margen del morbo de esta premisa, el filme resguarda la condición de genio literario de Cervantes y lo convierte en protagonista de una odisea digna de su propia pluma. Provocadora, deslumbrante y ambiciosa.   

6. Valor sentimental, de Joachim Trier

Siguiendo con las historias de traumas, Joachim Trier ofrece un ejemplo de lo que ocurre cuando estos más bien se reprimen por toda una vida. Stellan Skarsgård ejerce de patriarca negligente para Renate Reinsve, heredándole su casa pero también los fantasmas de una infancia confusa y dolorosa. Mientras él pretende utilizar su nuevo proyecto de película para restaurar la relación entre ambos, ella debe lidiar con el resentimiento de su abandono prematuro. El enigmático lenguaje fílmico de Trier realza la sofisticación de un drama familiar íntimo pero ambicioso donde Elle Fanning se roba más de una escena con ganas. 

5. Punku, de Juan Daniel Fernández Molero

La fascinación por lo paranormal y la experimentación cinematográfica que Fernández Molero concibió para Videofilia aquí se afianzan como señas de identidad de su obra. Este no es un thriller de posesión demoníaca amazónica cualquiera. Aquí se mezclan aspectos socioculturales reales y superfluos con fantasías perversas en el plano narrativo, y en el plano audiovisual confluyen el color y el blanco y negro, lo analógico y lo digital. El inconsciente del protagonista poseído también se confunde con la realidad banal de su rescatista y con la dimensión sobrenatural que se cierne sobre ambos. Una obra macabra local de calidad global. 

4. Fue solo un accidente, de Jafar Panahi

El laureado y disidente director iraní vuelve a ceñirse al espacio detrás de la cámara para narrar una nueva fábula social con un potente componente político. Un puñado de actores, una furgoneta y un baúl son los humildes componentes de un thriller de emociones fuertes que engloba el trauma colectivo de mujeres y hombres brutalmente torturados por el régimen totalitario iraní. Panahi vuelve a demostrar que es posible concebir un cine dinámico, rebelde y formidable con bajo presupuesto y fuertes restricciones de expresión. Un ejemplo de memoria y resistencia históricas afortunadamente accesible.       

3. Una batalla tras otra, de Paul Thomas Anderson

P. T. Anderson plantea una revolución política que se queda en modo de juego, al margen que la realidad de Trump haya superado exponencialmente su ficción. Es el único reproche para un juego complejo donde DiCaprio saca su payaso interior para dar vida a un ex guerrillero de pacotilla. El verdadero espectáculo radica en la batalla entre la depravación castrense de Sean Penn y la resistencia explosiva de Teyana Taylor y Chase Infiniti. La cereza de este pastel agridulce se la lleva Benicio del Toro con su par de ‘chelitas’. El blockbuster que no fue y mereció ser.       

2. Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa 

La Concha de Oro de San Sebastián sería un melodrama adolescente más si no fuera porque incluye una bomba de relojería conservadora que parece inspirada en la creciente rebeldía ultra de la Generación Z. Su protagonista pasa de escuchar reggaeton con sus amigas y anhelar la atención de un chico a manifestar su deseo de servir a Dios en un convento, despertando la indignación total de su tía progresista. Blanca Soroa y Patricia López Arnaiz plantean así una lucha dramática e ideológica que bien podría tener de fondo al congreso español. Casi que dan ganas de votar a la derecha.   

1. Palestina 36, de Annemarie Jacir

El filme de Annemarie Jacir es sumamente significativo por dramatizar, a través de tres personajes convincentes, el origen del actual problema palestino durante el último año de ocupación británica. Tener un elenco mayoritariamente palestino y estar parcialmente rodado en Palestina son suficientes motivos para celebrarlo. Lo mejor es que tiene el potencial de convertirse en el filme de referencia que abra los ojos al mundo sobre una injusticia largamente ignorada. Jacir no recurre ni a la denigración de británicos ni a la explotación del sufrimiento de sus ancestros para hacer que su mensaje sea contundente. Su secuencia de créditos finales es de las más elegantes y emotivas del año.

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