Siendo alguien que ha vivido toda su vida en Lima, la capital del Perú, y teniendo además cierto grado de conciencia social frente a las injusticias que atraviesan al país, cada vez que ocurre alguna suelo notar un patrón que se repite. Ante situaciones de violencia o desigualdad, lo habitual es recurrir a voces que se presentan como autorizadas, que analizan los hechos desde perspectivas sociológicas o antropológicas, señalan culpables y proponen posibles soluciones. Sin embargo, esos diagnósticos suelen conducir casi siempre a las mismas conclusiones, a la enumeración de problemas que se perpetúan y se repiten con el paso del tiempo.
Con los años, se ha vuelto cada vez más evidente una carencia fundamental: no terminamos de escuchar a los verdaderos afectados. Muchos de estos atropellos ocurren en ciudades distintas a la capital y, en un país profundamente marcado por el centralismo, recibir y amplificar las voces provenientes de las provincias resulta más complejo de lo que debería. Eso no tendría que ser ni minimizado ni ignorado, porque son esas personas las que cargan con las consecuencias más duras. Basta revisar la historia para notar que, cuando se habla de grandes sucesos que hicieron sufrir a miles, rara vez conocemos qué pensaban o cómo vivieron esos hechos quienes estuvieron directamente involucrados.

Es desde esa ausencia que cobra sentido el trabajo del documentalista Javier Corcuera. A raíz del estallido social producido a inicios de 2023 en la región de Puno, Corcuera decide trasladarse con un equipo para documentar los hechos mientras aún estaban ocurriendo. Todo sucede tras la salida del poder del expresidente Pedro Castillo y la asunción de Dina Boluarte, un proceso que desembocaría en una matanza en la que personas fueron asesinadas simplemente por alzar su voz. Si bien hubo víctimas en distintos puntos del país, incluida Lima, Puno fue la zona más golpeada. Es allí donde Corcuera decide poner la cámara, con la intención clara de darle espacio a quienes necesitan ser escuchados.
No es casual que a lo largo de este texto la palabra “escuchar” aparezca de forma reiterada. Ese es, precisamente, el núcleo del documental y también el significado en quechua de su título: Uyariy. La película nos ofrece la posibilidad de oír a los familiares de los fallecidos, a los heridos y a quienes presenciaron los actos de violencia policial. Los vemos hablar y, al mismo tiempo, asistimos a cómo se procesa el duelo, a cómo se asimila la pérdida dentro de un contexto tan grave como sistemáticamente minimizado por un sector no menor de la población. Desde ciertas posiciones políticas, estas muertes fueron relativizadas bajo el argumento de que las víctimas eran delincuentes o terroristas. El documental desmonta esa narrativa al mostrar que muchas de estas personas no tenían ninguna relación directa con las manifestaciones y que murieron simplemente por pertenecer a un territorio históricamente golpeado por el poder central.
Es importante dejar en claro que este no fue un proyecto concebido con una planificación extensa. Corcuera se adentra en la zona poco después de los hechos, impulsado por la urgencia de registrar y denunciar lo sucedido. Esa premura se percibe en la película, en su afán por capturar la mayor cantidad posible de testimonios e imágenes. Todo ello está atravesado por un motivo recurrente: la música. Ya sea a través de agrupaciones como los sicuris o mediante cantos más íntimos dedicados a los fallecidos, la música aparece como un canal de expresión del dolor, como una forma de procesar un lamento que parece no tener fin. No es un recurso ajeno a la filmografía del director; basta recordar Sigo siendo (2013) para notar la importancia que Corcuera le ha dado siempre a la música como elemento identitario y emocional.

En esta ocasión, sin embargo, no hubo margen para pensar en algo más elaborado o formalmente ambicioso. La prioridad fue denunciar de manera inmediata. Incluso hoy, a tres años de los hechos, lo ocurrido sigue estando muy presente en el imaginario colectivo. Preparar una película requiere tiempo, pero si Uyariy existe es porque se optó por registrar las imágenes tal como fueron vividas. Si eso implicaba sacrificar cierta pulcritud estética, la decisión fue asumirlo. Esa aspereza termina funcionando como un retrato crudo del país.
Definitivamente pudo pulirse más en el montaje, jugando mejor con el archivo y la indagación en la memoria, pero no deja de tener ideas visuales interesantes, así como una propuesta clara respecto a cómo cuenta un tema tan duro. Eso se percibe en el modo en que casi no se menciona a Dina Boluarte, como si se tratara de un mal que solo tiene ese nombre por ahora, ya que históricamente ha tenido muchos rostros. No obstante, es justamente esa dimensión más humana que política la que permite mirar la película desde distintos frentes.
Dicho esto, el documental no está exento de fallas. Estas se hacen más evidentes cuando abandona el presente para retroceder en la historia de Puno y mostrar cómo la región ha sido golpeada por distintas autoridades a lo largo del tiempo. Ese contexto histórico se presenta a través de uno o dos testimonios, lo cual es válido, pero limitado. En el montaje se percibe que pudo haberse trabajado mejor el orden de los hechos. El constante ir y venir entre Puno, Lima, el pasado y el presente, sumado a la intensidad del material, puede resultar abrumador, especialmente considerando la dureza del tema.

Aun así, la película logra sostener imágenes de gran potencia. Algo similar ocurría en el documental ganador del Oscar No Other Land (2024), que también surgió desde la urgencia y denunciaba la colonización del territorio palestino antes del genocidio iniciado en 2023. Allí, pese a sus limitaciones formales, había una sensibilidad clara para construir momentos visuales contundentes. El largometraje peruano consigue algo parecido, sobre todo cuando se detiene en los rituales. En esos pasajes, el filme adquiere un tono más solemne, no en un sentido negativo, sino como una forma de encontrar calma dentro del caos, de dar espacio a quienes ya no están y de afirmar que sus muertes no serán olvidadas.
Esa solemnidad se refuerza con decisiones formales como el uso de la distancia en el encuadre y con imágenes simbólicas, como la del pequeño barco que recorre el lago. A medida que avanza el metraje, ese barco se aproxima a un punto de llegada que sugiere tránsito, cierre y continuidad en lo que al recuerdo y a la lucha se refiere. A ello se suma nuevamente la música como forma de catarsis, como cierre del ritual y como recordatorio de que la lucha sigue y que el duelo no implica rendición.
En ese sentido, la cinta propone que las muertes no deben convertirse en motivo de desmoralización absoluta, sino en un impulso para seguir enfrentando las injusticias. El interés del documental no está en señalar culpables de manera directa, sino en insistir en la escucha, en el duelo y en la necesidad de no permitir que estas pérdidas queden sepultadas por el olvido o la indiferencia.
Lo que queda es una lección clara: la necesidad de escuchar. De entender que, sin un verdadero diálogo entre peruanos, las mismas tragedias se repetirán una y otra vez. Uyariy no es un documental perfecto, pero sí uno valeroso. Vale la pena verlo no solo para indignarse frente a lo ocurrido, sino también para tener un primer acercamiento a una cosmovisión distinta a la que suele imponerse desde la capital. Es, finalmente, una invitación a ampliar horizontes, dejar de lado prejuicios y seguir avanzando.



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