“Del cielo al infierno” (2025), de Spike Lee: cuando el progreso exige tocar fondo


No siempre se le puede ganar a un clásico. El cine es un arte con décadas de historia y con autores memorables que dejaron películas irrepetibles, obras que marcaron una época y cuyo talento, probablemente, no vuelva a equipararse. Los casos en los que un remake o reinterpretación logra un resultado positivo no son muchos, pero existen. Un ejemplo reciente que, a mi parecer, cumple con ello es la adaptación de Amor sin barreras (West Side Story, 2021), hecha por Steven Spielberg, que inicialmente generó dudas sobre si podía equipararse al clásico de los años 60 dirigido por Robert Wise, pero que terminó defendiendo una identidad propia, adecuada al enfoque autoral de un realizador que claramente no ha perdido el toque.

Son más frecuentes, en cambio, los casos en los que rehacer un clásico, sobre todo cuando pertenece a una cultura distinta, fracasa por una incomprensión de aquello que hacía especial a la obra original. Esto fue algo que se le cuestionó duramente a Spike Lee cuando en 2013 realizó el remake de Oldboy (2003), la célebre película surcoreana de Park Chan-wook. No puedo dar una opinión directa sobre esa versión porque no la he visto, pero basta una búsqueda rápida en internet para conocer la recepción negativa que tuvo. Aun así, ese tropiezo no invalida su trayectoria, siendo un director que, pese a errores puntuales, ha entregado largometrajes interesantes y ha consolidado una voz autoral reconocible.

Tal parece que su interés por dialogar con clásicos del cine asiático no se ha extinguido. En 2025, tras algunos años de silencio, Lee regresa con una reinterpretación (hay que recalcar que esto no es lo mismo que un remake) de El infierno del odio (Tengoku to Jigoku, 1963), la película de Akira Kurosawa basada en la novela estadounidense King’s Ransom. Allí, un directivo de una importante empresa de zapatos recibe la noticia de que su hijo ha sido secuestrado, lo que lo enfrenta al dilema de usar su dinero para el rescate o destinarlo a cerrar un trato decisivo para su carrera profesional.

La versión de Lee, titulada ahora Del cielo al infierno (Highest 2 Lowest, 2025), traslada la historia a la actualidad y presenta a David King, un exitoso productor musical que fue responsable de grandes éxitos en décadas pasadas, pero que en el presente ya no posee ese “toque dorado”. La industria ha cambiado y él parece no comprender del todo sus nuevas reglas. Desde ese punto de partida se establece un distanciamiento evidente con el espíritu del filme de Kurosawa, aunque no por ello la película pierde fuerza. Más que compararla con el original, resulta más productivo observar cómo esta nueva versión se sostiene por sí misma y qué inquietudes articula desde la mirada de Lee.

El hecho de no haber revisitado la excelente El infierno del odio antes de ver esta nueva adaptación fue, creo yo, una buena decisión. Al no hacerlo, evité la comparación constante y eso permitió prestar mayor atención a las preocupaciones propias de Spike Lee como cineasta. Como es habitual en su obra, el eje racial ocupa un lugar central, así como la manera en que las personas afroamericanas se enfrentan a una sociedad llena de contradicciones. Sus personajes no eluden el conflicto; al contrario, lo enfrentan de manera frontal, apoyados en diálogos contundentes y en una puesta en escena dinámica.

En este punto, el trabajo de Denzel Washington a la cabeza del elenco resulta decisivo. Tras colaboraciones fundamentales como Malcolm X (1992), Lee y Washington vuelven a encontrarse después de mucho tiempo, con Washington encarnando a David King como un hombre que busca asegurar un futuro para él y su familia, pero que se encuentra atrapado entre las exigencias del presente y los valores que lo formaron. El secuestro del hijo de Paul (Jeffrey Wright), su chofer y amigo cercano —en esta versión ya no es el hijo del protagonista el que es secuestrado— no solo activa el conflicto central, sino que intensifica las dudas que ya lo rodeaban respecto al futuro de su disquera y de su propio lugar dentro de una industria que parece haberlo dejado atrás. Estas tensiones hacen que la película trascienda el simple thriller de rescate. Hay algo más amplio en juego.

El relato dialoga con una preocupación recurrente en el cine de Spike Lee: qué enseñanzas del pasado siguen siendo válidas y cuáles se convierten en lastres que impiden avanzar. Películas como Haz lo correcto (Do the Right Thing, 1989) o El infiltrado del clan (BlacKkKlansman, 2018) ya exploraban esa pregunta desde distintos momentos históricos. Aquí, ese cuestionamiento se traslada al presente, especialmente en relación con la obsesión contemporánea por las redes sociales, los números de seguidores, las nuevas tecnologías y el uso de herramientas como la inteligencia artificial.

La película no rechaza estas transformaciones de manera tajante, pero sí las observa con cautela. King se pregunta constantemente de qué manera puede adaptarse a este nuevo entorno, así como de qué manera un hombre formado en otro tiempo puede comprender el presente sin traicionar sus valores. Esa duda atraviesa todo el relato y se intensifica durante la situación del secuestro, obligándolo a decidir entre atender a la opinión pública o hacer lo correcto con alguien que ha sido incondicional en su vida. Se trata de un mundo que tiende a deshumanizar esos valores, y la única forma de enfrentarlo parece ser descender desde lo más alto hacia lo más bajo.

Ese descenso, tanto literal como simbólico, se concreta cuando King se enfrenta cara a cara con el secuestrador (A$AP Rocky). Sin adelantar detalles, es en ese punto donde el guion despliega su mayor fuerza. Spike Lee consigue lanzar frases incisivas sin caer en el didactismo que ha afectado a algunas de sus películas más recientes. Aquí, la crítica social está modulada con mayor cuidado y convive con un manejo sólido del suspenso, manteniendo fidelidad al género sin sacrificar complejidad.

Esa misma sutileza se percibe en el trato diferencial que reciben los personajes por parte de la policía. Aunque David King y Paul son ambos afroamericanos, no son abordados de la misma manera. El estatus económico del primero lo protege, mientras que el segundo es reducido a su rol de chofer. Lee expone estas diferencias a través de gestos y situaciones concretas, evitando subrayados excesivos, aunque en algunos momentos la idea se acerque a la obviedad sin llegar a imponerse de forma torpe.

En ese sentido, la película no busca corregir ni superar El infierno del odio. Reconoce su legado y propone un relato propio, del mismo modo en que su protagonista intenta traer valores del pasado al presente y acomodarlos a un contexto distinto. David King funciona, además, como un reflejo del propio director, al ser un creador consciente de que su forma de retratar y cuestionar la experiencia afroamericana ya no es la misma que décadas atrás, pero que sigue buscando cómo dialogar con el presente sin perder autenticidad.

Esa búsqueda por el entendimiento, por abandonar una posición de privilegio y descender a espacios más incómodos y menos visibles, articula el sentido final de lo que vemos. La cinta sugiere que comprender el mundo únicamente desde lo corporativo o desde las tendencias es insuficiente frente a la necesidad de reconectar con la pasión que alguna vez dio sentido a ese éxito. Solo al tocar fondo, al reencontrarse con esa pasión perdida, se vuelve posible imaginar un nuevo ascenso. Ahí radica lo fascinante de Del cielo al infierno posicionándose como uno de los trabajos más estimulantes de Spike Lee en tiempos recientes, tanto por las ideas que plantea como por lo electrizante de su manejo del género.

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