Creo que no estaría diciendo nada fuera de lo común si afirmo que Park Chan-wook es uno de los mejores directores que trabajan en la actualidad. Su filmografía ya cuenta con más de un clásico, y buena parte de su interés como cineasta reside en la manera en que se adentra en zonas de la condición humana que muchos evitan explorar con esa intensidad. Emociones extremas como la venganza, el amor obsesivo o un erotismo desbordado atraviesan su cine de forma constante, y basta pensar en títulos como Oldboy (Oldeuboi, 2003) o La doncella (Ah-ga-ssi, 2016) para reconocer cómo esos impulsos han definido su obra.
Sin embargo, más allá del peso que tienen esas películas, el aprecio que le tengo a La decisión de partir (Heojil kyolshim, 2022), su penúltimo largometraje, sigue siendo particularmente fuerte. Fue una película que me cautivó desde el primer momento, no solo por cómo dialogaba con tradiciones del cine clásico asociadas a figuras como Alfred Hitchcock, alguien clave en la formación del cineasta, sino por la forma en que Park las trasladaba a un terreno completamente propio. El manejo del montaje, la dirección de fotografía y la puesta en escena estaban al servicio de un uso muy preciso del cine digital, que evidenciaba una sensibilidad especialmente conectada con la sociedad contemporánea.

Allí ya se podía reconocer un mundo profundamente melancólico, en el que bastaba observar algo a través de una pantalla para que todo se derrumbara. Estas pantallas no funcionaban solo como recurso narrativo, sino como verdaderos filtros de la experiencia humana, conductos que empujaban a los personajes a tomar decisiones drásticas. Esa preocupación por la mediación tecnológica como forma de procesar emociones resulta clave para entender cómo el cineasta fue actualizando su discurso, algo que se reafirma con mayor contundencia ahora en La única opción (Eojjeolsuga eobsda, 2025), su nueva película.
Park Chan-wook adapta la novela The Ax, de Donald Westlake -que en el pasado ya había sido llevada a la pantalla grande por Costa Gavras- trasladando su premisa a la Corea del Sur contemporánea. El relato sigue a Yoo Man-su, un hombre que ha trabajado durante veinticinco años en una fábrica de papel y que, tras ser despedido, se ve empujado a una situación límite. Con una familia que mantener y un estatus que proteger, el desempleo no solo lo deja sin ingresos, sino que lo enfrenta a un sistema que no admite pausas ni desvíos y que parece imponer una única salida posible, motivo por el cual se ve obligado a tomar una decisión drástica: eliminar a su competencia.
Desde ahí, se puede ver cómo Park da rienda suelta a su gusto por lo macabro, combinando la tragedia familiar con una violencia que se infiltra progresivamente en la psique del personaje. La idea de aniquilar a otros postulantes se transforma en una misión que, al inicio, parece planificada con una meticulosidad casi quirúrgica. A medida que esta planificación avanza, se revela cómo la lógica de supervivencia termina erosionando cualquier rasgo de humanidad, conduciendo al personaje a perder progresivamente toda noción de control.

A diferencia de La decisión de partir, Park abandona aquí el misterio de múltiples capas y opta por una ruta que, en apariencia, resulta más directa. La estructura se organiza alrededor de una misión concreta, con objetivos que deben ser “tachados”, lo que podría sugerir un relato más lineal. Sin embargo, esa claridad inicial es engañosa, porque desde el comienzo se insinúa que Yoo Man-su carece de las cualidades humanas necesarias para ejecutar con eficacia aquello que se propone.
Un detalle revelador aparece ya en el primer plano del filme, marcado por un destello de sol intenso. Esa luz incandescente reaparece en distintos momentos, estableciendo un paralelismo con las plantas, que junto al papel constituyen otra gran obsesión del personaje. Para sobrevivir, las plantas necesitan exponerse al sol, pero una exposición excesiva puede resultar perjudicial. Esta lógica funciona como metáfora de Yoo Man-su, cuyo deseo de mantenerse a flote dentro del sistema es, al mismo tiempo, lo que lo va consumiendo.
Más allá de la pérdida del trabajo, otro elemento central es la casa. No se trata solo de un espacio físico, sino de un símbolo de permanencia y de pasado. Yoo Man-su le explica a su esposa que allí creció, que toda su vida está anclada a ese lugar, y la posibilidad de perderlo se vuelve insoportable. Esa amenaza actúa como detonante interno y refuerza la idea de progreso como trampa: existe un solo camino permitido y cualquier intento de imaginar otra forma de vivir implica quedar fuera.

Lo más inquietante es que Park Chan-wook no construye esa trampa únicamente para su personaje, sino también para el espectador. A través del tono, del humor físico y de una puesta en escena que por momentos roza la comedia, el filme nos invita a acompañar su misión, incluso cuando resulta evidente que estamos asistiendo a su caída. La pregunta sobre si logrará o no salirse con la suya pierde relevancia frente a una certeza más incómoda: el daño ya está hecho, independientemente del resultado.
Ese quiebre se extiende al resto de la familia. Aunque Yoo Man-su actúa en secreto, se revela que cada miembro del hogar arrastra su propia vida paralela. El hijo mantiene vínculos con actividades criminales que oculta, mientras la hija, silenciosa, toca el chelo lejos de la mirada familiar, como si ese gesto íntimo no tuviera lugar dentro del núcleo doméstico. Las raíces que sostienen la casa se fragmentan y cada ramificación se desplaza en direcciones distintas.
En ese sentido, lo fascinante del filme es cómo transforma lo que parece una comedia negra en un descenso progresivo hacia una trampa mayor. Park entiende bien las batallas cotidianas que impone el mundo laboral contemporáneo: la competencia constante, la optimización del currículum, saber qué decir en una entrevista, cómo socializar, a qué reuniones asistir o qué vínculos conservar. Estos códigos predeterminados definen quién queda dentro y quién fuera del sistema. La gran pregunta que atraviesa La única opción es si, irónicamente, de verdad existe otra opción, si es posible escapar de un mundo que ha reemplazado la labor comunitaria por máquinas, algoritmos y métricas de rendimiento, permitiendo que solo unos pocos permanezcan en la cima. Incluso cuando alguien alcanza ese lugar privilegiado, la duda persiste: ¿valió la pena?

A pesar de sus virtudes, el desarrollo no está exento de tensiones. Una vez planteado el objetivo central, el recorrido podría haber funcionado mejor si se hubiera ceñido con mayor rigor a una estructura más clásica, especialmente en el manejo de los tiempos y en la atención dedicada a cada víctima. Cada encuentro abre nuevas capas que enriquecen el relato, pero también densifican el conjunto, quizá más de lo necesario en un primer visionado. Esta impresión, sin embargo, puede responder justamente a eso, a una primera aproximación, ya que el cine de Park Chan-wook invita a ser revisitado y a observar sus detalles con mayor calma.
Por último, resulta clave subrayar que la obsesión por las pantallas vuelve a ocupar un lugar central. Los personajes observan constantemente dispositivos, redes sociales, videollamadas y videos, reflejos de un sistema que promete un camino claro cuando, en realidad, todo parece estar siendo controlado desde otro lugar. Entre el thriller y la comedia negra, la película articula una crítica feroz al mundo moderno.
Park no está interesado en un pensamiento único ni en visiones cerradas del progreso, sino en mostrar cómo el poder se concentra en unos pocos que manipulan al resto, y cómo ese proceso se vuelve más eficiente cuanto menos visibles son quienes lo ejercen. Esta mirada conecta de forma inevitable con Joint Security Area (Gongdong gyeongbi guyeok JSA, 2000), donde la verdad también estaba administrada desde arriba y los individuos quedaban atrapados en estructuras que no controlaban. Veinticinco años después, esa huella sigue presente.
En conclusión, La única opción muestra a un hombre que, aun sabiendo que se está adentrando en la boca del lobo, concentra toda su vida en una sola idea, aislándose de la comunidad, del afecto y de aquello que lo hacía humano. Todo se vuelve secreto, cálculo y supervivencia. Esa transformación, filmada con un uso preciso de la cámara y un montaje riguroso, confirma que estamos ante otra gran película de Park Chan-wook, tan incómoda como reveladora.



Deja una respuesta