“Hamnet” (2025) de Chloé Zhao: el otro Shakespeare


El quinto largometraje de Chloé Zhao empieza destacando la humedad, luminosidad y majestuosidad del bosque donde reposa una apacible Agnes (Jessie Buckley) cual ninfa de cuadro renacentista. Esta secuencia inicial y las posteriores que retornan a este ambiente orgánico bien podrían provenir de una instalación de videoarte inmersiva, pausada y fría. En ese sentido es un acompañamiento visual casi antagónico para un guion inspirado en la tragedia real del dramaturgo inglés por excelencia. Pero la norirlandesa Maggie O’Farrell, coguionista autora de la novela homónima, hace que la emoción se haga tan palpable como el fango bajo los pies de Anges. El de Hamnet es un viaje estimulante hacia el corazón y las vísceras de la familia Shakespeare que incluye la representación del dolor humano más insoportable y que rinde tributo a la musa pero también a la mujer detrás del genio negligente. 

En efecto, pese a la centralidad de la pareja en su material promocional, la película está predominantemente enfocada en la vida de Agnes desde que conoce a un joven y desconocido hijo de burgueses (Paul Mescal) cuyo nombre apenas se menciona. Este es probablemente el aspecto más controversial para quienes esperan un filme biográfico que gire exclusivamente en torno al autor de Hamlet. Es la voz de Agnes la que escuchamos por encima de algunas escenas, y son los recuerdos de su infancia los que se representan por medio de flashbacks como el trauma asociado a la prematura muerte de su madre. Mientras que de la vida del futuro dramaturgo apenas observamos cómo su familia le reprocha por su elección falta de éxito profesional, de Agnes aprendemos del amor que le transmitió su madre, una supuesta bruja del bosque, y las cualidades mágicas que le heredó como la clarividencia. El idílico retrato de familia rural que forja la joven pareja gradualmente se hunde hasta tocar fondo con una tragedia paradójicamente imprevisible para Agnes.

Hamnet es ante todo un melodrama familiar. Si bien arranca con el romance furtivo entre los jóvenes protagonistas, desde un inicio ambos están ligados, o más bien confinados, a sus respectivos ámbitos familiares. La madrastra de Agnes duda de que esta logre casarse antes que sus hermanastras menores por pasar más tiempo en el bosque, y el padre de Will jura que los pupilos de este llegarán a ser académicos a diferencia de él. Al margen de que Agnes cuenta con el cariño incondicional de su hermano Bartholomew (Joe Alwyn) y que junto a Will se convierten en padres cercanos y amorosos con sus hijos, el hogar nunca deja de proyectar una pesada sombra en sus vidas. No es solo la oscuridad física de la residencia Shakespeare que la pareja adopta como único recurso, que incluye la presencia amarga de la madre de Will, Mary (Emily Watson). También es una oscuridad metafórica que se manifiesta en momentos de discusión entre la pareja, en la ausencia de Will tras su partida a Londres, y en dos momentos clave de la trama ligados a la maternidad de Agnes.

Zhao intercala esta oscuridad con una contraparte luminosa que yace en el exterior, principalmente en el bosque donde Agnes se enamora de Will, donde ocurre su primer parto y donde comparte momentos de juego con sus hijos. Estas escenas pastoriles donde suele brillar el sol capturan la inocencia y la alegría de una familia que no es consciente de la desgracia que se le avecina, lo que precisamente las hace emotivas. Entre estas es inevitable destacar el último encuentro entre Will y su hijo Hamnet (Jacobi Jupe) donde el primero le pide al segundo que sea valiente en su ausencia. Agnes también encarna la luz y el color mediante vestidos de tonos cálidos que reflejan su vigorosidad y encanto en contraste con la depresión que presagian los trajes grises y azules de Will. En ese sentido ella es la personificación de un hogar radiante y acogedor que sin embargo se ve envuelto en la oscuridad del luto por dos pérdidas significativas a lo largo de su vida.

O’Farrel y Zhao claramente han buscado resarcir la figura de Agnes como musa y soporte emocional de “El Bardo” pero también como mujer resiliente en tiempos bastante lejanos a la igualdad de género. La elección de Jessie Buckley es consistente con una aproximación feminista contemporánea, dotándola de un carácter asertivo que en el siglo XVI sería compatible con el de una mujer asociada a la brujería. Buckley acierta en mostrarse desafiante con quienes intentan contrariarla, como su suegra y el propio Will, pero también expresiva y afectuosa con sus seres queridos. La irlandesa también ratifica su madurez interpretativa en secuencias física y emocionalmente exigentes como la del segundo parto. Bajo su piel, Agnes deja de ser un personaje secundario en la vida de Shakespeare y se convierte en la protagonista de la tragedia que inspiró su obra cumbre. 

Por supuesto que si el filme tiene derecho a llamarse Hamnet es porque cuenta con la portentosa interpretación de Jacobi Jupe como el otro Shakespeare, ese cuyo espíritu revive con cada nueva puesta en escena de Hamlet. Al margen de tener un rostro angelical, Jupe trabaja la entonación de sus líneas y los gestos de su rostro como un profesional adulto, como si fuera consciente de que solo su aspecto físico no basta para personificar la gracia y sobre todo la misericordia que el rol requiere. Es la mayor revelación de la película y desde luego que está a la altura de Buckley. Que su hermano mayor sea el intérprete del Hamlet de la película es el tercer mejor acierto de casting.

Quizás lo más frustrante de un filme inspirado en la vida y obra de William Shakespeare es que este tenga una presencia reducida y tenue. Al contrario de la efervescencia de Buckley y la dedicación de Jupe, Paul Mescal parece conformarse con el aura trágica acumulada con sus roles previos para concebir un Shakespeare retraído y ordinario. No es que el irlandés no sea convincente como padre y esposo negligente o que no pueda ofrecer un amplio rango de emociones. Su problema, además de un acento inglés flojo, es que no termina por proponer una personalidad distintiva para William o un desarrollo de personaje mínimo. Tampoco es que el guion le ofrezca suficiente espacio para conseguirlo, en parte para priorizar la historia de Agnes, pero Mescal pudo interpretar mejor a una figura literaria de enorme trascendencia. 

Una crítica colectiva que no comparto ni termino por entender es la de una supuesta “manipulación emocional” por parte de Chloé Zhao. Parece que a varios se les ha olvidado lo que es un melodrama o una tragedia y la forma como el ser humano suele reaccionar ante historias conmovedoras. Se cuestiona la intensidad de la actuación de Buckley, los ojos llorosos de Jupe, e incluso la sofisticada banda sonora de Max Richter como acompañamientos para una historia de por sí triste. Menos mal que el fotógrafo Lukasz Zal apenas usa el primer plano para acentuar las lágrimas y más bien se enfoca en convertir al bosque y a la casa de Shakespeare en espacios con vida propia. Pero si lo hiciera tampoco estaría yendo en contra de las leyes del género narrativo que es, desde luego, arrancarnos lágrimas. Lo ilógico sería que fuese en contra de lo que hace su majestuoso final que nos recuerda que el arte dramático, sea en las tablas o en una pantalla, está para emocionarnos y hacernos conscientes de nuestra fragilidad y empatía humanas.

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