Interesante ver una película cuyo protagonista no cree en las consecuencias de sus actos. De hecho, es alguien que solo piensa en lo que quiere y no en cómo sus decisiones pueden afectar a los demás —ya sean sus seres queridos o supuestos enemigos. Esa es la historia de Marty Mauser (un excelente Timothée Chalamet), muy ligeramente basada en la de un jugador de ping-pong de verdad. Se trata de una experiencia de ansiedad pura, similar en algunos aspectos a otras películas dirigidas por los hermanos Safdie (como Good Time o Diamantes en bruto), pero diferente en otros.
Siendo la principal diferencia, por supuesto, que esta cinta fue dirigida únicamente por Josh Safdie, mientras que su hermano Benny se unió con La Roca para traernos La máquina (2025). Pero mientras aquel otro filme se sintió inesperadamente convencional (sin llegar a ser una decepción completa), Marty Supremo debería apelar a aquellos que disfrutaron de las propuestas previas de los Safdie. Es el tipo de película que debería dejarlos exhaustos y hasta con sentimientos encontrados, conscientes de que acaban de ver algo potente, pero que a la vez los obligó a seguir y empatizar con un ser humano profundamente fallido y hasta por momentos deplorable. Es por eso que el talento y considerable carisma de Chalamet terminan siendo el arma secreta del filme.

Marty Supremo se lleva a cabo en los años 50, y nos narra la historia del Marty del título (Chalamet), un joven de mucho acné y más actitud, que todo lo que quiere es convertirse en el más grande jugador de tenis de mesa de la historia de los Estados Unidos. Y parece que está a punto de lograrlo… hasta que se encuentra con quien eventualmente se convertirá en su némesis. Resulta que las prohibiciones post Segunda Guerra Mundial han sido eliminadas, lo cual le permite a Japón enviar a sus jugadores a participar de torneos deportivos en occidente. Y es por eso que Marty termina compitiendo con Koto Endo (Koto Kawaguchi), un atleta de ping-pong formidable, quien lamentablemente termina derrotándolo.
Pero ni siquiera eso termina por desalentar a Marty. Endeudado, viviendo en la casa de su madre, Rebecca (Fran Drescher), y con su cuasi novia Rachel Mizler (Odessa A’zion) casada y embarazada de su bebé, Marty decide abandonarlo todo para, de alguna manera u otra, llegar al campeonato mundial de tenis de mesa en Japón. No solo porque quiere convertirse en el mejor, sino también porque quiere demostrar que es capaz de derrotar a Koto. Desafortunadamente, para cumplir sus sueños, Marty se involucra con un mafioso de medio pelo, Ezra Mishkin (el director Abel Ferrara), una actriz famosa, Kay Stone (Gwyneth Paltrow), y un empresario despiadado, Milton Rockwell (el también empresario y conductor de televisión Kevin O’Leary). Pero nada parece ser capaz de detener a Marty ni sus ambiciones.
El ritmo de la película es implacable —desde que inicia con una escena de sexo intensa (y para la satisfacción de la Generación Z, importante a nivel narrativo), hasta que pasa por las secuencias del primer torneo de ping-pong, los intentos por parte de Marty de conseguir dinero, sus interacciones tanto con Rachel como con Kay, y culmina de forma extremadamente satisfactoria, Marty Supremo nunca lo suelta a uno. ¿Podría haber durado menos el filme? Seguro que sí. Pero en ningún momento sentí que estuviese siendo redundante o repetitivo, más bien deleitándose en poner a su protagonista en situaciones cada vez más dementes, dejando bien en claro que no es alguien capaz de aprender lecciones de buena manera.

No obstante, es justo por lo último que Marty Supremo me dejó con una gran sonrisa en la cara. Eventualmente, nuestro protagonista sí parece aprender sus lecciones… pero luego de pasar por muchos traumas y, por supuesto, pasar vergüenza frente a todo tipo de personas. Es interesante porque el chico es caracterizado como alguien que tiene un ego enorme y que realmente cree ser el mejor del mundo en un deporte en particular, pero a la vez, como alguien a quien no le importa que otros le aplasten el ego, siempre y cuando eso le permita conseguir lo que quiere. Suena a contradicción, pero curiosamente no lo es —Marty es deplorablemente complejo, y aunque no podría ser más creído, no hay nada más importante en la Tierra para él que conseguir lo que quiere. Nada más.
Por supuesto, si la película funciona tan bien, es en gran parte gracias al trabajo de Timothée Chalamet. El afamado actor se convierte en Marty Mauser al cien por ciento, manejando un delicado balance entre ser increíblemente carismático —lo cual explica por qué termina consiguiendo tanto— y ser increíblemente molesto —lo cual también explica por qué tantas cosas le salen mal. Como espectador, uno nunca llega a odiar a Marty del todo porque hasta cierto punto entiende por qué es como es, pero a la vez, es capaz de reconocer que se trata de un ser humano terriblemente egoísta. Chalamet hace un excelente trabajo convirtiendo al personaje en alguien que da gusto amar, odiar, admirar y repudiar.

Por otro lado, ciertas decisiones creativas tomadas por Safdie y su equipo podrían sonar arriesgadas, pero resultan en un producto más rico. Por ejemplo, a pesar de que Marty Supremo se lleva a cabo en los años 50, la banda sonora incluye una mezcla de canciones apropiadas para la época y otras más de los años 80, lo cual no tiene mucho sentido a nivel de recreación histórica, pero sí a nivel narrativo y emocional. De hecho, la canción escogida para el final del filme no podría ser más apropiada —a pesar de que, en el mundo real, haya salido más de treinta años después de los eventos de la cinta. Y el filme en general luce espectacular, habiendo sido filmado en celuloide, e incluyendo recreaciones creíbles y vistosas de la Nueva York (y otras ciudades) de hace más de setenta años.
Marty Supremo es el tipo de película que podría agobiar y desesperar a ciertos espectadores. Se mueve a un ritmo acelerado y despiadado, avanzando a la misma velocidad que su ansioso y desesperado protagonista. Y por supuesto, no todo el mundo la pasará bien siguiendo a un personaje principal egoísta, talentoso, antipático y egocéntrico. Los demás, sin embargo, se encontrarán con una experiencia enérgica, visualmente espectacular, fascinante a nivel de caracterización de personajes, y de conclusión prácticamente perfecta. Este film es la prueba máxima de que Timothée Chalamet tiene lo necesario para convertirse en una verdadera estrella de cine — y de que Josh Safdie tendrá una interesante carrera post separación (no tan amical) de su hermano.


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